Los demonios de la inflación

Los demonios de la inflación

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mayo 05 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-05

"El nivel bajo de inflación de un solo dígito es incuestionablemente uno de los más valiosos bienes colectivos del país", dice el ex ministro Eduardo Wiesner, en un importante libro que acaba de publicar.

Y es cierto: la inflación moderada es un activo que los colombianos debemos preservar a toda costa. Su mantenimiento hay que convertirlo en un gran propósito nacional. Desde cuando en 1999, el país logró ubicarse en el grupo de economías con variaciones de precios inferiores al 10 por ciento, la estabilidad macroeconómica ha retoñado en Colombia.

Nada hay que distribuya de peor manera el ingreso o que empobrezca más a los débiles y enriquezca más a los opulentos que las inflaciones desbocadas. Los índices de inflación moderada son una condición necesaria -aunque no suficiente por supuesto- de toda política social seria.

Por eso, lo que está sucediendo en materia inflacionaria debemos seguirlo con suma atención. Nada que tenga que ver con la evolución de los precios puede mirarse con indiferencia.
Los datos para el mes de abril resultaron más tranquilizadores de lo que en algún momento se temió. Todo parece indicar que aunque no se cumplirá este año con la meta señalada por el Banco de la República, no estamos frente a un desbordamiento inflacionario. Las lluvias del último mes han facilitado una normalización de las cosechas de alimentos producidos en el país.
Empero, los cereales importados, los combustibles y muchos precios de no transables y aún de bienes controlados como los educativos y los servicios públicos siguen mostrando crecimientos anormalmente altos.

El Banco de la República tiene agotado el espacio político y técnico para seguir aplicando la política de elevar las tasas de interés. Hacerlo sería suicida. Y tanto más cuando en Estados Unidos se siguen bajando las tasas de referencia del FED. El incendio revaluacionista ya está lo suficientemente grave como para que se le continúe echando gasolina con sucesivas elevaciones de las tasas de interés del Banco de la República.

Nuestro Banco Central debe mantener una observación atenta, pero no histérica del comportamiento de los precios. Y no actuar, sino cuando vea que es absolutamente indispensable hacerlo. Por el momento, ese no parece ser el caso. El Gobierno tampoco debe hacerse el loco con este tema. Él también tiene responsabilidades, sobre todo, para que hacia el futuro la inflación no vaya a salirse de madre. Desafortunadamente, el anteproyecto de presupuesto para el 2009 (cuyas bases se han revelado recientemente), da cuenta de la persistencia de una política alegre de gasto público por parte del Gobierno Central, que en nada ayuda a construir una actitud colectiva antiinflacionaria.

Las abundantes lluvias de abril nos han proporcionado, pues, un margen de tranquilidad en materia de precios. Por el momento, luce más inquietante la deteriorada situación política y la menesterosa condición institucional a que están conduciendo los frecuentes y desconsiderados ataques gubernamentales contra la justicia, que el comportamiento mismo de los precios.

Pero no hay que quitarle el ojo a estos últimos. En todo el mundo están comenzando a despertarse los demonios de la inflación. Las alzas desmesuradas de los alimentos y de los combustibles están dando los primeros jalonazos. Y nosotros podríamos no ser una excepción.

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