Discurso de Ricardo Ávila en ceremonia de Premios Portafolio

Quiero comenzar mis palabras esta noche dándoles la más cordial bienvenida a todos y cada uno de los asistentes y en especial al presidente Juan Manuel Santos, quien de manera gentil vuelve a acompañarnos.

Archivo Portafolio.co

Ricardo Ávila

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diciembre 02 de 2011 - 12:50 a.m.
2011-12-02

 

Su presencia, señor Presidente, no solo nos honra sino que confirma la relevancia de esta ceremonia en la que reconocemos los logros de una serie de empresas y personas que trabajan abnegadamente por hacer de Colombia un mejor país.

Los finalistas que hoy están con nosotros merecen una sincera felicitación, como también los casi 700 participantes en la edición de este año, cuyos logros constituyen un mensaje de optimismo sobre la marcha del país.

Coincide el acto que nos convoca con una coyuntura compleja en el mundo. El peso de la deuda pública en los países más desarrollados se cierne como una amenaza sobre la estabilidad financiera de todo el planeta.

Otra vez, un fantasma recorre Europa, pero en este caso se trata del de la recesión, el mismo que ha ocasionado la caída de una serie de gobiernos en la zona mediterránea, cuyos habitantes se enfrentan a un franco deterioro en su nivel de vida por cuenta de la austeridad en los presupuestos y el alza del desempleo.

De este lado del Atlántico, al norte del hemisferio, las cosas no se ven mucho mejor.

En Estados Unidos, la secuelas de la debacle de hace tres años, cuando el estallido de la burbuja financiera llevó a pérdidas millonarias en el sector bancario, todavía se notan. Para colmo de males, hay una profunda polarización política entre los partidos demócrata y republicano, que impide la toma de decisiones responsables, con consecuencias que también se sienten en todas las latitudes.

Existe, en resumen, una profunda falta de liderazgo que muestra que a veces las crisis no solo son de números, sino también de dirigentes.

Mientras todo eso sucede y se acumulan las nubes de tormenta en el horizonte, la realidad de Colombia no podía ser más distinta.

Las más diversas proyecciones sostienen que el crecimiento de la economía debería acercarse al 5,5 por ciento este año y a una cifra ligeramente menor el próximo, gracias a la conjunción de una demanda interna vigorosa y a un escenario favorable de precios internacionales para nuestros principales productos de exportación.

Debido a tal circunstancia, el desempleo ha seguido descendiendo, pues esta semana supimos que llegó a 9 por ciento en octubre, la tasa más baja en década y media. El gran aumento en la población trabajadora, que ya alcanza los 21,5 millones de personas, debería incidir en una reducción sustancial de la pobreza que se mantiene por encima del promedio de América Latina.

Sea esta entonces la ocasión para insistir en que hay que aprovechar la coyuntura favorable para impulsar los esfuerzos tendientes a corregir la pésima distribución del ingreso que nos hace la segunda nación más desigual del continente, apenas por debajo de Haití.

Continuar por esa senda es el reto que se ha fijado su administración, señor Presidente. Aunque sustraerse al oleaje que golpea a la economía global es imposible, es claro que el país está mejor preparado que antes para llegar a buen puerto.

En consecuencia, hay que preservar la confianza de los consumidores y del sector privado, al tiempo que el ambicioso programa de inversiones públicas ya presupuestado puede servir como factor contra cíclico si ese fuera el caso.

Pero una vez superado el bache, hay que tener en claro que las tendencias que vimos en los últimos años seguirán vigentes. Esto quiere decir que nuestro futuro, como el de buena parte de América Latina, dependerá cada vez más de los vientos que soplen en el Asia. China, que al comenzar el siglo era el destino número 34 de nuestras ventas externas, hoy en día es el número dos y su peso aumentará en el futuro.

Las posibilidades que se abren en un planeta en el cual están cambiando los motores de crecimiento benefician no solo a la región sino al país.

El auge de la clase media y el aumento de la población global van a impulsar tanto la demanda como los precios de los productos básicos, que incluyen petróleo y gas, minerales y alimentos.

El hecho de que este año superemos los 50.000 millones de dólares en exportaciones –cuatro veces más que al comenzar el siglo- es apenas un abrebocas de lo que viene en un país en el cual la inversión extranjera y la local están impulsando una locomotora que gana velocidad todos los días.

Tal perspectiva es prometedora para Colombia que tiene hidrocarburos, carbón y oro en grandes cantidades, al igual que tierra cultivable y agua en abundancia. No obstante, para sacarle provecho a una bonanza anunciada hay que planear a largo plazo y tomar decisiones a tiempo.

De lo contrario, en lugar de dar el salto que necesitamos, nos exponemos a avanzar con ‘nadadito de perro’, cuando podemos dar muchas brazadas sin temor a hundirnos.

Ello incluye mantener una base productiva diversa, para lo cual hay que luchar contra la desindustrialización cuyos síntomas empiezan a aparecer. Aunque las preocupaciones en torno a la tasa de cambio han desaparecido temporalmente debido a la turbulencia, éstas volverán por la sencilla razón de que los capitales saben que el balance de riesgos ahora es diferente y que un bono griego o italiano es menos seguro que uno colombiano.

Suena contradictorio, pero para evitar ser víctimas de nuestras posibilidades de éxito, la lista de pendientes es larga y conocida.

El reciente informe del Consejo de Competitividad tiene un excelente diagnóstico de todo lo que queda por hacer en temas que incluyen educación; seguridad social; formalización y mercado laboral; ciencia, tecnología e innovación; infraestructura, transporte y logística; tecnologías de la información y las comunicaciones; sistema financiero y tributario; competencia; justicia; corrupción; y sostenibilidad ambiental.

