El desencanto de los jóvenes

A los amigos de la revolución cubana les cuesta muy poco reconocer a Roberto Fernández Retamar y su protagonismo intelectual en ese país. La dirección de la revista Casa de las Américas (desde 1965), se complementa con su papel como poeta y escritor, jurado de muchos premios literarios, además de sus cargos políticos como diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (1998) y miembro del Consejo de Estado.

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abril 05 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-05

Un periodista caribeño me ha hecho llegar un documento excepcional de Fernández R. sobre la crisis de valores en ese país. Es un testimonio sincero y autocrítico, pero también una aguda reflexión sobre el porvenir del socialismo en América Latina. Es improbable resumir en una columna como esta las numerosas reflexiones que trae dicho artículo, pero haremos el esfuerzo de encontrar una perspectiva que nos permita ver, por sus ojos, lo que está sucediendo en aquella isla, en términos de los valores humanos. Todo comienza con un comentario de los lectores, aparecido en el periódico Granma, en el que aparece con frecuencia la frase de que la juventud cubana está perdida. Fernández R. admite que los valores cambian de acuerdo con los momentos históricos, como parte de una evolución de los intereses generacionales. Admite además su percepción de que, en Cuba, los menores de cincuenta años han abandonado sus tradiciones, las buenas costumbres, y las normas de convivencia social, inclinándose más hacia el irrespeto del derecho ajeno, del cuidado del entorno y de la propiedad social. Ha crecido en cambio la chabacanería, el despego al trabajo, la falta de educación formal, y aun la falta de interés por la Historia patria y la cultura autóctona. Los valores, ese conjunto de normas morales, tradiciones y hábitos de conducta y respeto, dice, deben ser interiorizados a través de todo el proceso educativo que recibe el individuo en la familia, la escuela y la sociedad en su conjunto. Pero los métodos educativos han fallado: ha fracasado el ejemplo de actuación de todas aquellas personas que ejercen la función de educadores, porque los valores, y cita a Schopenhauer, “se revelan y forjan a través de todo un proceso educativo”. Y añade: el principio de distribución socialista ha sido violado, “el pago se desvinculó de la cantidad y calidad de trabajo aportado por cada cual”. Como el salario perdió su capacidad para estimular y perfeccionar la actividad laboral, no hay posibilidad de una nueva conciencia social a partir de la identificación del obrero y el educador con los medios de producción para su bienestar. La gente joven, las generaciones emergentes están desencantadas. El futuro prometido es una quimera. Como ya dejaron de confiar en el discurso oficial, han puesto el primer plano sus propios intereses. “Al no haberse creado aún la base económica del socialismo, tampoco ha surgido la forma de conciencia social correspondiente a la nueva sociedad”. Y algo peor: el resurgimiento del individualismo en los jóvenes tiene que ver con el oportunismo y la corrupción que están presenciando arriba. Los altos cargos del Gobierno socialista gozan de beneficios que “a los demás están vedados”; como consecuencia se generalizó la “costumbre de apropiarse de los medios de Estado para resolver los problemas personales” en detrimento de los valores que debían sustentarlos. Los que hemos visitado a Cuba en los últimos diez años, podrán corroborar esta afirmación. Fernández R. agrega: como se hizo a un lado el estimulo a la pequeña y mediana propiedad privada y la propiedad cooperativa, al mismo tiempo se eliminaron la cívica y la educación para el hogar, generalizando así “la falta de exigencia y control en casi todos los sectores de la economía”: esta es la causa principal del desinterés por el trabajo, del aumento de la vagancia, del delito y de la emigración. La cita del pedagogo Makárenko le viene a su memoria para acentuar que “donde no hay exigencia, no puede haber disciplina”. Finalmente, Fernández R. admite su desazón al decir que no hay relevo generacional en Cuba y que el logro del futuro comunista siempre soñado, es un camino “que hace tiempo equivocamos”. Y para no perderse en el pesimismo, explica que la rectificación es necesario hacerla en la economía, “con sus correspondientes consecuencias en lo educativo, lo administrativo, lo productivo, lo constitucional y lo judicial”. Esto es, otra revolución. ADRVEG