Costos y beneficios

En las últimas semanas parecería que ha cambiado el clima en Washington con respecto a la posible ratificación en el Congreso estadounidense del Tratado de Libre Comercio con Colombia, que ya cumple cinco años desde cuando comenzaron las negociaciones entre ambos países. Hechos como el intercambio cordial que sostuvieron en la Cumbre de Trinidad y Tobago los presidentes Álvaro Uribe y Barack Obama, o las declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, indican que la administración demócrata ha adoptado una actitud constructiva. También en el Capitolio norteamericano, el poderoso representante Charles Rangel, presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara, ha hecho comentarios positivos. Además, la reciente cita entre el ministro de Comercio e Industria, Luis Guillermo Plata, y el representante de comercio de la nación del norte, Ron Kirk, mostró que hay interés en sacar el acuerdo del limbo en que se encuentra.

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mayo 13 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-13

Para los optimistas, todo se enmarca dentro del pragmatismo del cual ha hecho gala el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Una vez pasada la campaña, es indudable que Obama ha sorprendido a algunos con su voz de respaldo al libre comercio y con su promesa de impulsar un TLC como el de Panamá, que también se encuentra en la lista de pendientes. Y en lo que corresponde a los temas binacionales, hay quienes respiraron aliviados al ver que el monto de recursos de ayuda solicitados para Colombia en el próximo año fiscal supera los 500 millones de dólares, a pesar del descomunal déficit de las finanzas públicas estadounidenses. No obstante, sin desconocer tales señales, lo mejor sería mantener un cauto optimismo sobre un tema cuyo tránsito es complejo. La razón de fondo es que Estados Unidos no tiene ninguna prisa de aprobar el pacto comercial debido a que éste le traería pocos beneficios y una buena dosis de debates internos. Es indudable que en medio de la peor recesión de las últimas décadas, el ambiente para este tipo de convenios es muy hostil. Tanto a los sindicatos, como al ala más extrema de los demócratas, cualquier iniciativa que se vea como proclive a ‘exportar’ puestos de trabajo, cae mal. Eso sin hablar del debate sobre la situación de derechos humanos y los crímenes contra los sindicalistas, que tienen gran impacto en la opinión. Pero quizás el mayor riesgo es comenzar una dinámica de condicionamientos sucesivos, cuyo cumplimiento no garantiza nada. Una cosa es conversar para buscar soluciones y otra, quedar supeditados a que se suba cada vez más una vara que Colombia debe superar. En ese sentido, el país debería pasar a la ofensiva y mostrar no sólo sus avances en materia de derrotar a la violencia, sino de erradicación de la impunidad y defensa de los derechos constitucionales. En este campo, es cierto, falta todavía mucho por avanzar, pero lo que se consiga no puede ser porque el Tío Sam lo pidió. Si se necesitan ejemplos, el Gobierno colombiano debería mirar lo que hizo México cuando en la administración Obama hablaron del problema de los carteles de la droga y la oleada de violencia de los últimos meses. En lugar de hacer un mea culpa, el presidente Felipe Calderón les recordó a sus vecinos que tienen una responsabilidad clara en el tráfico de armas y en la demanda de narcóticos que alimenta una guerra criminal de las magnitudes vistas. Tampoco le tembló la mano al mandatario para subirle los aranceles a una serie de productos estadounidenses, cuando se impidió el paso de camiones mexicanos por la frontera. Así las cosas, Colombia tiene que dejar en claro que le interesa avanzar, pero que no puede aceptar condicionamientos que vayan más allá de los que debe incluir un tratado de estas características. De lo contrario, el arreglo no sólo sería indigno, sino que desconocería que las relaciones entre ambas capitales tienen múltiples puntos de contacto y que el país sigue siendo un aliado estratégico en la región, tanto en la lucha contra las drogas, como en materia política y de seguridad. Aparte de seguir en el camino de negociar con la Unión Europea y otras zonas del mundo, Colombia debe estar dispuesto a preguntarse si los beneficios que vienen con el TLC son inferiores a los costos en materia de soberanía y de precedentes en otras negociaciones. Ojalá no haya que llegar allá, pero si es del caso es mejor quedarse con las preferencias de la Ley Atpdea y no con un acuerdo todavía distante e incierto. '' La mejora aparente del clima entre Bogotá y Washington, no puede conducir al Gobierno colombiano a aceptar todo tipo de condicionamientos con tal de destrabar la ratificación del Trata- do de Libre Comercio”.WILABR

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