Constructores de ‘pirámides’

Como los faraones, muchos compatriotas han cavado para ellos una oscura tumba en alguna pirámide.

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noviembre 19 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-11-19

“Todo el mundo desea el dinero. Nadie lo entiende. El dinero es el gran tabú y la gente no habla de él. Y eso es lo que lleva a monstruosidades como la de las hipotecas basura. Quítele la avaricia y las falsas representaciones financieras, y usted encuentra que la raíz de esta crisis está en un enorme analfabetismo financiero”, dice John Bryant, vicepresidente del Consejo Presidencial de Estados Unidos por la Alfabetización Financiera, creado en enero de este año (muy tarde, como siempre ocurre en estos casos). El analfabetismo financiero florece en todas partes. La ignorancia se revela en mayor o menor grado aún en medio de las más sofisticadas instituciones mercantiles. Quizás el caso más famoso de las pirámides financieras es el de Albania en 1996-97. Las consecuencias políticas, sociales y de orden público en esa nación fueron realmente graves. Es alta la dosis colombiana de ignorancia; las alternativas financieras formales son pobres y mucha gente está dispuesta a creer que los rendimientos de fantasía de tales inversiones hasta un día antes del colapso es resultado de la genialidad de los operadores del negocio. Más allá de lo financiero, el bien público que debe preservar el Estado es el de la confianza de la gente en su tejido regulatorio y supervisor. Cuando el tamaño de la ‘pirámide’ llega a su límite (el caso albanés indica que ese límite puede ser muy lejano) los ojos de la ciudadanía involucrada se vuelven hacia el Gobierno para exigirle protección, compensación, y explicaciones por su falta de diligencia. La gran demora del Gobierno en caerle a la manía de las ‘pirámides’ colombianas realmente atenta contra esa confianza fundamental. En el Estado colombiano, entre los comentaristas y en los medios se percibe también un alto grado de confusión sobre el papel que debe desempeñar el Gobierno ante la prosperidad de las pirámides y de esquemas similares en los últimos años. La lentitud, sin duda, ha sido el elemento dominante. Eso, de verdad, no tiene perdón político posible. Lentitud, ¿de quién? Un indicador serio de la falta de conocimiento de muchos y muchas que se rasgan las vestiduras ante los últimos acontecimientos, es que se le echa la culpa a la superintendencia financiera. Pero ahí no está el culpable. El deber constitucional de la superfinanciera es el de preservar la confianza en el sistema de intermediarios financieros y en el sistema institucional de pagos que manejan el Banco de la República y el sistema bancario. Una de las responsabilidades de la Super consiste en reprimir “la captación masiva y habitual de dineros del público” por parte de personas o instituciones no vigiladas por ella. Pero dicha captación no es simplemente la recepción de fondos a título de anticipo, o de pago por la compra de bienes y servicios. Se trata de reprimir la intermediación financiera ilegal, es decir la recepción de fondos para ser utilizados en préstamos a terceros, o en inversiones financieras. Por muchas vueltas que se le dé, ni las ‘pirámides’ ni los sistemas de tarjetas de prepago pertenecen a esta categoría. La Superintendencia financiera no tiene, ni debe tener, velas en este entierro. El común denominador de esta tragedia es que la gente no tiene el conocimiento que le permita discernir la falta de sostenibilidad de los esquemas de ‘pirámide’. Sumémosle la avaricia de los inversionistas y la capacidad de engaño de los promotores, y encontraremos la fórmula. La gran falla del Estado ha sido no impedir que la estafa llegara tan lejos. cgonzalm@etb.net.co '' Más allá de lo financiero, el bien público que debe preservar el Estado es el de la confianza de la gente en su tejido regulatorio y supervisor.WILABR

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