¿Cómo creerles?

Como los partidos políticos prácticamente desaparecieron del panorama nacional, la figura del poder político no se identifica con una gestión colectiva que ejerce autoridad, sino es la suma...

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marzo 24 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-24

Como los partidos políticos prácticamente desaparecieron del panorama nacional, la figura del poder político no se identifica con una gestión colectiva que ejerce la autoridad gracias a unas ideologías que la legitiman, sino es la suma medio anárquica de unas pocas ideas particulares, la mayoría de las veces, encadenadas en forma descoordinada.

Pero lo que es peor, tienden a definir un poder 'legítimo' que rechaza a los otros como ilegítimos y no son, por tanto, verdaderos poderes, sino solamente 'poderíos' apoyados en la coacción. Así, entonces, la noción de legitimidad, uno de los elementos fundamentales del poder, se diluye en medio de la falta de coherencia y de unidad conceptual.

Frente a esta afirmación, se me dirá que la legitimidad no es más que un sistema de creencias que reflejan más o menos los intereses de aquellos que las desarrollan y que creen en ellas. En consecuencia, dados los conflictos de intereses, las ideologías son normalmente diferentes, lo que conduce a afirmar que ningún gobierno puede ser considerado como legítimo.

Si bien tal afirmación puede tener algo de cierto, porque el poder resulta siendo legítimo a los ojos de una parte de la población e ilegítimo a los ojos de las otras partes, el fraccionamiento exagerado por la individualización de las ideas, es peor porque impide la conformación de unas mayorías que tornen posible hacer compartir, al menos en proporción más amplia, la concepción de legitimidad necesaria para ganar lo que ahora se denomina 'gobernabilidad'.

Para ilustrar este punto baste aludir al dramático caso que se le ofrece a un presidente elegido sin tener el respaldo suficiente en el Congreso. Con todo, este no es el problema más serio. Sin duda, la mayor dificultad estriba en la 'justificación' de un estado de guerra que conforma un cuadro de horror y un absurdo orden normativo de la conducta humana, en el cual la coacción es ciertamente uno de los rasgos imprescindibles.

Siguiendo esta línea, viene al caso hacer referencia explícita de la importancia que adquiere la selección de la persona que encarne la legitimidad y el poder político en un contexto fraccionado e incoherente. Ante todo, y en el centro del debate, deben aparecer aquellas cosas por las cuales los hombres y, especialmente los candidatos, son alabados o censurados. Dejando a un lado las fantasías y preocupándose sólo por las cosas reales, hay que decir que la probidad moral es el principal y más caro atributo del candidato; ni la más mínima sombra de duda puede caer sobre él.

De igual modo, nadie deja de ponderar al individuo que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez. Tampoco, nada lo hace tan estimable como ser gestor de las grandes empresas y el ejemplo de virtudes. Hallar medidas viables en lo que atañe a la administración también concurre en beneficio del candidato.

Encontrarse con un panorama complejo es indeseable para gobernados y gobernantes; por eso es indispensable tener credibilidad entre la opinión. Asimismo, se estima al candidato de ser amigo o enemigo franco, es decir, al que, sin temores de ninguna índole, sabe declararse abiertamente a favor de uno y en contra de otro. El abrazar un partido es siempre más conveniente que permanecer neutral. Finalmente, no se puede pasar por alto la falta en que con facilidad caen si no son prudentes o no saben elegir bien; me refiero a creerles a los aduladores.

rosgo12@hotmail.com

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