¿Qué te echas, varón?

Me refugié transitoriamente en la habitación de un amigo, luego de sufrir un inconveniente hotelero relacionado con mi reserva. Acostado en la cama adicional, me disponía a dormir agobiado por el cansancio y sobreponiéndome a la pena de la molestia causada, cuando abrí los ojos. Y vi a un hombre con la cara tapizada por una sustancia verde y dos rodajas de pepino en los párpados.

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julio 10 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-07-10

--Si el asunto es una fiesta de disfraces, Javier, estás de película --le dije. Movió fríamente los labios: “Es-una mascarilla”. --Quién iba a pensarlo, Javi -le dije con asombro, sentándome en la cama-. Tú que en la oficina eres un macho, un varón de verdad, ahora resulta que nos equivocamos. ¡Eres un superhéroe! ¿Cómo te llamas? ¿Dónde están tu traje y tus superamigos? Original el antifaz de los pepinos… --Máscara, no, idiota. Mascarilla. Es humectante y exfoliante. De aguacate y zanahoria… --Una especie de sopa de verduras –le dije, pasando el meñique por la sustancia, que tenía un gustoso sabor a ñame. --¡No me la toques! –gritó Javier, levantándose abruptamente y creando cierto ambiente de tensión con los vecinos de esta habitación en la que moraban dos varones. Fue al baño, se lavó la cara y volvió aplicándose una crema antiarrugas con suaves golpecitos en el rostro. Al terminar, sacó una especie de colorete y cubrió sus labios con una cera protectora. “Para que no se me partan”, aclaró. Como yo no cerraba la boca y mantenía mis manos cubriendo en forma protectora la zona media, Javier me tranquilizó. --¿No puedo creer que a estas alturas del siglo XXI pienses que estás aquí encerrado con un gay sólo porque me cuido la piel, agredida por el afeitado cotidiano? ¿Tú no te echas nada? --Agua… jabón… menticol… pyralvex… colirio, cuando toca… nitroglicerina para la cera de los oídos… --¿Y vaselina, verdad? Miré hacia la puerta que nos separaba del cuarto vecino, sumido en un extraño silencio. “Para los labios --dije pasito--. De vez en cuando…”. --Puro siglo pasado, querido amigo –enunció Javier-. Los hombres de hoy nos cuidamos igual o más que las mujeres. Y los fabricantes de productos de salud y belleza lo saben. Yo lo hago. Y no soy ni metrosexual, ni Lgtb. --Yo tampoco. Eso sí: alguna vez monté en el Metrocable y trató de reclutarme la Juco… Javier me miró con paciencia. Luego pasó a contarme de sus baños semanales en agua de rosas, de sus tratamientos terapéuticos con extracto de gualteria y auxinas de girasol para iluminar la piel, de sus masajes relajantes. Sacó una especie de neceser y me mostró sus cremas, gotas, bálsamos y gel. “Y si el problema es el cabello –agregó-, ya hay champús sólo para hombres”. Intrigado, le comenté que muy bueno el champú cuando hay cabello, porque de lo contrario no hay que lavar, sino que brillar. “En eso sí me inclino por la medicina china –dijo-: extracto de jengibre y arreglado el problema del cabello”. Me alentó a aplicarme una crema para las bolsas en los ojos y una humectante fenomenal. Así, maquillados, hablamos hasta la madrugada. Y no dejamos dormir a los vecinos. '' Miré hacia la puerta que nos separaba del cuarto vecino, sumido en un extraño silencio. “Para los labios --dije pasito--. De vez en cuando…”.WILABR

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