Los cerebros detrás del colapso financiero

Extractos del libro 'The Quants', sobre cómo una banda de matemáticos e ingenieros informáticos casi destruyó Wall Street

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enero 29 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-29

Hace unos días, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, propuso nuevas normas para mantener a raya algunas de las actividades más arriesgadas (y rentables) de Wall Street. Uno de los blancos son las reservadas operaciones de corretaje entre bancos que utilizan altos niveles de apalancamiento, o dinero prestado, para hacer grandes apuestas sobre el mercado.

Wall Street asegura que las regulaciones no son necesarias, y desde que se desató la crisis financiera, la mayoría de bancos ha disminuido su exposición a esta clase de operaciones. Pero cuando la recesión empezó a propagarse con toda su fuerza en 2007, muchos de ellos se convirtieron en las primeras víctimas, perdiendo en conjunto miles de millones de dólares en cuestión de días.

En su nuevo libro 'The Quants' (algo así como Los quants), el reportero de The Wall Street Journal, Scott Patterson, sugiere cómo un grupo de matemáticos e ingenieros informáticos se apoderó de gran parte del sistema financiero (y los daños que infligieron en el colapso económico de 2007).

El 6 de agosto de 2007, Peter Muller, un operador de Morgan Stanley y fundador del fondo Process Driven Trading, PDT (negociación dirigida por procesos), estaba cerca de Boston visitando a un amigo. Al mando de la unidad en su reemplazo estaban Mike Reed y Amy Wong, ambos veteranos de PDT, desde cuando el grupo no era más que un experimento teórico y sus operadores una banda de jóvenes genios de las matemáticas que se la pasaban ensayando modelos en computadoras.

En Wall Street eran conocidos como los quants (o inversionistas cuantitativos): operadores e ingenieros financieros que recurrían a complejos conceptos matemáticos y computadoras superpoderosas para jugar con miles de millones de dólares. En lugar de seguir a compañías individuales y fijarse en su desempeño, la gerencia y sus rivales, se basaban en elaboradas fórmulas matemáticas para configurar apuestas sobre qué acciones subirían y cuáles bajarían. Para principios de 2000, estos inversionistas cuantitativos ya dominaban Wall Street, respaldados por importantes descubrimientos teóricos en la aplicación de las matemáticas a los mercados financieros, avances que los habían hecho merecedores de varios estantes llenos de premios Nobel.

PDT, uno de los fondos cuantitativos más reservados, era ahora una potencia económica, con oficinas en Londres y Tokio y alrededor de US$6.000 millones en activos (el monto podía cambiar a diario dependiendo del dinero que Morgan dirigía hacia la unidad). Se trataba de una máquina bien engrasada que no paraba de imprimir dinero, día tras día.

Sin embargo, esa semana, PDT no imprimiría nada de dinero, todo lo contrario, lo destruiría cual gigantesca trituradora industrial.

Las acciones que PDT seguía habían comenzado a comportarse de forma inusitada a mediados de julio y habían empeorado en los cinco primeros días de agosto. El viernes anterior, en torno a seis de los grandes triunfadores en el Nasdaq eran los títulos que PDT había vendido al descubierto, dadas sus expectativas de que su precio caería, y varios de los mayores perdedores eran acciones que el fondo había comprado con la esperanza de que subirían.

Era el mundo al revés para los quants. Arriba era abajo y abajo era arriba.

Las oscilaciones en el mercado que PDT y otros fondos quants empezaron a ver a principios de esa semana desafiaban toda lógica. Toda la matemática y la ciencia que había propulsado la inversión cuantitativa a la cima de Wall Street no podían asimilar lo que estaba sucediendo.

En los días siguientes empezó a cobrar forma una teoría: el mercado inmobiliario de Estados Unidos se estaba hundiendo, traduciéndose en gigantescas pérdidas en los portafolios de hipotecas de bancos y fondos de cobertura. El resultado fue un catastrófico efecto dominó.

Destrucción de un modelo

La ola de ventas apresuradas hicieron añicos los modelos que los quants habían utilizado para comprar y vender acciones. A principios de agosto, las ventas cobraron vida por sí mismas, causando pérdidas multimillonarias. El colapso también reveló peligrosas conexiones en el sistema financiero de las que pocos habían sido conscientes hasta entonces: las pérdidas en el mercado de bienes raíces de EE.UU. podían provocar pérdidas en gigantescos portafolios de acciones que no tenían nada que ver con ese sector. Lo que reinaba era un auténtico caos alimentado por el pánico.

Los inversionistas cuantitativos hicieron lo que pudieron por contener los daños, pero parecían bomberos tratando de apagar un infierno con gasolina.

El martes se aceleró la caída en espiral. Cliff Asness, ex ejecutivo de Goldman Sachs que dirigía Applied Quantitative Research, un fondo quant, y su equipo de técnicos trabajaban sin parar.

Mientras, las autoridades apenas tenían noción de las cuantiosas pérdidas que estaban azotando a Wall Street.

La masacre puso en evidencia la falta de transparencia en el mercado. Nadie sabía cuál era el fondo que había activado el colapso. Nerviosos, los operadores intercambiaban rumores por email y teléfono en una caza frenética por descubrir al paciente cero. Muchos apuntaban a Global Alpha, el fondo quant de Goldman Sachs fundado por Asness en los años 90 y que había alcanzado proporciones desmesuradas. Pero nadie estaba seguro.

El martes en PDT, Muller seguía tanteando a los gerentes, tratando de averiguar quiénes estaban vendiendo y quiénes no. Pero pocos querían hablar. A medida que la situación se desbordaba, Muller mantenía al corriente a la élite ejecutiva de Morgan. Quería saber cuánto daño era aceptable. Pero sus jefes no le dieron ninguna cifra concreta. No entendían los detalles de cómo funcionaba PDT.
Muller había mantenido la operación del fondo tan en secreto todos esos años que muy pocas personas en la firma tenían idea de cómo generaba dinero. Sabían que casi siempre era rentable y eso era lo único que importaba.

Eso significaba que la decisión estaba en manos de Muller. Así que el gestor decidió vender.

En la sede principal de Morgan en Nueva York, Muller entró a la sala de corretaje. Tras un vistazo rápido a lo que estaba pasando en las bolsas, comprobó que las noticias eran malas. Muller nunca había visto un mercado tan brutal.

Esa mañana, PDT ejecutó las órdenes de Muller, deshaciéndose agresivamente de sus posiciones. Muchos otros fondos quant también estaban vendiendo en tropel. Todas las estrategias cuantitativas, consideradas hasta hace apenas unos días como las ideas de inversión más sofisticadas, se estaban reduciendo a la nada.

Curiosamente, el complejo mundo del corretaje quant logró enmascarar inicialmente las pérdidas ante la vista pública. Los inversionistas comunes y corrientes no tenían ni idea de lo que estaba pasando bajo la superficie, donde miles de millones de dólares de fondos de cobertura se estaban evaporando. Las ganancias que generaron las ventas de acciones al descubierto generaron una ilusión óptica: el mercado parecía estar recuperándose, pese a que los pilares sobre los que se sustentaba se estaban despedazando.

Hacia el final del día, PDT había perdido casi US$300 millones. Todo indicaba que el fondo iba a desaparecer. Otros fondos sufrieron pérdidas incluso mayores. Global Alpha, de Goldman Sachs, registró una caída de 16% para ese mes, una pérdida de unos US$1.500 millones. No había nada que pudiera hacerse. O al menos eso es lo que parecía.

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