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El Dalai Lama en Colombia

El paso del Dalai Lama por Bogotá dejó perplejo a muchos. Para empezar, a todos los que esperaban que les dijera qué hacer: qué hacer con la guerrilla, el proceso de paz, los secuestrados, los paramilitares, los desplazados, con la violencia.

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mayo 19 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-19

A esas preguntas contestó con la misma frase: I don´t now, ustedes son los que viven aquí, ustedes son los que saben lidiar con estos problemas. Y luego sin inmutarse remataba: next question. Lo otro que me sorprendió del Dalai Lama es que lo que hace y lo que dice muestra a una persona práctica. Yo creía lo contrario: que era un hombre filosófico, que hablaba con parábolas, que realizaba largas disertaciones sobre el hombre, sobre el bien o el mal. Nada. Todo lo contrario: cada pregunta que no entendía, pedía aclaración: ¿Cuándo usted habla de culpa, exactamente a qué se refiere? Y contestaba de forma concreta, con ejemplos de la vida real, cero teorías. También me llamó la atención que es un hombre festivo, alegre, descomplicado, en ocasiones parece un niño travieso. No hay amargura en su rostro o en su discurso, la amargura que cualquiera pudiera pensar que tiene un Jefe de Estado que ha tenido que vivir en el exilio por casi 50 años. A la pregunta de alguien si se consideraba un iluminado, un profeta, contestó con un chiste de esos que traen la respuesta bien puesta: si lo fuera -dijo- hoy no habría dicho tantas veces “no sé”. Aún cuando habla de la persecución de los chinos hacia los monjes tibetanos o de las condiciones de pobreza de su pueblo, no lo hace con odio, no hace juicios de valor ni señalamientos contra nadie. Simplemente describe situaciones. Esta parte de su charla la remató con una anécdota de un monje del cual dijo que ese sí era un santo, que fue herido en una manifestación por un soldado chino y quedó ciego de por vida. Pues bien, buscó a ese soldado para perdonarlo y se volvió su amigo cercano. Con ese acto -dijo el Dalai Lama- el monje no solamente terminó con una cadena de violencia lo cual ya era suficiente, sino que creó un vínculo de amor. Su causa es la no violencia, por supuesto. Pero en él no es una postura política o ideológica, sino espiritual. Al no buscar venganza y responder la agresión con amor, se interrumpe el ciclo de la violencia. Ahí están respuestas a preguntas que dejó sin contestar. Al final de su presentación uno se pregunta: ¿Cómo un monje tibetano, oriundo de una nación pobre, llegó a convertirse en un líder espiritual reconocido mundialmente? ¿Por qué lo siguen por igual budistas, cristianos o ateos? ¿Cuál es su secreto? Pienso que la fuerza de su mensaje radica en que dice verdades universales que todo el mundo sabe en su corazón que son ciertas, y las dice sin agredir ni obligar a nadie. Como eso de que la solución para acabar con la pobreza la tienen los ricos. O que para alcanzar la abundancia, lo más importante es practicar la generosidad. No pide exclusividad. De hecho afirma que uno de los compromisos fundamentales en su vida, es buscar la armonía entre las religiones. “Haz el bien… y si no puedes, no hagas el mal”. ¿Más claro? Su grandeza como persona radica en su sencillez. ¿Y su fama? Esa tiene que agradecérsela al Gobierno chino, la superpotencia que lo graduó de enemigo. Algo parecido a lo que le pasa a Fidel Castro con Estados Unidos. La historia de David contra Goliat, siempre será noticia. Politólogo, periodista "Es un hombre festivo, alegre, descomplicado, en ocasiones parece un niño travieso”.

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