Las consecuencias morales del salario mínimo

Últimamente, algunos economistas han propuesto eliminar el salario mínimo, con el fin de corregir las distorsiones que, a su juicio, genera en el mercado de trabajo. Por supuesto, las reacciones del los ‘foristas’ virtuales han sido feroces y se han valido de argumentos morales para adornar sus insultos contra los promotores de estas iniciativas.

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febrero 16 de 2016 - 06:59 p.m.
2016-02-16

Si se hace un examen imparcial entre defensores y abolicionistas del salario mínimo, se pueden identificar dos concepciones que entran en conflicto por estar basadas en fundamentos opuestos. Para los defensores del salario mínimo, quienes asientan sus argumentos en factores morales y de justicia social, dicha figura es un instrumento legal que evita los abusos de los empleadores, mejora los estándares de vida de los trabajadores y estimula el consumo. Por lo general, son los mismos defensores quienes abogan por su aumento, sobre la base de que siguen siendo bajos para asegurar un estándar de vida digno. Los abolicionistas, quienes por lo general son economistas, fundamentan sus ideas en las leyes de oferta y demanda, analizando las dinámicas del mercado laboral bajo un enfoque amoral y estrictamente técnico. Para ellos, la abundancia de un producto lo hace barato y la escasez lo encarece, así de simple. Esto, en definitiva, quiere decir que el empleo, en un sistema de mercado, es un ‘producto’ y que el salario se define en función de la oferta disponible y la demanda que exista por el mismo. De ahí, que este grupo cuestiona a quienes creen que el salario de los trabajadores puede ser sencillamente fijado por decreto e ideales de justicia, sin generar distorsiones a las leyes del mercado. ¿Quién tiene la razón? Hasta la fecha, y a pesar de la existencia de un salario mínimo con vocación de justicia social, su cumplimiento deja mucho qué desear. Dado que el salario mínimo legal cubre a los empleados con contrato de trabajo, y que éste incluye costos no salariales superiores al 55 por ciento del sueldo, la evasión de esta norma se ha duplicado durante la última década, llevando a que cerca del 30 por ciento de los trabajadores empleados ganen por debajo de dicho requerimiento. Esto sin mencionar el crecimiento vertiginoso de la informalidad y el trabajo de ‘cuenta propia’ en los segmentos más pobres, donde según estudios de Mauricio Santamaría y Fedesarrollo, suman más del 80 por ciento del empleo. Frente a este debate, la evidencia indica que la existencia de un salario mínimo rígido con costos no salariales altos está dejando por fuera del empleo formal a millones de personas, principalmente a los jóvenes, los más pobres y los menos productivos, con graves consecuencias sociales. Abolir el salario mínimo es políticamente inviable, como también lo es creer que por decreto se pueden fijar las reglas de oferta y demanda sin generar distorsiones e incentivar mayor evasión e informalidad. Quizás, reconocer esto debe ser la base para abordar un debate serio donde se evalúe la eliminación de algunos parafiscales, fortalecer las inspecciones laborales para el cumplimiento del salario mínimo y hacer una diferenciación salarial rural y urbana. La realidad indica que cualquier fijación del salario mínimo impuesta a la fuerza en el mercado laboral, sólo tendrá efectos morales negativos, pues le quitará la oportunidad de un empleo formal a los más vulnerables. '' La realidad indica que cualquier fijación del salario mínimo impuesta a la fuerza en el mercado laboral, sólo tendrá efectos morales negativos, pues le quitará la oportunidad de un empleo formal a los más vulnerables.WILABR