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Democracia ‘made in USA’

Cuando se fundó la república, la intelectualidad norteamericana, que a su vez era entonces su clase política, no creía que la democracia de las 13 colonias fuese exportable al resto del continente. Jefferson no confiaba en la democracia ni para aplicarla a Nueva Orleans después de la compra de Lousiana a Napoleón (1803). Igual opinará John Quincy Adams, el secretario de Estado de la doctrina Monroe, quien, teniendo que decidir sobre su extensión hacia Iberoamérica, se opone alegando otras costumbres, otra religión, otra pirámide social, otro contexto. Tal ha sido, sin embargo, el éxito interno del experimento que ahora la vena democrático-redentorista abarca al mundo entero. La administración Bush cree que el ungüento deshincha hasta inflamaciones terroristas.

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mayo 12 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-12

Inmersos en hacer realidad una nación de costa a costa, los E.U. embotellaron su elíxir hasta la época de Woodrow Wilson. El profesoral ex rector de la universidad de Princeton le dijo a los mexicanos, en medio de su caótica revolución de 1910, que les iba a “enseñar a elegir hombres buenos y capaces”. Dos intervenciones militares gringas profundizaron el antiamericanismo, al punto que México consideró aliarse con Alemania en la I Guerra Mundial, y remató con el advenimiento del PRI (mal precedente). La lección en democracia a la mexicana quedó en suspenso hasta el siglo XXI. En el resto de Iberoamérica, élites fragmentadas han intentado aclimatar durante 200 años los ideales democráticos de la Ilustración, que sirvieran de telón de fondo a la Independencia. No se puede decir que hayan sido exitosas, si bien la democracia va hundiendo trabajosamente sus raíces. Se constata, sin embargo, que donde Norteamérica plantó su huella -particularmente en el Caribe- ha avanzado más lentamente. Quizá sea cosa de mala suerte. Durante el siglo XX el poder tuvo prioridad en los E.U., para tenerlo, contrarrestarlo o aliarlo. El mismo Wilson, que en 1917 proclamó su ideal de “poner a salvo la democracia en el mundo”, toleró el reparto colonialista anglo-francés del Medio Oriente y el mordisco japonés a la China. La revolución bolchevique modificó su óptica. Hizo que para los gringos, los bellacos en el gobierno fueran siempre relucientes mientras fuesen sus amigos. A veces la bellaquería acabó mal, como cuando el bellaco de Batista parió a Castro. Ahora, con el fin de la historia en la era poscomunista, el modelo democrático se emplea de nuevo como racionalización de la política exterior norteamericana. Mientras tanto, en Iberoamérica suceden las cosas más curiosas. La democracia bota al ruedo candidatos, cuyo único mérito tangible es el haber sido golpistas. Dos, Chávez y Gutiérrez, llegan al poder. Un tercero, Ollanta Humala, está en capilla. ¿Será que la democracia está destinada a no sobrevivir sin remezones donde subsisten extremos de pobreza, abismos de corrupción y élites que excluyen racial y económicamente amplios segmentos de la población? Don Sancho Ximeno se rasca la cabeza. A él sólo le cala con absoluta claridad el derecho del soberano a reinar por la gracia de Dios. Por esa convicción se enfrentó con hombría a los bucaneros en 1697, cuando en Bocachica sacó la cara por Cartagena. El que teorías de gobierno abstractas germinen sin abonarlas previa y largamente le parece improbable. Si las condiciones internas no han permitido afianzar la democracia en la América hispana, donde se la ha idealizado durante dos siglos, qué puede esperarse de tierras lejanas en las que es apenas un zumbido. Además, quién garantiza que se elijan ‘hombres buenos y capaces’. La peor de las pesadillas es un gobierno simpatizante de Al Qaeda electo popularmente en Pakistán, potencia nuclear. Al terrorismo hay que hacerle frente. Achicarse es rendirse, en Colombia o en los Estados Unidos. La desesperación, sin embargo, conduce a dar palos de ciego. Hay que combatirlo pensando cada paso, con economía de medios y sin inventarse casas en el aire. En Colombia, con democracia, porque es lo que prefieren los colombianos, en otras latitudes con mañita, y como pudo constatar el presidente Wilson, sin dar tantas lecciones. Ex ministro. Historiador " La democracia bota al ruedo candidatos, cuyo único mérito tangible es el haber sido golpistas”.

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