Ni democracia ‘joven’, ni democracia ‘naciente’

En reciente emisión del programa radial Hora 20, el ex ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero, calificó de “agraviante” la felicitación enviada al presidente Uribe por su colega estadounidense Barack Obama, en la cual lo exaltaba por haberse sometido al dictamen de la Corte Constitucional sobre el referendo. También se mostró contrario a lo sostenido por Robert Kagan y Aroop Mukharji en una columna del Washington Post (marzo 9), la cual fue muy comentada en Colombia. En dicho artículo, Mukharji y Kagan –autor del libro Del paraíso y el poder– enaltecen con júbilo la decisión de la Corte Constitucional de declarar inexequible el referendo, y celebran tal decisión como una victoria de las instituciones democráticas en un mundo en el cual “…pareciera que los autócratas avanzan en cada continente”.

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marzo 31 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-31

Una molestia similar fue expresada en su momento por muchas otras personas, para quienes el mensaje del presidente Obama transmitía una cierta actitud de menosprecio: una actitud manifestada en destacar y celebrar, como si fuese algo excepcional, y tuviese por tanto especial mérito, lo que no es más que la conducta normal de un gobernante democrático. Debo confesar que, cuando tal mensaje se produjo, no llegué a albergar este tipo de sentimiento, y atribuí sus términos al nerviosismo que cunde hoy, por cuenta del modo como varios gobernantes de la región han ampliado sus poderes por la vía plebiscitaria. Diferente es la cuestión con el artículo de Kagan y Mukharji, pues éste, pese a contener muchas verdades, y a aseverarlas con un bienvenido énfasis, incurre en un serio error, de hecho, en su presentación de la democracia colombiana: para los autores, más acertado resulta el camino adoptado por Colombia si se considera que nuestro país es una democracia novata en vías de consolidación. Léase con cuidado esta frase: “En especial en una democracia naciente, la integridad de las instituciones es tan importante como la voluntad popular”. Y obsérvese otra que la complementa: “Colombia es una democracia joven cuyo futuro está en duda”. Error que se agrava cuando los autores, tras haber caracterizado a Colombia como democracia joven, dicen que nuestra Constitución tiene tan solo 20 años, como si fuese la primera de nuestras constituciones democráticas. Pero como en la misma Colombia se ha puesto de moda denigrar de nuestra democracia, sea esta la ocasión para que recordemos su verdadero carácter. Esto podría dar lugar a una dosis moderada y razonable de orgullo, la cual, a su vez, debería motivarnos a preservar ese legado democrático de nuestro sistema político, el cual no es una ‘democracia joven’, y mucho menos una ‘democracia naciente’. En rigor, la democracia colombiana es casi tan antigua como la de Estados Unidos. Dicho país expidió su Declaración de independencia en 1776, y promulgó su admirable Constitución en 1787. En Colombia se declaró por primera vez la independencia en 1810. Nuestra primera Constitución Nacional se adoptó en 1821, es decir, 34 años después de Estados Unidos. Ahora bien, si consideramos que la Constitución norteamericana es la más antigua de todas las constituciones democráticas, y que nuestra democracia es tan sólo 34 años más joven que la de Estados Unidos, tal diferencia resulta insignificante en un contexto de siglos, y no permitiría, en perspectiva comparada, calificar de ‘joven’ a la democracia colombiana. Ha sido además una democracia muy sólida, y desde épocas muy anteriores estableció, a diferencia de muchos de sus vecinos en la región, una tradición de apego casi férreo a las normas y a las instituciones. Tanto así, que en el amanecer de la República, justo después de terminada la Guerra de Independencia, los caudillos militares desarrollaron en su mayoría un profundo desprecio hacia Bogotá, ciudad que consideraban plagada de abogados, doctos en leyes y en filosofía política, y dispuestos siempre a oponer esos dos elementos a las ambiciones de poder de los militares. La figura del dictador militar llegó a ser una especie de símbolo de Latinoamérica. Pues bien, en sus casi 200 años de vida democrática, Colombia ha sido gobernada por dictadores militares durante apenas 4 años y 7 meses. En contraste, tan sólo en el siglo XX, Venezuela vivió 37 años bajo dictaduras militares. Desde 1830 sólo hemos tenido cinco golpes de Estado (algunos de ellos con atenuantes considerables). Tuvimos una Constitución que duró más de 100 años. Tuvimos otra que subsistió 23 años, y la actual está cerca de alcanzar dos décadas. Colombia es una de las democracias electorales más activas del mundo: somos uno de los países que más realiza elecciones. La sociedad civil es fuerte y activa: sus medios de comunicación se distinguen por ser incisivos y por ejercer una vigilancia inmisericorde sobre el poder. Y a pesar de lo que circula en los mitos populares, el país no tiene ‘dueños’: desde principios del siglo XX se configuró una economía con propiedad dispersa, con multitud de sociedades anónimas (varias de ellas inscritas desde hace mucho en el mercado público) y con un cultivo de cabecera que no conoció el latifundio (el café). Se alegará en contra el sinnúmero de problemas que afectan a nuestra democracia: son reales y serios en su mayoría. Pero en el reino de los sistemas políticos no hay perfección, y el máximo al cual puede aspirarse es a una buena aproximación a los ideales. Además, si hay testimonio de la fortaleza de nuestra democracia, es precisamente su persistencia y su vigor, en medio de tan significativos contratiempos. Prueba de que no hay democracias perfectas podemos encontrarla precisamente en la más admirable de ellas, Estados Unidos, desde donde aquellos dos autores nos califican de república infante. Con más de 200 años de vida democrática, Estados Unidos exhibe con orgullo una Constitución libertaria e igualitaria que ha perdurado en el tiempo. Fue el primer país que derogó los privilegios feudales, y nadie nivela a su sociedad civil en igualdad de oportunidades y en movilidad. Pero, hay que insistir, nada es perfecto: en esta fascinante democracia se ha asesinado a cuatro presidentes, y se ha intentado asesinar a otros once. En Estados Unidos la esclavitud subsistió 14 años más que en Colombia: al ser abolida, en 1865, medio país se declaró en secesión y sobrevino una cruenta y larga Guerra Civil. Allí alguna vez se prohibió el licor, y uno de sus estados llevó a juicio penal a un profesor por enseñar la teoría de la evolución. Uno de sus presidentes debió renunciar por maniobras sucias contra el partido rival. Y es, en fin, el país que mantiene a centenares de prisioneros en Guantánamo, sin derecho al hábeas corpus, pero sin ser tampoco tratados como prisioneros de guerra. Con estos datos no intento desprestigiar a la decana de las democracias mundiales. Sólo intento mostrar que en todas las democracias hay imperfecciones, y que, por tanto, las que se presentan en Colombia no le restan antigüedad, vigor, y solidez a nuestro sistema democrático. "En sus casi 200 años de vida democrática, Colombia ha sido gobernada por dictadores militares durante apenas 4 años.” "Nuestra primera Constitución Nacional se adoptó en 1821, es decir, 34 años después de Estados Unidos.” "Prueba de que no hay democracias perfectas podemos encontrarla precisamente en la más admirable de ellas, E.U.ADRVEG

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