Debería haber reflexión sobre moral de gobierno, organizaciones y ciudadanos respecto a pirámides

La prensa de los últimos días recoge el pensamiento de diferentes actores sociales acerca del grado de responsabilidad de las instituciones, o de la lógica con que opera el sistema financiero.

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noviembre 26 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-11-26

En la mayoría de los casos, se trata de incriminar o incriminarse por diferentes razones: o porque "se fue muy pulcro respetando la institucionalidad", porque "no había recursos jurídicos para intervenir", porque abundan en el país los "ingenuos ahorradores", o porque existe una "cultura mafiosa" que valora el dinero fácil.

Pero se ha dicho muy poco sobre la relación existente entre la trampa de las pirámides y la laxitud moral que nos aqueja, el debilitamiento generalizado del clima ético en las organizaciones, la poca significación que se le otorga a principios éticos indispensables para la que la sociedad sea viable y la poca legitimidad de las iglesias para constituirse en referentes de comportamiento de sus miembros.

Los responsables hacen parte de organizaciones públicas o privadas, forman parte de la sociedad civil, son sujetos de derechos y deberes luego deben ser responsables de sus acciones y del curso de las consecuencias de las mismas; deben rendir cuentas ante sí mismos, ante la ley y la sociedad en general.
Ellos fueron compradores de la esperanza de los más pobres; mediación de los más astutos y usurpadores de los derechos adquiridos por otros.

¿Nos merecemos la trampa de las pirámides?

En el mundo, las instituciones y organizaciones son producto de nuestra acción. Tenemos el mundo que nos merecemos. Somos animales éticos y por ello creamos un habitat con nuestras maneras de obrar individual, con las formas como operan las instituciones, con los formatos que adquieren las organizaciones y con nuestros comportamientos económicos, políticos y culturales.

El narcotráfico como la impunidad, la corrupción como la valoración de que en lo moral todo vale mientras haya éxito individual son expresiones de modos de ser del colombiano cuya valoración del bien ya erosionada genera unos comportamientos individuales y organizacionales que ponen en tela de juicio el nivel moral alcanzado en diferentes estratos sociales.

Más allá de las autoinculpaciones, de las acusaciones y recriminaciones debería invitarse a una reflexión sobre la ética del gobierno, de las organizaciones y de los individuos; es decir, sobre cómo nos encontramos frente a valores tan básicos para una sociedad como la justicia, la verdad, la solidaridad, la integridad y la tolerancia.

Esta reflexión compromete al ciudadano común y corriente, al Gobierno, a las empresas y organizaciones del sector corporativo privado y del público, porque todos ellos no satisfacen los mínimos morales si sólo obran buscando el interés estratégico individual, por encima de las normas existentes y de la satisfacción de las expectativas que la sociedad tiene sobre cada una de ellas y sobre lo cual descansa la legitimidad y confianza que aspiran tener del público en general.

La ética es un buen negocio

Más allá de lo urgente por atender, hay que volver la mirada a lo indispensable para el futuro: que las organizaciones, comenzando por las universidades, las empresas y el gobierno, las iglesias y las familias, se pregunten desde una perspectiva ética: Cuáles son los valores que hacen viable el país: la justicia, la solidaridad, la integridad, el respeto de las normas, la autonomía responsable para pensar y actuar en conformidad con las exigencias del interés general, sin utilizar a nadie como medio, sino siempre como fin y obrando de manera tal que el actuar personal pueda convertirse en norma universal.

En otras palabras, lo que está comprometido es el clima ético de la sociedad colombiana, los mínimos morales que la harían viable y la ética aplicada a las organizaciones.

Con frecuencia se olvida que ésta propicia en aquellas que se tomen mejores y justificadas decisiones; evita caer en códigos y prohibiciones lógicamente ciertos y realmente falsos; otorga a las relaciones entre las personas, tanto en el sector público como en el privado, un valor agregado en términos de obrar por convicciones, bajo el principio de que no hay mejor ley que la que nace de uno mismo; contribuye a darle legitimidad a las organizaciones hacia fuera; en una palabra, acrecienta con el logro de estos atributos la productividad y honestidad de todos en torno a la búsqueda de logros comunes basados en la moral y la responsabilidad social.

La ética, según el testimonio de aquellas empresas y organizaciones que se han preocupado por integrarla a sus preocupaciones diarias, es un buen negocio.

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