Devolviendo el reloj

Evo gobierna. Bolivia nacionaliza sus hidrocarburos por tercera vez en 70 años. Se le unta coca y colorín colorado no hay nada más que narrar en el peor de los mundos. El reloj se devuelve y la miseria se estanca. Guste o no guste, en ese espejo hay que mirarse porque es el reflejo de la frustración. Junto a las faldas del Illimani están conmemorando el Consenso de Washington, con un cenotafio de macroeconomía.

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mayo 05 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-05-05

Bolivia había sido en tiempos recientes alumno modelo. Con políticas de texto económico domesticó una inflación desmirriada, que contabilizaba el pan en millones, abrió su mercado, reformó el código fiscal, rebajó un estado incompetente, recibió inversión extranjera y creció. En las provincias del sur la prosperidad se regó, pero en el corazón aimará y andino, el tiempo transcurrió inamovible, como si el inca todavía gobernara sobre el Tihuntinsuyo, sin mejora tangible para los de abajo. La marea se desbordó, ya no con los mineros del estaño, privilegiados relativos y punta de lanza de revoluciones pretéritas, sino con la fuerza de un pueblo impacientado. Ahí está el espejo. A falta de alternativa esperanzadora, Bolivia se refugia en el Movimiento hacia el socialismo, un devolver del reloj que, con matices, está coloreando la geografía iberoamericana. Es la respuesta popular y democrática a una pregunta obvia: ¿de qué sirve aplicar lecciones de la macroeconomía si la gente no se beneficia? Hacer reformas, sin que la prosperidad se esparza. El neoliberalismo naufragó hasta convertirse en palabra fea, no porque fuese inherentemente equivocado, sino porque se quedó en la estratósfera. Y lo que es peor, se quedó corto. Gobiernos paralizados desde adentro dejaron la tarea a medio hacer. Colombia, por suerte, registra algunos éxitos neoliberales: la privatización de los puertos ha sido una bendición en precio y servicio, y la de la electricidad ha significado energía confiable y barata, que todo el mundo paga, sin favoritismos. Sigue siendo en cambio un costoso Vía Crucis para el pobre ‘desinformalizar’ una actividad productiva. El régimen de impuestos, comenzando por los timbre, las cámaras de comercio, los entes de control, y más, todos conspiran en su contra. Aquello es un desperdicio en un país con un ejército agazapado de empresarios. También se le abona al neoliberalismo el haber entronizado la política monetaria como guardián contra la inflación. El milagro de un Banco de la República independiente es un haber invaluable. Al mismo tiempo, las reformas financieras desenmascararon el atraco nacional que engendraron los bancos estatales, mientras el abandono del control de cambios ha traído transparencia en los negocios. Pero subsisten los estancos del aguardiente, entes coloniales, para beneficio de unas pocas regiones, monopolio público del procesamiento de hidrocarburos, y deshonestidad e incuria en la gestión al descentralizar la prestación de servicios de salud. Son fallas institucionales. Las tenazas violentas del narcotráfico y la guerrilla martirizan a los colombianos. El doble flagelo ha constreñido la inversión pública en infraestructura, que frena la difusión del bienestar. A pesar de ello, es más lo bueno que lo malo del neoliberalismo, aunque no sólo de reformas vive el hombre. Vale asegurar que sus beneficios se traduzcan en bienestar para la mayoría. El apoyo directo a los más pobres tiene su mérito. Ayuda si el propio presidente, en un laudable despliegue de microadministración, se multiplica para que dádivas del desarrollo lleguen a todas partes. De las reformas sin pueblo a la utopía socialista hay una micra. Venezuela, país rico, aceptará el soborno de los subsidios, como antes los aceptó de los partidos políticos, y verá marchitar su democracia. Se malgastarán oportunidades. En Bolivia -pasada la euforia hiperbólica de devolver el reloj- el indígena sentirá la miseria en sus costillas, profundizada por la estatización de los medios de producción. Dentro de la infortunada tradición boliviana, la dura mano dictatorial intentará prolongarse en el poder. “Aré en el mar”, diría Bolívar, tan afecto a los neobolivarianos. Don Sancho Jimeno no come cuento. Después de encarar cuadrillas de piratas en 1697, batiéndose con honor sobre los muros del San Luis de Bocachica, le tocó un cambio de dinastía. Llegaron los Borbones. Mucho tilín y pocas paletas, rimeros de conocimientos útiles y pelucas empolvadas. Reformas iban y venían, siempre incompletas. La libertad de comercio, incontestablemente lo que más necesitaba Cartagena, nunca llegó. Ex ministro. Historiador ¿De qué sirve aplicar lecciones de la macroeconomía si la gente no se beneficia?”.

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