La crisis de fin de siglo

La crisis de fin de siglo

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julio 23 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-07-23

El comportamiento de la economía colombiana había respondido favorablemente a la apertura de los noventa; el hallazgo de petróleo en Cusiana, que prometía ser un pozo de gran magnitud, atrajo capitales y sirvió de garantía al endeudamiento externo tanto del sector privado como del sector público.

El crecimiento se aceleró para alcanzar un promedio del 5% anual entre 1993 y 1995. El peso comenzó a revaluarse, lo cual incentivó aún más el endeudamiento externo que combinaba bajas tasas de interés y una caída en el valor real de la deuda, financiando incrementos de la inversión privada, que volvió a tocar cotas superiores al 25% del PIB, y un auge inusitado de la construcción.

Pero por debajo del frenesí de inversionistas y corredores de bolsa se venían gestando crecientes desequilibrios macroeconómicos, en especial la política fiscal procíclica que desde 1994 entraba en déficit elevados, alcanzando el 5% del PIB en 1998, mientras el sector privado trataba de expandirse al mismo tiempo con resultados decrecientes. La tasa de crecimiento de la economía acusó una desaceleración en 1996 (2,0%) y 1998 (0,5%) para hacer la contracción más fuerte del siglo en 1999 (-4,2%).

La teoría económica nos informa que un país que tenga un déficit fiscal persistente, al mismo tiempo que disfruta de un auge económico va a crear un déficit en cuenta corriente, porque la demanda por importaciones se fortalecerá por la adición de gasto público al gasto privado.

El déficit fiscal además se financia en parte con dólares y el gasto público se focaliza en bienes no transables, lo cual tiene un efecto doble en la tasa de cambio: mayor afluencia de dólares la revalúa, resultado que se intensifica, porque los precios de los no transables aumentan más que los precios de los transables, que es sólo otra forma de medir la tasa de cambio.

La moneda local fortalecida, a su vez, incentivará importaciones de bienes y servicios y descorazonará a los exportadores, de tal modo que se profundizará el déficit en cuenta corriente. Eso es precisamente lo que sucede entre 1993 y 1998 hasta que la crisis de 1999 crea un ajuste monumental por la contracción del gasto agregado y la devaluación que corrigen la cuenta corriente trayéndola a terreno positivo en el 2000.

La política cambiaria adoptada por el Banco de la República durante la crisis fue la de ampliar e inclinar la banda cambiaria permitiendo una devaluación real del 30% entre agosto de 1998 y septiembre de 1999, cuando se abandonó este instrumento a favor de la flotación.

El FMI había desacreditado la idea de las bandas cambiarias y ahora estaba a favor de la libre flotación en todas partes del mundo, mientras portavoces del Gobierno la descalficaban también, así que perdió credibilidad y hubo que sacrificarla. Al mismo tiempo, la autoridad monetaria elevó las tasas de interés para frenar la compra de reservas internacionales que alcanzó a ser de US$2.000 millones durante el mismo período.

La actividad económica se contrajo por varias razones: la deuda externa (pública y privada) era de US$35.000 millones y de pronto quedó sin refinanciamiento lo que obligó a acelerar su servicio; además la deuda debió servirse con una tasa de cambio devaluada que exigía un mayor esfuerzo en pesos; la salida de capital redujo radicalmente la oferta de recursos monetarios que alimentan el crédito interno; finalmente, las altas tasas de interés ralentizaron la actividad pero además le restaron valor a todos los activos de la economía, colapsando en especial la finca raíz.

Esto llevó a una crisis de los deudores de vivienda y a que la Corte Constitucional fallara a su favor un recálculo de sus deudas que fue asumido por la nación. Pero algo similar había sucedido con todos los deudores de la economía que vieron incrementados los valores reales de sus deudas cuando la inflación cayó 7% en 1999, permaneciendo en niveles de un dígito de allí en adelante.

El ajuste en el mercado laboral fue contraproducente. Mientras que la recesión destruía puestos de trabajo y disminuía la demanda laboral, la baja de la inflación aumentaba los salarios reales, algo que provocó un ajuste del mercado por cantidades: el desempleo aumentó de niveles del 9% antes de la crisis al 20% después de la misma, y no ha retornado a ese nivel desde entonces.

En otras economías que perdieron el control monetario e hicieron híperinflación, el ajuste se hizo vía precios y cantidades, una reducción brutal de los salarios reales, con ajustes menos drásticos en el desempleo. Pero las pérdidas fueron enormes para los millones de depositantes de su sistema financiero y para los pensionados que vieron licuados sus ahorros por la inflación, mientras que los deudores se beneficiaban con la práctica desaparición de sus obligaciones.

En Colombia, más de 15 millones de cuenta habientes del sistema financiero salieron indemnes de la crisis, mientras que algunos bancos privados y la mayor parte de los públicos tuvieron que ser rescatados o liquidados.

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