Competitividad y miseria

Competitividad y miseria

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noviembre 13 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-13

Los exportadores colombianos y los productores nacionales que ven cómo cada día los bienes importados ganan terreno en el mercado nacional, se quejan de que el aumento de los salarios en el país los ha puesto en una situación muy desventajosa para competir frente a los productores extranjeros. Tienen toda la razón cuando se toma el valor de los salarios medidos en dólares. Hace solo cuatro años el salario mínimo mensual equivalía a 115 dólares y hoy ha subido a 216 dólares, es decir, un incremento del 88%; inclusive en las épocas de mayor revaluación en la década pasada, el máximo que había alcanzado era de 150 dólares. Con este tipo de cifras en la mano, los representantes de los empresarios y algunos analistas justifican su propuesta de no aumentar el salario mínimo más del 6%, es decir, solo uno o dos puntos por encima de la inflación esperada; cualquier aumento por encima de este tope, afirman enfáticamente, atentaría contra la competitividad de la industria nacional. Por supuesto están hablando de la competitividad externa, porque en el mercado interno si todas las empresas aumentan los salarios en la misma proporción no cambian en nada las condiciones de competencia, aunque sí mejoraría la distribución del ingreso. Esta evolución de los salarios medidos en dólares es una de las causas más claras del modelo de crecimiento sin empleo propiciado por este Gobierno: para cualquier empresario que enfrenta los retos de la globalización y ve cómo se le incrementan los costos laborales, es cuestión de supervivencia recortar costos y la manera más directa de hacerlo es reduciendo el número de trabajadores o incrementando su producción sin aumentar el empleo. Por eso, en lo corrido de este siglo la industria manufacturera ha aumentado su producción en un 48% sin crear nuevos puestos de trabajo. Pero lo que puede ser explicable para las empresas vistas de manera individual y aislada, se convierte en un problema social de gran magnitud cuando se mira el conjunto de la economía. La contradicción surge porque los empresarios que compiten con el exterior tienen que mirar sus costos y sus precios en dólares, pero a los trabajadores colombianos el hecho de que su ingreso medido en dólares les haya aumentado el 88% no les representa nada en materia de mejoría de su calidad de vida porque el mercado diario lo tienen que pagar en pesos, y si fueran a mirar cuánto vale en dólares la canasta familiar verían que por la revaluación se ha incrementado en el mismo 88%, es decir, que su ingreso real no ha aumentado. Por eso, imputar al incremento de los costos laborales la pérdida de competitividad de las empresas nacionales es buscar el ahogado río arriba y desviar la atención de la causa real del problema, que es la revaluación del peso. Peor aún, tratar de compensar las reales desventajas generadas a los productores nacionales por la revaluación mediante la congelación de los salarios o la disminución del empleo no solo es facilista e inequitativo, sino que demuestra la utilización parcializada y sesgada de la teoría económica en contra del bienestar de los trabajadores, que son la mayoría de la población. Es inexplicable que quienes se rasgan las vestiduras ante la petición de un aumento del 10% en el salario mínimo, porque estos tres o cuatro puntos por encima de la inflación acaban con la competitividad de los productores nacionales, al mismo tiempo se resignen y se crucen de brazos frente a una revaluación del peso del 40%, que ha sido el verdadero desastre para estos productores. Buscar competir con base en bajos salarios es una estrategia perdedora porque siempre habrá un país como India o China que pueden pagar salarios más bajos, pero sobre todo es una tremenda injusticia social porque es usar la miseria de los trabajadores como instrumento de competitividad. Mauricio Cabrera G. Consultor privado Buscar competir con base en bajos salarios es una estrategia perdedora”.

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