Los coletazos

Los coletazos

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septiembre 16 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-16

En la medida en que pasa la conmoción que dejó el 'lunes negro', llamado así, porque en la sesión del 15 de septiembre la Bolsa de Nueva York tuvo su peor desempeño desde la caída de las Torres Gemelas, regresa también un análisis más ponderado de la situación. Y es que en contra de las predicciones de los pesimistas, la quiebra de Lehman Brothers no resultó ser una catástrofe descomunal, a pesar de que es una evidencia más de los profundos males que aquejan al sistema financiero internacional. De hecho, el alza de ayer en el Índice Dow Jones, incluso después de que el Banco de la Reserva Federal se negara a hacer un nuevo recorte en su tasa de interés, demuestra que la opinión mayoritaria es que los desafíos son superables. Tal como lo dijo un analista, lo que parecía un huracán, fue calificado al cabo de 24 horas como una tormenta tropical.

Eso no quiere decir, por supuesto, que no haya pasado nada. Los traspiés en todos los mercados de valores importantes del planeta muestran que existe una gran preocupación en torno a la marcha de las diversas economías. Así mismo, la desaparición de tres de los cinco principales bancos de inversión de Wall Street y la compra de sus activos por parte de otras instituciones, ha cambiado de manera radical los protagonistas en el mundo de las finanzas. Eso sin hablar de que vienen en camino nuevas regulaciones orientadas a evitar excesos, como el exagerado apalancamiento para la compra de papeles que acabaron siendo de dudoso recaudo.

Pero en el caso colombiano quizás resulte más apropiado referirse a otros coletazos. La razón es que ninguna de las entidades de crédito que operan localmente tiene inversiones en títulos como los que están cuestionados. Si bien el capítulo local de la aseguradora AIG tiene más de 150.000 clientes, tampoco hay elementos para prever que se verían afectados si la casa matriz de la compañía decide pedir protección legal de sus acreedores.

En cambio, las nuevas circunstancias en materia cambiaria y en los mercados de materias primas generan, de plano, un nuevo escenario para el que es necesario estar preparados. Para nadie es un misterio que a pesar de los temores que genera la economía estadounidense, los títulos en dólares y en especial los bonos del gobierno de ese país siguen siendo vistos como el mejor refugio en épocas de incertidumbre. Debido a ello, el billete verde se ha fortalecido frente a las demás monedas y el peso no ha sido la excepción. Además, es previsible que en la medida en que el patrimonio de los principales bancos del mundo se reduzca debido a las abultadas pérdidas habrá menos dinero para prestar y, por ende, menor liquidez internacional. Si a eso se le agregan los desajustes propios de Colombia, resulta lógico pensar que la devaluación está de vuelta.

Eso no necesariamente es malo para un país en el cual los exportadores resultaron golpeados por la menor tasa de cambio y las industrias compitieron con importaciones cada vez más baratas. Pero la nueva situación puede ocasionar alzas de precios en los productos traídos del exterior, así como mayores erogaciones en los pagos de deuda externa, tanto para el sector público como para el privado. Por otra parte, la baja en las cotizaciones de las materias primas es manejable, en la medida en que los niveles vuelvan a los de hace un año cuando el petróleo, para citar un caso, estaba en 80 dólares el barril. Eso no le hace daño a las finanzas de Ecopetrol y sirve para aliviar el costo de los subsidios a los combustibles, sin que se desmonte la política actual de reajustes.

Así las cosas, el tema más inquietante es saber si los flujos de inversión extranjera, que siguen creciendo bien, se van a mantener. Ese es un asunto clave, tanto desde el punto de vista cambiario, como del modelo de desarrollo del Gobierno que justifica generosos estímulos tributarios, a cambio de atraer capitales nacionales y foráneos. Por eso, no estaría de más que los técnicos del Ministerio de Hacienda empiecen a analizar escenarios para evitar, si los vientos soplan para otro lado, quedarse con el pecado y sin el género.

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