Crónica / El drama de conseguir casa propia

Olga Ruby Chica, en el municipio de Pradera (Valle del Cauca), fue una de las primeras 91 personas a quienes el Ministerio de Vivienda les adjudicó una de las 100 mil casas del programa de viviendas gratis.

Pradera fue escogido por el Gobierno Nacional para realizar la primera entrega de viviendas gratis.

Archivo Portafolio.co

Pradera fue escogido por el Gobierno Nacional para realizar la primera entrega de viviendas gratis.

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enero 09 de 2014 - 12:25 a.m.
2014-01-09

Han pasado casi nueve meses y Olga Ruby Chica todavía no lo puede creer.

En las mañanas se para frente a su casa, en el municipio de Pradera (Valle del Cauca), para suspirar y darle gracias a Dios.

El 24 de abril del año pasado lloró inconteniblemente, pero no de tristeza, como la mayor parte de sus 61 años. Ese día, la alegría se le desbordó y casi se desmaya.

Después de una vida trashumante, de finca en finca, de corregimiento en corregimiento, huyendo de cada lado por la violencia nacional, por fin tuvo lo que la mayoría de los seres humanos quiere: una casa propia.

No fue fácil.

Olga Ruby fue una de las primeras 91 personas en el país beneficiadas con el programa del Gobierno Nacional que pretende entregar 100 mil viviendas gratis.

Es vallecaucana. Nació en el corregimiento Tenerife, en Cerrito. Madre de cuatro hijas (tres viven con ella en su nuevo hogar), todas trabajadoras, el mejor legado que les ha podido transmitir, dice.

“Yo estudié en los tiempos que era difícil salir del hogar. Hice hasta bachillerato; luego, enseñaba en un convento, en tercero y cuarto de primaria, por allá en 1974”, recuerda.

Se ha casado dos veces. Su primer esposo murió en un accidente, y ahí empezó su trasegar. “Me fui con un hermano por los lados de Palmira, a trabajar en una finca haciendo los quehaceres de la casa. Allá viví 12 años y conocí a quien fue mi segundo esposo y con quien tuve mi segunda hija”.

El trabajo en la finca de Palmira se acabó y le tocó ir a otra, Boloazul, en Pradera, “donde se mantenía la guerrilla”, dice.

Su calvario en ese lugar duró 13 años. “Las niñas empezaron a estudiar y yo sufría haciendo labores de hombre en una hacienda”.

A sus hijas, no mayores de 15 años, las empezaron a “frecuentar” los guerrilleros y ella sufría. “Me las enamoraban pa’llevárselas”, recuerda.

Como no lo permitió, la guerrilla empezó a averiguar por su vida y descubrió que tenía cinco sobrinos prestando servicio en el Ejército.

Era el año 2001 y salió desplazada de Pradera, sin trabajo, a refugiarse en el campo y recién enviudada, pues le asesinaron a su segundo esposo.

En el campo, sin ocupación, su pobreza recrudeció.

Su drama también. Tras haber criado a un sobrino, la guerrilla se ensañó con ella y se lo asesinaron por ser soldado.

“Era 24 de diciembre, y es lo más grave que nos ha pasado. Es algo inolvidable y triste. Nos sacaron y nos dijeron que no nos querían ver por allá”. Era el año 2002.

ARRIENDO SIN PLATA

Buscando casas ‘mediohabitables’, en Tenerife, pagando 200 mil pesos mensuales que aún no sabe cómo hacían para conseguir, y sorteando pobreza para saber cuál de sus hijas se turnaba para comer bien cada día de la semana, tuvo que huir de su lugar de nacimiento porque no había trabajo.

Así, llegó a Roldanillo y fue censada como desplazada en el 2004.

Gracias a eso, recibió capacitación en artesanías, y aprendió a hacer bolsos en calceta y a arreglar ropa, con lo que conseguía dinero para pagar el arriendo.

“Un día llenamos un formulario de la caja de compensación Comfandi, que los estudiaba para decidir quién era apto para recibir una casa. En el 2007, por fin quedamos calificados para que algún día nos llegara un subsidio para vivienda”, dice.

Pasaba el tiempo y nunca llegaba la llamada milagrosa de la adjudicación o la ‘carta-cheque’ para adquirir un hogar.

Día y noche vivía pendiente de eso, viendo a sus hijas limitadas en oportunidades. “Siempre nos hemos rebuscado; donde hay trabajo, ahí estamos, pero la plata solo daba para el arriendo”.

CAMBIÓ SU VIDA

A mediados del 2012, escuchó por primera vez sobre un plan de viviendas gratuitas del Ministerio de Vivienda, que se adjudicaban con la condición de pertenecer a la Red Unidos o vivir en pobreza absoluta.

Tenía que estar al día con los papeles y exigencias, pero hacía esas diligencias “porque ser una familia desplazada significa sufrir y tener todas las necesidades”.

Un día le hicieron una llamada y le pidieron los papeles, era noviembre del 2012. Sin embargo, el hecho de que su hija mayor la hubiera asegurado a Coomeva le cerró las puertas.

“!Qué culpa si mi hija trabajaba y me podía asegurar!”. Hizo cuanta vuelta fue necesaria para demostrar que podía ser calificada para aplicar a una casa gratis.

“Nos llamaron, nos dieron formularios, los llenamos y le oré a mi señor Jesús para que me ayudara”.

Buscando trabajo en Pereira, otro día una amiga la llamó y le dijo que regresara a Pradera, donde iban a repartir casas.

Se devolvió de afán y estuvo en primera fila, en el coliseo, con su carpeta de papeles debajo del brazo.

“Llegó el ministro Vargas Lleras y dijo que no todos iban a recibir casa”.

Ese día se entregarían 91 viviendas, 49 directamente y 42 por sorteo. Empezó la repartición y Olga Ruby llevaba mentalmente la cuenta, le temía al sorteo. Cuando sus cuentas iban en 47, sintió miedo y quiso morirse.

De repente, escuchó su nombre. “Pegué un alarido y lloré porque he sufrido mucho toda la vida”.

El 24 de abril recibió llaves y escrituras, y ni su hermano mayor ni tres de sus hijas, y menos ella, durmieron esa noche. Hoy, describe con orgullo su casa en la transversal 7 manzana T.

“Espere me paro al frente y le voy diciendo cómo es. Al frente, antejardín, entra uno y está la sala comedor; al fondo, la cocina, el baño y el patio. Están las escaleras al segundo piso, donde hay dos cuartos. Es un milagro”, dice, y el llanto de alegría la vuelve a dominar.

jaivia@eltiempo.com

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