Desaparecido

Desaparecido

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octubre 25 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-10-25

No hay que preocuparse. No les voy a comentar una desaparición real de las tantas que diariamente ocurren en nuestro país, es tan solo una virtual, pero, permítanme decirles, esta situación genera en la práctica la misma angustia. No sé si a algunos de ustedes les ha pasado, pero en mi caso, literalmente, ‘se me borró la cédula’. Es verdad, un día mi hija me convenció de hacer ejercicio y dimos un paseo agotador de cerca de tres kilómetros. Sudé de tal manera que mi transpiración se pasó a la billetera donde guardaba la cédula y la humedad penetró todos y cada uno de los documentos que allí guardaba. No me di cuenta de lo que pasaba hasta el momento en que quise mostrarla a un policía de carreteras, que me dio la noticia: no se podía leer en mi documento de identidad ni el número de la cédula, ni mi nombre. Me puso una multa por no aportar el documento, con una nota: “dice llamarse…”. Al día siguiente quise pagar el comparendo por Internet y me enteré de que, por haber sido multado en un municipio diferente, no lo podía hacer y debía ir a un sitio especial para efectuar el pago en efectivo. De inmediato me dirigí al banco y traté de sacar dinero. El cajero me dijo nuevamente que no existía y el secretario no me aceptó ningún otro documento pues ‘podían ser falsos’. Desesperado pedí un préstamo a mi esposa y por no haber podido solucionar hasta ahora mi situación, los intereses dejados de pagar ya corresponden a la mitad de lo que me correspondería en la sociedad conyugal. Traté de poner la denuncia, pues era el requisito previo para pedir una nueva cédula. Un amable funcionario de un cuerpo de seguridad me preguntaba: ¿per- dió usted su documento? No, señor, contestaba ingenuo. ¿Se lo robaron?, ¿lo hurtaron? No, señor, volvía a responder. ¿No entiendo qué le paso entonces?, me interrogó incrédulo. Se desaparecieron tanto mi nombre como los números de mi cédula. Ah, excúseme, me dijo, pero eso no está en el código. Entonces me incitó a cometer una falsedad y a denunciar una de las causales que me había mencionado. Al principio me negué con dignidad, pero al final, y por primera vez, acepté denunciar una mentira, como los testigos clonados y sin rostro. Al fin y al cabo nadie se enteraría. Me sentí orondo y orgulloso cuando fui a la registraduría y me dieron un papelito. Fui al banco y no me lo aceptaron como documento. Quise inscribirme para votar y tampoco. Iba a ser candidato a algo y continué sin existir. Ha pasado casi un año y aún no tengo identidad. Poco a poco me acostumbro. Cuando al fin la recupere, no estoy seguro de que me guste. Estoy pensando seriamente en cambiarme el nombre, ya que no puedo hacer lo mismo con la edad… ¿O quién sabe?... El domingo no podré votar. De pronto eso es bueno, así no me sentiré culpable en el muy posible evento de una equivocación. Germán Umaña Mendoza. Profesor, Universidad Na cional No sé si a algunos de ustedes les ha pasado, pero en mi caso, literalmente, ‘se me borró la cédula’.

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