No voy a mencionar lo que se requiere en cada uno de esos acápites pero les garantizo que el trabajo que viene es duro, si de lo que se trata es de romper cuellos de botella.

Tanto, que a pesar de los deseos del Presidente de completar la tarea en cuatro años y dedicarse a la docencia desde un salón de clase que tenga vista a la campiña inglesa, no veo fácil ese sueño.

La palabra final la darán los ciudadanos colombianos en las urnas, pero tengo la impresión de que en 2014 le va a tocar quedarse más tiempo por los lados de la sabana de Bogotá, las faldas del Galeras, los llanos orientales, el cañón del Chicamocha y el Combeima o los valles del Magdalena, el Cauca o el Sinú. A cambio del té de las cinco, le figuran muchos tintos al día.

Hecho ese pronóstico, paso ahora a asuntos un poco más inmediatos.

La repetición de la ola invernal que otra vez viene con su saldo de cientos de miles de damnificados ha dejado en claro que necesitamos incorporar parámetros de desarrollo que antes no considerábamos urgentes. Para decirlo con claridad, construimos donde no debíamos y relegamos a los más pobres a las zonas más vulnerables. Ahora viene un proceso de adaptación y mitigación, que no puede depender de si está lloviendo o no para que sea importante.

Particularmente crítico es el punto de la ejecución de los millonarios recursos que han sido apropiados y los que vendrán en el futuro.

Si algo dejaron en claro derrumbes e inundaciones no solo fue nuestra falta de previsión, sino la pobre capacidad de gestión de los entes de diverso orden, sobre todo a nivel departamental y municipal. Puesto de otra forma, y aunque el dinero siempre será una limitante, nuestro gran obstáculo sigue siendo el de hacer las cosas bien y a tiempo.

Por tal motivo, hay que romper una serie de cuellos de botella, pero pocos tan importantes como el de la debilidad institucional que nos aqueja. La reciente reforma del Estado es trascendental, pero no servirá si en la práctica no se traduce en mejores servicios y en respuestas más rápidas a las demandas de la población.

Y a decir verdad, los colombianos quieren más. Tal vez porque son conscientes de que ahora sí se va a poder, un número más grande de sectores están solicitando que las cosas no sean como antes y aspiran a que la torta sea mejor repartida. Muchas peticiones son legítimas y se expresan en marchas y manifestaciones, como hemos visto en los últimos meses.

Ante esa nueva realidad el Gobierno tiene que establecer canales para tramitar quejas y solicitudes de estudiantes y trabajadores, con mayor preparación que la mostrada hasta ahora.

Si no es así, las frustraciones no tardarán en aparecer, sobre todo si se promete lo que no se puede cumplir.

Eso, aparte de equivocado, es abonarle el terreno a quienes buscan pescar en río revuelto.

Para evitar que más de un indeseable tire su atarraya, es indispensable apoyarse más en los preceptos de la unidad nacional. Lamentablemente, lo que ha sucedido en los últimos meses, tras la histórica legislatura pasada, causa cierto desaliento.

Cada vez más la coalición cercana a la Casa de Nariño se parece a esos amigos que están listos para ir a la fiesta si alguien más paga la entrada, pero que se desaparecen cuando se trata de poner la cuota.

En respuesta, hay quienes quisiéramos ver más firmeza, sobre todo cuando se anuncia la llegada de la tan anhelada reforma tributaria estructural y la propuesta sobre las pensiones, para el próximo semestre.

Es cierto que la política es el arte de lo posible, pero a veces un mal arreglo es peor que un buen pleito, como lo demostró el acuerdo con respecto a los cambios en la justicia.

Apreciados amigos,

Han pasado escasas semanas desde cuando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos fuera ratificado en Washington, gracias a una admirable labor de diferentes funcionarios entre los que cabe destacar al Embajador de Colombia aquí presente. Después de la sanción de la ley por parte del presidente Obama ha comenzado una cuenta regresiva que puede tardar más o menos meses, pero que es inexorable.

Por tal motivo, y en lugar de llorar sobre la leche derramada y el tiempo desperdiciado, hay que trabajar para prepararse a lo que está a la vuelta de la esquina. Aunque las comparaciones son odiosas, otros lo han hecho y no hay ninguna razón para que los colombianos no puedan.

Siendo concretos, es fácil decir que es imposible competir con las carreteras como están. Pero también lo es si los bloqueos mentales no nos dejan avanzar. Hace poco un integrante del gabinete sostuvo que el TLC nos encontró encunetados, ante lo cual debo citar al presidente de la Andi quien recuerda que cuando un vehículo se va contra el barranco, normalmente es por culpa del piloto.

Nos corresponde entonces cambiar de marcha y agarrar bien el timón, para avanzar más rápido y evitar los baches. Pero más vale que tengamos en claro que si nos salimos de la vía la responsabilidad es nuestra y de nadie más.

Con esta admonición respetuosa quiero terminar mis palabras el día de hoy. Deseo insistir en que más allá de saber que lo que viene no será fácil, tengo el convencimiento de que a punta de trabajo e ingenio, los colombianos podremos salir adelante y recoger los frutos de una cosecha que pinta bien.

Al tiempo que todos los aquí presentes recorremos esa ruta, Portafolio seguirá cumpliendo con su deber de informar diariamente sobre la realidad de un país apasionante y una economía que se expande.

En 2011 cumplimos 18 años de vida que celebramos como líderes absolutos en el segmento de la prensa económica.

Y ahora que estamos en la mayoría de edad reiteramos la voluntad de hacer las cosas mejor, siempre con el apoyo de ustedes, nuestros más fieles lectores, cuya lealtad constituye para nosotros la mejor noticia.

Muchas gracias.

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