Cuando la diosa mueve el caderaje

Conocí a María Consuelo Araújo en la agonía del siglo XX, mientras escribía ‘La Bogotá del Tercer Milenio: Historia de una Revolución Urbana’, el original y extenuante informe de gestión del alcalde mayor Enrique Peñalosa.

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agosto 18 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-18

Esa faena que me permitió asomarme a todos los rescoldos del Distrito Capital, abarcó también el trabajo de la joven valduparense que dirigía el Jardín Botánico José Celestino Mutis. En su oficina silvestre, y en su recién estrenado apartamento del norte de Bogotá, repasamos en horas inopinadas todo lo que había hecho al frente del lugar más hermoso de la ciudad, encargado del extenso Programa de Arborización Urbana que le trajo más de un lío a esa muchachita y que la puso a manejar un presupuesto que pasó de 2.000 millones de pesos en 1998 a 15.385 millones en el año 2000. Siempre fueron amables y felices las reuniones que sostuvimos María Consuelo, yo y el ángel inmenso que la acompaña a todas partes desde niña, que toca con sus alas a esta joven inteligente y brillante y que le instala un sol personal para que irradie en todas las partes a las que se asoma. En ese recorrido a través de entidades innumerables, llegué también al Departamento Administrativo de Planeación Distrital, a la sazón dirigido por Carolina Barco. Siempre acompañada de esa mujer excelente que es Clemencia Escallón, encontré en la hija del ex presidente que tanto admira Peñalosa a una dama reposada y metódica, elegante y sobria hasta la distinción, especialmente fiel al principio de la discreción, que sólo permite hablar lo que se conoce y lo que se puede cumplir. María Consuelo (con quien nunca tuve confianza para llamarla ‘La Conchi’ y que jamás me invitó a una de sus célebres parrandas vallenatas) y Carolina Barco volvieron a encontrarse en el gabinete del presidente Alvaro Uribe, encargadas de las carteras de Cultura y Relaciones Exteriores. Y para sellar ese destino cruzado, ambas se convirtieron en la solución a la crisis diplomática generada por los ex presidentes Pastrana y Samper. El gambito del ajedecrista mayor invirtió las jerarquías y las puso a las dos en puestos clave para la gimnasia internacional del país. Qué no se dijo entonces, que fue hace poquito. Se habló de que la juventud de María Consuelo era insuficiente para la magnitud del cargo. De que era riesgoso canjear la adustez impecable de doña Carolina por ese devenir sabanero y musical de María Consuelo. Que por muy invitada que hubiera sido al Foro Mundial Económico de Jóvenes Líderes Globales, hacerse cargo de las relaciones exteriores de este país estremecido y rodeado de vecinos irritados era cosa seria. María Consuelo se montó en ese bus con la fe que se tiene y porque ese nombre de diosa es de gente que tiene su grado distinguido. Esta semana María Consuelo le cambió la cara a la forma de hacer diplomacia. Mezcló los buenos oficios del conocimiento con la gracia del mismo movimiento y del mismo pensamiento, y puso a bailar vallenato a la actual figura grande de los gobiernos latinoamericanos, con pasos maestros en el Palacio de Miraflores. Hay consenso en el éxito real de esa visita que aparentemente apaciguó al nuevo y beligerante canciller Nicolás Maduro -dizque nombrado para replicar el salto de Juan Manuel Santos al ministerio de Defensa- y abrió las puertas para matizar una relación binacional tan estrecha como cargada de tensiones. María Consuelo se estrenó como canciller y embajadora cultural de una Colombia en la que gracias a Dios todavía suena el buen vallenato, aunque no hay que olvidar que es sólo uno de los muchos aires nacionales. Es temprano para decir que ese estilo es la llave y el método para manejar la diplomacia de una nación señalada. Pero también es prematuro para descalificar a María Consuelo, que tampoco da puntada sin dedal y que ha triunfado en todo lo que se ha propuesto. En adelanto van estos lugares: las Relaciones Exteriores de Colombia ya tienen su ‘diosa coronada’. Periodista "Es temprano para decir que ese estilo es la llave y el método para manejar la diplomacia de una nación señalada”.

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