Ciudad de pocas aspiraciones

Ciudad de pocas aspiraciones

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diciembre 23 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-12-23

Las columnas de Carolina Sanín en El Espectador siempre generaron debate, ya sea por la despiadada honestidad de sus reflexiones sobre su propia vida o por sus críticas radicales a su entorno. La del domingo pasado no fue la excepción: en ella anunció que abandona sus artículos quincenales porque está harta de Bogotá y quiere dedicarle tiempo a salir de la ciudad. Aunque algunos lectores han manifestado su pesar por su despedida, son muchos más los que han expresado su indignación porque se atrevió a criticar a Bogotá. Yo debo decir que echaré de menos las opiniones de Carolina, pero si su retiro obedece a su hastío de la ciudad, respeto su decisión porque entiendo la magnitud de su desazón. Bogotá es un remedo de ciudad, un experimento fallido que empezó su decadencia sin siquiera haberse acercado remotamente a su plenitud. La evidencia de este desastre urbano es tan elocuente que parecería innecesario presentarla, pero como le han aparecido tantos defensores a este arrume caótico de gente, conviene recordar los elementos esenciales del desastre. Uno podría empezar por escudriñar las motivaciones de los españoles para fundar la ciudad en esta antesala del páramo, que gentes felices de provincia han bautizado con atino la nevera o el cielo roto. La razón es clara: tal había sido la desesperación de los conquistadores con las alimañas tropicales en su penoso ascenso desde la costa, que estallaron en regocijo cuando llegaron a un clima donde sólo sobreviven especies menores como las lombrices, las babosas y los bogotanos. Hablo de especie menor porque en los habitantes de la capital ya no queda ningún asomo de civilización, uno de los dos pilares sobre los cuales se construye cualquier ciudad decente. Los capitalinos abarcan dos grupos en tensión constante: los agresores, que van desde los taxistas atrabiliarios hasta las caravanas de camionetas blindadas con vidrios polarizados, y los agredidos, inermes transeúntes y pasajeros del transporte público que con los años han convertido su frustración en una hondonada en el ceño y una maldición siempre a punto de estallar. Unos y otros toleran con indolencia la inexistencia del segundo pilar de cualquier ciudad razonable: la infraestructura urbana. Los bogotanos aceptan los destrozos que conforman el espacio público con unos eufemismos que delatan la pobreza de sus aspiraciones: un retazo de pasto y un par de chamizos se llaman parque, un reguero de cemento mal secado se denomina andén, y cualquier errática trocha alcanza el estatus de autopista. La cúspide del eufemismo consiste en decir que este mal necesario es un buen vividero. La exaltación de Bogotá no habla de sus dudosas virtudes, sino de las pobres aspiraciones de sus habitantes, quienes a punta de agachar la cabeza han desarrollado la singular capacidad de ver la belleza en el horror. Ojalá Carolina Sanín pueda salir con frecuencia de este despojo para que algún día nos cuente en sus escritos cómo es la civilización. Mauricio Reina* *Investigador de Fedesarrollo

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