La economía de América Latina ya no luce tan brillante

Las economías emergentes vuelven a ser motivo de gran preocupación del FMI y el Banco Mundial.

La economía de América Latina ya no luce tan brillante

EFE

La economía de América Latina ya no luce tan brillante

Finanzas
POR:
octubre 11 de 2015 - 05:52 p.m.
2015-10-11

Los cerca de 12.000 visitantes que llegaron a Lima esta semana, convocados por la asamblea anual conjunta del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, encontraron una ciudad fría y gris. El color del cielo, descrito por los locales como “panza de burro” y que consiste en una amenaza de lluvia que nunca se concreta, acabó siendo el marco natural perfecto para un evento que reúne a lo más granado de las finanzas globales, aparte de ministros de hacienda y banqueros centrales de los 188 países que integran las entidades mencionadas. (Lea también: Venezuela retira fondos del FMI para mejorar liquidez de reservas)

La idea original era que todo fuera más festivo. Cuando hace unos años se decidió que, por primera vez en la historia de las dos organizaciones multilaterales, su cita máxima tendría lugar en América Latina, la región experimentaba uno de los auges más notorios en tiempos recientes. Tanto, que el rechazo que inspiraron ambas instituciones por cuenta de programas de ajuste o del conocido ‘consenso de Washington’ ya es de orden menor.

Impulsada por los altos precios de las materias primas, hasta hace poco esta parte del mundo mantuvo tasas de crecimiento muy superiores a su promedio histórico, lo cual incidió en un fuerte descenso del desempleo y una mejora en los indicadores sociales. De acuerdo con estimaciones de la Cepal, cerca de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza desde comienzos de este siglo, mientras que la clase media se expandió en un 50 por ciento y ahora representa una tercera parte de la población. (Vea aquí: Desaceleración económica, lo que más inquieta al sector financiero)

EL MILAGRO PERUANO

 Entre todas las naciones del área, Perú era la de mostrar. Gracias a sus riquezas minerales y a la adopción de políticas de apertura que le permitieron estrechar sus vínculos con Asia y diversificar sus exportaciones, este país de 31 millones de personas dio un giro impresionante y registró la mayor expansión de la zona en los últimos 15 años.

Atrás quedaron los tiempos del terrorismo y la hiperinflación. Hoy, la sensación de prosperidad es palpable, sobre todo en Lima, con sus casi diez millones de habitantes. Por cuenta de numerosas obras públicas y privadas, la que se describe como una de las capitales gastronómicas del mundo es una urbe moderna, donde abundan los proyectos inmobiliarios y de infraestructura. (Lea: FMI: grandes economías mundiales en alza, las emergentes, a la baja)

También hay un tráfico infernal, consecuencia del aumento del poder de compra de los hogares, que antes no tenían capacidad de adquirir un automóvil y cuyos integrantes se desplazan ahora en su vehículo particular. “Comprar uno es más fácil que nunca”, me dijo Jéssica León, una de los miles de voluntarios que apoyan a los delegados venidos de todo el planeta.

Decir que los peruanos botaron la casa por la ventana para acoger a tanto huésped ilustre no es exagerado. Un centro de convenciones de más de 80.000 metros cuadrados y que costó el equivalente a medio billón de pesos se inauguró a comienzos de octubre en el barrio San Borja. Es en este complejo que suceden las reuniones académicas y técnicas, algunas a puerta cerrada.

Incluso una ciudad que acoge a millones de turistas anualmente tuvo dificultades para acomodar a tanto banquero. Encontrar una habitación o una mesa en los restaurantes más prestigiosos era casi imposible.

Con estoicismo, los limeños aguantaron las incomodidades de un evento que trastornó aún más la movilidad. Muchos salieron de la ciudad, aprovechando un largo feriado que coincidió con una fiesta nacional el jueves y que se prolonga hasta este domingo. Por ese motivo, el partido con Colombia en Barranquilla –el primero de la eliminatoria para el Mundial de fútbol– fue una ocasión familiar, así en Miraflores se vieran aficionados buscando celebrar un triunfo que no fue.

