Chávez, si las pierde, las gana

Se calienta la política en Venezuela. La oposición, todavía compuesta por dispersos ‘chiriperos’, consiguió unificarse alrededor de Manuel Rosales, gobernador del Zulia. Pero falta mucho para desbancar a Chávez. El presidente ha insinuado que confía en batir el récord de longevidad en el poder de su modelo e ídolo, Fidel Castro, quien lleva 57 años al mando de su sufrida isla.

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agosto 18 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-18

Mientras Don Sancho Jimeno se batía en el fuerte de San Luis de Bocachica contra piratas en 1697, Venezuela era la cenicienta del Imperio. De población indígena escasa y aguerrida, las perlas de Margarita habían sido su principal atractivo al despuntar la colonia. Después de la cruel catástrofe de la conquista por los banqueros Welser, su ocupación fue lenta. Carecía de minerales preciosos. Sobre la costa se mantenían modestas aglomeraciones, frecuentemente asoladas por los filibusteros. Era un buffer para impedir la penetración enemiga hacia el Nuevo Reino de Granada y el Perú, regiones más apetecidas. La economía y el crecimiento de Venezuela cambian con su entrega a la Compañía Guipuzcoana en 1728. El rígido monopolio desarrolla extensos cultivos de cacao y caña de azúcar, con abundante mano de obra esclava. Se conforma una pequeña y próspera élite latifundista y comerciante, que da lugar a la tardía creación de la Audiencia de Caracas en 1786. La generación de la Independencia será quizá la más extraordinaria de América hispana. Sobresalen Miranda, Bolívar, Sucre y Bello. También es la que más sufre durante las guerras fratricidas. Los españoles y patriotas se toman a Caracas cinco veces. La élite queda diezmada y exhausta. La recomposición de sus cuadros surge del estamento militar triunfante que tiende a personalizar el estado. La ley y las instituciones pasan a segundo plano. Lo que sigue después de la separación de la Gran Colombia es un largo túnel de caudillismo, mientras la corriente democrática hace débil presencia. Al comienzo, aún sin los elementos mínimos para administrar el Estado, hay esperanzas de orden bajo el dominio personal de José Antonio Páez (1831-48) pero el equilibrio se rompe con la terrible aparición de los hermanos Monagas y la sangrienta Guerra Federal (1659-64). Surge una sucesión de pintorescos dictadores: el patricio Antonio Guzmán Blanco (1870-88), quien despachaba a ratos desde París y se hacía llamar ‘El Ilustre Americano’, en estatuas. Lo suceden Joaquín Crespo (1892-99) y Cipriano Castro (1899-1908), el ‘Moisés’ de la República. Fue un período corrupto e inestable. La ley no hincó raíces. Completó el cuarteto el recordado compadre Juan Vicente Gómez (1908-1935), quien, al mismo tiempo que gobernó con mano de hierro, instauró un período de tranquilidad en el que pudo afincarse la industria del petróleo rodeada de garantías y privilegios. Los generales presidentes López Contreras y Medina Angarita, más Rómulo Gallegos, encarnan el trabajoso establecimiento de legitimidad democrática, pero el experimento queda trunco con el golpe de Delgado Chalbaud (1948) y la dictadura Pérez Jiménez (1952-58). Celebran muy contadas elecciones libres en 130 años años de vida independiente. El sorprendente florecimiento de la república petrolera durante las décadas siguientes, de la mano de un partido fuerte, Acción Democrática, es engañoso. Transforma la sociedad venezolana incorporando a la prosperidad media población, pero deja por fuera la otra mitad. La aceitan subsidios y corrupción, y no resiste la primera caída del precio del petróleo. Chávez encaja dentro de una larga tradición acostumbrada en Venezuela a hacerse a los mecanismos del poder para acapararlo sin contrapeso. El ejecutivo, el legislativo, el judicial, el electoral, las fuerzas armadas, las milicias, el petróleo, el control de divisas son suyos. Y por si fuera poco, la paranoica amenaza de invasión norteamericana se traduce en que el estar en oposición a su patriótico régimen constituye, en esencia, una traición. Sin caer en determinismos históricos, el coronel no puede perder las elecciones, y si las pierde, las gana. Ex ministro, Historiador "Sin caer en determinismos históricos, el coronel no puede perder las elecciones”.

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