Editorial / Las ciudades del futuro

El mayor número de personas exigirá una productividad más alta y el mejor uso de los recursos en un planeta cada vez más frágil.

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marzo 29 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-29

Ese viejo dicho que afirma que 'a veces lo urgente no deja tiempo para lo importante' volvió a ser refrendado la semana pasada, con ocasión de un documento dado a conocer por las Naciones Unidas. En éste, el organismo multilateral actualiza sus proyecciones sobre el tamaño de la población mundial hasta el 2050, un ejercicio que debería servirle tanto a funcionarios públicos como a quienes están en el mundo de los negocios para mirar más allá de los afanes del día a día.

La razón no es otra que el crecimiento previsto en el número de personas en todas las latitudes, pero sobre todo en las regiones más pobres. En cifras concretas, la ONU calcula que los seres humanos pasarán de 6.800 millones a 9.100 millones en los próximos 40 años. Dicho guarismo es casi cuatro veces el de 1950 y algo más del doble del correspondiente a 1975 y aunque la tasa de natalidad se ha reducido sensiblemente, todo indica que cada vez habrá más gente sobre la faz de la Tierra.

Ese, por supuesto, no será el único cambio. Así, el año pasado, y por primera vez en la historia de las civilizaciones, la cantidad de personas que vivían en zonas urbanas sobrepasó a las de las áreas rurales. Dicha afirmación puede sonar poco sorpresiva en América Latina, en donde casi ocho de cada diez personas habita en pueblos y ciudades.

Sin embargo, es revolucionaria en África y Asia, continentes en los cuales los campesinos habían sido mayoría. Pese a que en número ese grupo seguiría subiendo hasta el 2020 hasta llegar a un máximo de 3.500 millones de individuos, a partir de ese momento empezará a descender, tal como sucedió en las naciones más ricas.

En contraste, el gran crecimiento vendrá por cuenta de los grandes asentamientos urbanos. Si hace 35 años tan solo existían tres megalópolis con más de 10 millones de personas (Nueva York, Tokio y Ciudad de México), en el 2009 ese grupo ascendió a 21 y en el 2025 será de 29. Para ese momento Tokio seguiría encabezando la muestra con 37,1 millones de habitantes, pero los lugares dos y tres le corresponderán a Delhi y Bombay en India, con 28,6 y 25,8 millones de personas respectivamente.

Por su parte Latinoamérica tendrá tres megaciudades en ese grupo, incluyendo a Bogotá cuya proyección es de 10,5 millones de individuos, la misma cantidad que Lima. No debe resultar sorpresivo afirmar que los grandes saltos van a tener lugar en el mundo en desarrollo.

En cambio, buena parte de los países industrializados van a permanecer estables o, de hecho, perderán población, como sucede con Japón o empieza a verse en el Viejo Continente. Por cierto, dicha reducción puede ser tan traumática que otros estudios de la propia ONU sostienen que la inmigración controlada será necesaria para que se mantengan los niveles de vida en territorios considerados como prósperos.

Pero sin adentrarse en un tema tan polémico, es evidente que los cambios anunciados deberían preocupar a todo el mundo. De un lado, los gobiernos tendrán que pensar mejor en las ciudades del futuro, en donde hay más oportunidades de progreso individual -lo que explica la salida de las áreas rurales- pero en donde se exacerban los problemas sociales, ambientales y de seguridad.

Asuntos como la educación, la dotación de servicios sanitarios, el transporte masivo y el combate al crimen organizado, entre muchos otros, deberían cobrar cada vez más relevancia. La justificación, llana y simple, es que la labor nunca estará completa. Por lo menos en las próximas cuatro décadas la demanda seguirá aumentando no sólo para cubrir los déficit actuales sino la expansión poblacional.

De otro lado, el mayor número de personas exigirá una productividad más alta y el mejor uso de los recursos en un planeta cada vez más frágil. Tanto la dotación de energía como de alimentos exigirán expandir la búsqueda de nueva alternativas de generación o de ampliación de la frontera agrícola, para no hablar de cómo el agua se puede volver un recurso escaso y codiciado.

En semejante panorama, Colombia tiene mucho que ganar, si sabe mirar hacia adelante y hacer las cosas bien. Eso incluye mejorar desde ahora la calidad de políticas nacionales y municipales, porque si las oportunidades son enormes, también lo serán los desafíos, sobre todo si no se manejan a tiempo.

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