Las dos agendas: paz y desarrollo

Una de las principales recomendaciones Joseph Stiglitz, cuando vino al país en marzo del 2002, era la necesidad de que Colombia trabajara en dos agendas simultáneas, la de la paz y la del desarrollo, sin desconocer sus interrelaciones.

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julio 24 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-24

Seis años después, el tema está sobre el tapete, cuando es innegable el éxito de lo que se entiende en este Gobierno por la agenda de la paz, que no es otra, que la Seguridad Democrática, mientras la economía muestra preocupantes señales de aterrizaje forzoso, para no hablar de las crisis en lo social, en infraestructura y en temas como la política internacional. Varios elementos ameritan un serio análisis por el bien de Colombia y su aún impreciso número de ciudadanos: ¿45, 46 ó 47 millones? Ni el mismo Dane lo sabe con certeza. Durante seis años de esta administración se ha trabajado con la siguiente ecuación: Seguridad Democrática, confianza inversionista, más inversión extranjera y nacional, alto crecimiento, más empleo -así sea indigno-, y cohesión social. Desde el primer Plan de Desarrollo en el 2002, se estableció una relación directa entre disminución del conflicto y más crecimiento económico. Es decir, el Gobierno se situó en la tesis distinta a la de Stiglitz y de la de otros analistas colombianos y extranjeros. Una gráfica en el plan de desarrollo del primer período del señor presidente Uribe, en la cual se muestra una relación inversa entre conflicto -que el Gobierno llama terrorismo- y el comportamiento de la economía, dejó estupefacto a más de uno. En este largo período se ha defendido esta tesis de manera airada: gracias a la Seguridad Democrática, Colombia ha logrado las altas tasa de crecimiento de los últimos años, que han superado con creces las obtenidas después de la década de los años 70. La conclusión obvia repetida incesantemente, por el mismo Presidente, ha sido la siguiente: “Es necesario reelegir la Seguridad Democrática para que continúen la confianza inversionista, el crecimiento económico, más empleo y la cohesión social”. El que se atreviera a disentir era tildado de bruto o guerrillero. Solo después de mucha insistencia se logró que se dijera en tono menor, más por parte de economistas uribistas que por las mismas autoridades del Gobierno, que Colombia se había beneficiado del ciclo económico expansivo que ha vivido el mundo, y que la contribución de la Seguridad Democrática fue la de haber generado confianza inversionista, y todo lo demás. Se calificó de anatema informar que África creció más que América Latina, y que muchos otros países de la región han tenido economías más dinámicas que la colombiana, como Perú, entre muchos otros. El resultado de este planteamiento gubernamental fue el descuido de numerosos temas que constituyen la agenda del desarrollo, actualmente mucho más compleja que nunca, por las grandes demandas de la globalización. Pero no solo se dejó a la mera iniciativa empresarial la transformación productiva para mejorar la precaria oferta exportable del país, sino que se abandonó la idea de una política social incluyente. Tampoco se abordó el tema de la disciplina fiscal para enfrentar la volatilidad propia de los nuevos vientos mundiales; y además se actuó en contravía en muchos campos, bajo la hipótesis peregrina del Ministro de Hacienda de que Colombia había encontrado la senda del crecimiento alto y sostenible. Pero la vida se encarga de darles la razón a los que la tienen: los ciclos económicos existen y la economía se está desacelerando peligrosamente. Por ello, hay que actuar en las bonanzas para blindarse de la parte descendente del ciclo. Como la Seguridad Democrática todo lo puede, se hizo caso omiso de esta realidad y se desperdiciaron los años buenos para ajustar las cuentas fiscales, para hacer esas reformas poco populares, pero impostergables para hacer más productivo al país y especialmente, para que su gente pudiera salir de la pobreza y nivelar la desigualdad. La plata proveniente del alto crecimiento, servirá para que este Gobierno pase a la historia como la administración de los subsidios: para los ricos, convirtiendo a este país en una especie de Islas Caimán para fortalecer la confianza inversionista, sin pensar en la destorcida. Otros subsidios congelaron la necesaria transformación productiva en el campo y, antes de que me caigan rayos y centellas, aclaro que esto lo dice un brillante economista colombiano. A los pobres se les ha dado contentillo con subsidios, paralizando su deseo de progresar, incrementando los costos fiscales sin que realmente se aumente el capital humano, para que dejen de ser ciudadanos de segunda. Y a las clases medias solo les queda disfrazarse de pobres, porque sus derechos no existen. La famosa ecuación nunca se dio completamente, porque en cuanto a la cohesión social tampoco se avanzó, y ahora hasta los empresarios, muy consentidos por este Gobierno, ya dijeron que la Seguridad Democrática no es suficiente para sacarlos de estos nubarrones que, según El Nuevo Siglo, ya presagian la tormenta. También El Espectador, en un editorial reciente, demandaba volver al tema del desarrollo, que considera abandonado. Llegó la hora de retomar la tesis de las dos agendas. Nadie niega que la de la paz -Seguridad Democrática- debe continuar hasta que se transforme en lo que se requiera para asegurar el fin del conflicto, sin desconocer sus interrelaciones con el desarrollo. Pero es el momento de aceptar que aun con la paz lograda, el futuro del país está seriamente comprometido por la ausencia de decisiones en muchísimos campos o por políticas erradas. Si esta realidad no se acepta, a Colombia la dejará el tren de la globalización, y sufrirán más los millones de pobres y de la clase media, pero también perderán los pudientes, que son los que ponen a temblar a sus dirigentes. Colombia seguirá con algunas islas de modernidad de sectores favorecidos en las ciudades y en el campo, pero la suma de estas no conformaría un país globalizado y moderno, aunque esté en paz. Así de simple. Lo realmente preocupante es el excesivo triunfalismo del Gobierno, que le impide aceptar que su ecuación es falsa: no hay una relación de causalidad entre Seguridad Democrática y desarrollo, porque si así fuera, ¿cómo explicar que cuando la Seguridad Democrática está en su pico, la economía se cae y lo social hace crisis? Lo que se dio, quiéranlo o no, fue una afortunada coincidencia. La obsesión por la agenda de Seguridad y el desprecio por las otras políticas que definen el presente y el futuro del país se reafirma con las últimas palabras del señor presidente Uribe: “Si nos tenemos que gastar el Presupuesto de Colombia pagando recompensas para acabar estos bandidos, nos lo gastamos”. ¿Y al desarrollo, a los pobres, a los desplazados y a las clases medias, que se las lleve el diablo, señor Presidente? '' Es el momento de aceptar que aun con la paz lograda, el futuro del país está seriamente comprometido por la ausencia de decisiones en muchísimos campos o por políticas erradas.'' Durante seis años de esta administración se ha trabajado con la siguiente ecuación: Seguridad Democrática, confianza inversionista, más inversión extranjera y nacional, alto crecimiento, más empleo -así sea indigno-, y cohesión social. Cecilia López Montaño. Senadora WILABR

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