Cielito lindo y cableado

A los colombianos no nos separa del cielo el pecado concebido sino una diabólica maraña de cables. ¿No me cree? Levante la vista en algún sector de cualquier pueblo o ciudad, y encontrará que sin la perfección artística del arácnido, una tupida red de cuerdas se cruzan, se entreveran, se estorban y se enredan sobre nuestras cabezas, en una telaraña demente y peligrosa.

POR:
abril 27 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-04-27

Refiero con más certeza la experiencia de Bogotá, que con su desquiciada red de filamentos inciertos amenaza la vida transeúnte y no les para bolas a sus advertencias de tener los pies en la tierra. A la hora del terremoto anunciado, a los peligros que genere el suelo trémulo se sumarán los riesgos aéreos propiciados por tanta cuerda inerte y extraviada, madeja de campos magnéticos en contravía que se ha venido trenzando sin control ni pena. De los postes casi siempre inclinados cuelgan las cuerdas reconocibles. Aquellas que transportan la energía y que muchas veces soportan transformadores inverosímiles, contrariados con la fuerza de la gravedad. A distancias escasas pasan los cables telefónicos, muy pocos identificados con su placa amarilla. Y a partir de ahí se desprende una trama de invasores incógnitos, tendidos sobre el principio que a nadie en este país se le niega la posibilidad de colgar su alambrito. Las empresas legales de servicios cargan con la maldición de la conexión clandestina que transcurre a la vista de Raimundo. Son ellas las que reciben con frecuencia cada vez más pasmosa el reporte de individuos electrocutados cuando apuraban su vínculo hechizo o derrumbados en la tarea del robo, un hecho que se ha convertido en un verdadero desangre presupuestal. Y si desde abajo la polución visual y el peligro son amenazantes, arriba no escampa. Hay casas y edificios desde los que solo se observa una malla tupida y agresiva, que cerca de ventanas y balcones le hace competencia al ya enredado mundo de los cables interiores. Que no se entienda aquí como una discriminación de clase reconocer que el problema aumenta cuando baja el estrato, pero que quede claro que el embrollo toca y amenaza a todo el mundo: hay barrios de dedo parado que parecen tela de araña torpe, donde se gesta el macondiano milagro de conectar cables hasta en los árboles. ¿Saben las administraciones locales a quién pertenecen y qué función cumplen los cables multiplicados? ¿Adelantan campañas de revisión para deshabilitar a la maroma inútil, ilícita, peligrosa? ¿Hay propósitos gubernamentales de ordenar el aire y despejar el cielo de Colombia, revisando instalaciones que amenazan vejez y desintegración y no transando en el combate contra el infractor? La calidad de vida en las ciudades comprende muchos factores. Bogotá ha progresado en todos los sentidos, y ojalá avancemos también en el concepto de ciudades digitales (wireless communications). Pero la polución visual del cablerío y el riesgo de sus caídas aparatosas, de sus inconvenientes eléctricos y de su intrincada osadía, constituye una trampa para propios y una mala imagen para los extraños. Y aunque aquí nos acostumbramos a todo, y con más facilidad a las cosas peores, ya es hora de formar una conciencia sobre este peligro. Y no es por tirármeles el largo puente que comienza hoy. Pero a donde vayan, por donde pasen, miren para arriba. Revisen en su vecindario. Si descubren casos pavorosos de congestión de cables, tómense el trabajo de denunciarlos a los medios de comunicación. De alertar a las autoridades. Vivimos en la cuerda floja. Periodista "Si desde abajo la polución visual y el peligro son amenazantes, arriba no escampa”.

Siga bajando para encontrar más contenido