Editorial / ¿Más forma que fondo?

En una carrera presidencial tan corta como la actual, el riesgo es que se abran paso los artilugios mediáticos y las promesas ilusorias, algo inconveniente en una campaña.

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marzo 28 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-28

Se acabaron los prólogos y el calentamiento. No hay duda ya de que el país está en plena campaña para las elecciones presidenciales.

La definición de las candidaturas que aún no estaban claras -la conservadora y la de los verdes-, la multiplicación de encuestas y el primer debate televisado de los siete aspirantes, así lo corroboran. Todo va tan rápido que, a nueve semanas de la votación, ya hay punteros claros que parecen concentrar la intención de voto, y rezagados que algunos analistas comienzan a descartar.

Lo primero que vale la pena destacar es que, tras el fallo de la Corte Constitucional que tumbó el referendo y cerró el camino para que el presidente Álvaro Uribe pudiera optar a un tercer mandato, el ambiente político general se relajó y la crispación que el tema de la segunda reelección causaba, quedó de lado. De hecho, la hecatombe que muchos uribistas radicales anunciaban si el Mandatario no podía aspirar, no se produjo. Y esto en buena medida, porque esos mismos uribistas encontraron pronto candidato -o incluso, habría que decir, candidatos- en capacidad de recoger la posta del Presidente y mantener aquellas de sus políticas que mejores resultados han producido.

Prueba de ello es que el gran líder de las encuestas es Juan Manuel Santos, a quien la mayoría de la opinión ve como el ungido de Uribe. Aunque no ha habido una declaración clara a favor del ex ministro -ni puede haberla, sin que con ella el primer Mandatario viole la Constitución-, todas las señales apuntan hacia él. En especial, después de que el otro favorito del corazón presidencial, el ex ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, quedó por fuera de la pelea, al perder con la ex canciller Noemí Sanín la consulta conservadora.

A propósito de Noemí, sus guarismos en las primeras encuestas han resultado muy interesantes. En cuestión de horas tras su proclamación como candidata oficial del conservatismo, saltó al segundo lugar, muy por encima de los demás aspirantes y con las mejores opciones, de lejos, de pelear por un cupo para disputarle la Presidencia de la República a Santos en la segunda vuelta. Con mucha menos opción aparecen Antanas Mockus, Gustavo Petro y Germán Vargas, y claramente rezagados, Rafael Pardo y Sergio Fajardo.

La buena noticia es que, a juzgar por el debate presidencial televisado del martes pasado, va a ser una campaña respetuosa, alejada de agravios. Todo ello si el tono que primó en esa comparecencia, se mantiene, como es deseable. La mala es que poco tiempo va a haber para la exposición de programas definidos y estructurados. Como ya lo hemos anotado en estas páginas, en un país acostumbrado a campañas presidenciales de casi un año, el hecho de que las particularidades de ésta, en especial por lo que demoró la definición del tema del referendo, haya determinado que sea apenas de unas cuantas semanas, va en perjuicio de la posibilidad de que los candidatos expongan ideas y propuestas y de que los electores tengan tiempo de evaluarlas.

Botón de muestra de esta inquietante circunstancia es que, en el debate televisado, poco o nada propusieron los candidatos para resolver los problemas económicos del país. En esa discusión, primaron las frases estilo "vamos a erradicar la pobreza" o "vamos a reducir el déficit", y brillaron por su ausencia las explicaciones, aunque fueran generales, sobre el cómo lograr esos propósitos. Idéntica situación se dio con el tema del déficit fiscal, la revaluación o el desempleo. O con otros asuntos distintos a los económicos.

En consecuencia, los electores van a tener que moverse más o menos a ciegas, por intuición, a puro olfato, o basados en lo que han sido las gestiones o el accionar público de los candidatos en el pasado, cuando han ocupado cargos en el Gobierno o curules en el Congreso. Pero también está el riesgo de que se abran paso los artilugios mediáticos y las promesas ilusorias, lo que sería totalmente inconveniente en una campaña ya de por sí liviana en materia de programas. Ojalá que en las nueve semanas que quedan, asomen esas propuestas y queden de lado las jugadas efectistas, para que los votantes puedan decidir, con mejores bases, quién es el candidato o candidata que mejor puede asumir la sucesión de Álvaro Uribe.

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