EL OTRO PARTIDO

La celebración de la fecha futbolera se sintió poco entre los acreditados a la cumbre del Banco Mundial y el FMI. El motivo es que las preocupaciones eran otras. Los cálculos hechos públicos a comienzos de esta semana justifican los ceños fruncidos: no solo las proyecciones que se habían hecho inicialmente debieron ser revisadas hacia abajo, sino que existe la sensación de no pisar todavía la tierra firme. “La recuperación ha sido pequeña y desigual”, afirmó la directora del Fondo, Christine Lagarde.

Los números son elocuentes. El crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) global alcanzará este año un mediocre 3,1 por ciento. Si bien los países más ricos van un poco mejor, a pesar de sentir todavía las consecuencias de la crisis que estalló en el 2008, el avance es lento y bordea el 2 por ciento. Estados Unidos, el de mostrar, evidencia síntomas de debilidad que preocupan.

Pero es en las economías emergentes que se concentra la preocupación. Por quinto año consecutivo, la expansión del grupo de naciones que contiene a la gran mayoría de la población de la Tierra volvería a descender, a algo más del 4 por ciento este año. (Lea también: Nuevos empleos no impactaron reducción de la pobreza en América Latina)

El frenazo más significativo es el de China, que durante casi tres décadas pareció imparable. Hoy, el gigante oriental todavía avanza, pero no al 10 por ciento anual que era la norma, sino por debajo del 7 por ciento. Esa ralentización se siente en el comercio mundial, pero sobre todo en los precios de las materias primas que el país comunista consume.

Aunque no es la única causa, la caída en las cotizaciones de bienes como petróleo, carbón, oro, cobre, soya y níquel tiene su principal explicación en lo que sucede al otro lado del Pacífico. La menor actividad industrial y el descenso en los proyectos de construcción que había impulsado Pekín repercuten en los países que exportan productos básicos, como los de Suramérica.

Debido a ello, esta parte del mundo ha perdido su lustre. Según el FMI, la economía suramericana se debería contraer en el 2015 y el 2016, jalonada por la debacle de Brasil, del cual se espera que caiga 3 por ciento este año. A la lista se unen Venezuela, con un desplome del 10 por ciento, y Ecuador, con un retroceso cercano al 1 por ciento.

Tal vez con la única excepción de Centroamérica, que es importadora neta de hidrocarburos y ahora se beneficia de su menor valor, en el resto de la región las cosas andan regular. Ni siquiera México, que cuenta con una amplia base industrial, levanta cabeza. El liderazgo en esta parte de las Américas lo tienen Bolivia y Paraguay, con un aumento del PIB alrededor del 4 por ciento.

Dentro de los países de mayor tamaño, Colombia es la mejor calificada. Para el FMI, la expansión de la economía nacional llegaría al 2,5 por ciento en el 2015, superando a Chile o Argentina, pero a una velocidad que es casi la mitad de la de un año atrás. Puesto de otra manera, nos podemos dar por bien servidos, aunque no hay cómo hacer fiestas de una realidad mucho más apretada que en el pasado reciente.

Los latinoamericanos han sentido el aumento en las tasas de cambio, que los alejan de la posibilidad de adquirir artículos importados y de los viajes internacionales. La inflación golpea más a los bolsillos que antes y hay manifestaciones inquietantes que hacen pensar que ciertas conquistas se pueden perder. Por ejemplo, el desempleo en Brasil ha subido cerca de tres puntos porcentuales, lo cual incidirá en los niveles de pobreza.

“Hay una recomposición en marcha, en muchos casos ordenada”, sostuvo Alejandro Werner, director del hemisferio occidental para el FMI. “A diferencia de otras ocasiones, no hay crisis financieras ni grandes traumatismos en general, pero no hay duda de que las cosas son más difíciles en el corto plazo”, agregó.

En cuanto a Perú, los vientos en contra también se sienten. El coletazo sufrido por el sector minero se ha traducido en un gran recorte de inversiones, menores ingresos públicos y más agitación social, combinada con un clima electoral complejo, de cara a las presidenciales de abril. “Esto se está complicando y la gente se queja más”, me dijo un taxista en una avenida del elegante barrio San Isidro, justo antes de parar frente a un proyecto inmobiliario cuyo aviso gastado daba la impresión de haber sido pospuesto para una fecha incierta.

RICARDO ÁVILA

Director de Portafolio

Lima