Doctorísimo

Doctorísimo

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octubre 26 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-10-26

Aunque ustedes no lo crean, ser víctima de un operador de telemercadeo tiene su lado bueno: uno se entera de algunas tendencias sociales fascinantes. El otro día uno de esos personajes me sorprendió con esta pregunta: “¿Cómo desea que nos dirijamos a usted: Doctor, Señor, Don... otro?” No voy a repetir aquí lo que le respondí, pero sí debo decir que me quedó la impresión de que el ingenuo operador no iba a durar mucho en el exigente mundo del mercadeo: ¿cómo se le ocurría perder segundos preciosos con un cliente potencial preguntando semejante bobada? Mi impresión no duró mucho: resulta que la pregunta no tiene nada de boba, que el ingenuo soy yo y que el tipo tiene una brillante carrera por delante. Verifiqué esa triste realidad leyendo un artículo de The Economist del 18 de agosto pasado, que demuestra la inmensa importancia que las personas le dan a la manera como las llaman. El artículo se refiere a una innovadora práctica empresarial que está haciendo furor en Asia. Resulta que la competencia para conseguir personal calificado se ha vuelto tan grande en la boyante economía asiática, que se han dado dos fenómenos paralelos: una inusitada elevación de salarios y una inflación de títulos. Todos sabemos qué es una elevación de salarios, aunque no la vivamos en carne propia. ¿Y la inflación de títulos, qué viene siendo? Una constante metamorfosis de los organigramas de las empresas, que se han llenado de títulos pomposos como Vicepresidentes Adjuntos, Supervisores Regionales y cosas así... La razón de esa explosión de palabras vacuas es simple: los patronos de las empresas transnacionales que operan en Asia han descubierto que una buena manera de retener a un trabajador de cierto nivel es darle un nuevo título cada 18 meses. Por tonta que parezca, esa práctica se apoya en una realidad bien conocida: uno de los aspectos más vulnerables de los seres humanos es la vanidad. Así como un apetecido trabajador asiático se deja tramar por un título pomposo que no cabe en su tarjeta de presentación, muchos colombianos agradecerán de corazón que un operador de telemercadeo les dé el título de Doctor que la vida les negó. (Y de la mano del agradecimiento va la disposición a comprar... ¿O por- qué creen que se trata de una estrategia de mercadeo?). Uno podría escribir un tratado sobre los problemas de autoestima de quienes se dejan seducir por el vano resplandor de un simple título. Pero como no hay adulado sin adulador, conviene detenerse en el comportamiento de quienes se inventan apelativos pomposos solo para halagar a los demás. Hablo de aquellas personas que andan por ahí saludando al prójimo con expresiones atroces como ‘Doctorísimo’, ‘Profesor ilustre’, ‘Su Excelencia’, o ‘Gran Jefe’... la lista de fórmulas aduladoras es tan grande como la vanidad de la gente. Si se tratara de manifestaciones de sincera admiración, vaya y venga, pero convengamos que no hay manera de que expresiones tan ridículas como esas tengan algo de sincero. Parafraseando a Sor Juana Inés de la Cruz, no se sabe quién es más lamentable: el que adula por oficio o el que se deja adular. Por eso hago un llamado para que recuperemos otras maneras de llamarnos los unos a los otros. Y no hablo de fórmulas postizas como el ‘compañero’ de los mamertos, ni el ‘compadre’ que nunca terminó de cuajarles a ciertos alternativos, ni siquiera el democrático ‘socio’ que inmortalizó Don Chinche... Me refiero a la fórmula más honesta e igualitaria que existe: llamar a la gente por su nombre. Mauricio Reina Investigador Asociado de Fedesarrollo Uno de los aspectos más vulnerables de los seres humanos es la vanidad”.

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