Editorial / Cuenta regresiva

Excepción hecha del tema de la seguridad, casi nadie sabe qué piensan los candidatos presidenciales sobre educación, salud, infraestructura y relaciones exteriores, para mencionar unos pocos asuntos.

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abril 11 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-11

Faltan menos de cincuenta días para las elecciones presidenciales del 30 de mayo y la campaña se vive con total intensidad. Está claro que hay un líder de las encuestas, el ex ministro Juan Manuel Santos, pero no que podrá superar la intención de voto que ha alcanzado hasta ahora para ganar en primera vuelta, lo que obligaría a una segunda.

En cuanto al lugar número dos de las preferencias, se perfila un cambio, con el descenso de la ex canciller Noemí Sanín y el ascenso del ex alcalde de Bogotá, el independiente Antanas Mockus. Sobre los demás integrantes del abanico, no resulta exagerado decir que han quedado prácticamente eliminados, a tal punto que uno de ellos, el ex alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, ya abandonó la carrera para unirse a la causa verde y darle un impulso clave.

De manera paralela a la agitación de taquicardia que produce la revelación de cada encuesta, el otro tema que domina las noticias de los medios sobre la campaña, es el juego de eventuales adhesiones, rupturas y deslizamientos. En esa medida, el episodio principal ha sido la unión entre Mockus y Fajardo, que tuvo el inmediato reflejo en las encuestas, ya mencionado.

Y lo tuvo, porque es evidente que muchos electores no la ven como una alianza oportunista entre dos que piensan distinto, pero momentáneamente comparten los mismos intereses. Por el contrario, parece una coalición lógica entre dos profesores que han hecho carrera como independientes, lejos de las maquinarias tradicionales y de sus prácticas corruptas, y que se han ubicado por igual a prudente distancia del antiuribismo radical que asusta al grueso de los electores, que del uribismo fundamentalista.

Pero aparte de esta unión, los titulares han estado dominados por el fracaso de los intentos de las directivas conservadoras por reconciliar a sus dos precandidatos, Noemí Sanín y Andrés Felipe Arias, y por el nutrido grupo de dirigentes azules, cercanos al ex ministro, que se negó a irse con la ex canciller y prefirió adherir a Santos.

También han peleado por ganar espacio en las noticias, las intenciones, una y otra vez fallidas, de unidad entre Germán Vargas y Rafael Pardo. A juzgar por lo mal que a ambos les va en las encuestas, resulta fácil concluir que ese sainete de acercamientos y peleas les ha hecho daño a los dos.

Resta mencionar la intención de voto con que aparece el candidato del Polo Democrático, Gustavo Petro, quien a pesar de su seriedad y de sus esfuerzos por tomar distancia de Hugo Chávez, de la guerrilla y del izquierdismo radical, registra cifras muy pobres, inferiores al 10 por ciento y muy por debajo de los resultados del Polo con Lucho Garzón en el 2002 y Carlos Gaviria en el 2006.

Como puede verse, las noticias que produce la campaña son muchas y las aguas agitadas ya han determinado importantes cambios en las preferencias, que llevan a concluir que estamos ante una campaña donde hay una franja de voto volátil.

Lo anterior llevaría a pensar que se trata de una contienda intensa y que, en esa medida, los electores son los grandes ganadores, pues están teniendo la ocasión de examinar cómo se desempeñan a diario los diferentes candidatos. Pero esto es sólo parcialmente cierto. Lo es en cuanto a las jugadas puramente políticas, más no así en cuanto al debate de ideas y programas que, como lo habíamos advertido en estas páginas, iba a ser el ítem más sacrificado de esta campaña inusualmente corta que sólo arrancó cuando la Corte Constitucional cerró las puertas al referendo reeleccionista.

Excepción hecha del tema de la seguridad, en el que la mayoría de los aspirantes aseguran que continuarán y optimizarán lo hecho por el presidente Uribe, casi nadie sabe qué piensan sobre educación, salud, infraestructura y relaciones exteriores, para mencionar apenas unos pocos asuntos críticos.

Y para no hablar del desempleo, una tragedia que vive más del 12 por ciento de la población en edad de trabajar, y sobre el cual casi ningún aspirante ha presentado un plan serio y, cuando alguno lo hace, sus propuestas terminan ahogadas en el mar de noticias sobre disputas y conciliaciones, pactos planteados y pactos rotos, que inundan el cubrimiento informativo, sin que haya esperanzas de que este panorama, que bien merecería el apelativo de light, vaya a cambiar en las semanas que restan

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