Editorial / ¿Un futuro brillante?

Las exportaciones de oro de Colombia ya superaron a las de café y a mediados de la presente década el país volverá a ser un productor importante del metal precioso, tal como lo fue durante la Colonia.

Finanzas
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marzo 17 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-17

Desde hace ya algún tiempo los observadores vienen señalando como Colombia tiende a convertirse en un país en donde el sector de minas y petróleos ejercerá un gran peso sobre la economía.

Tanto el aumento en el ritmo de producción de hidrocarburos, como el desarrollo carbonífero aseguran que eso sea así, pero a lo anterior hay que agregar el ferroníquel, al igual que algunas posibilidades en cobre o en compuestos que hoy suenan exóticos como el coltán. Y, claro, está el oro que en los últimos tiempos ha tenido un impresionante resurgir y que cuenta, por más obvio que suene, con un futuro brillante. ¿O no?

Para algunos estudiosos de la historia no deja de ser irónico que el mismo metal que en épocas de la conquista alentó la codicia de los conquistadores en busca del mítico tesoro de 'El Dorado', esté otra vez atrayendo a decenas de compañías del ramo. Tanto, que una buena parte del auge en la inversión extranjera está asociado a proyectos que se encuentran en fases diversas y que aseguran que Colombia volverá a ser un jugador importante en materia aurífera.

Que las cosas están cambiando, es algo que muestran las cifras del Dane. Según la entidad, las exportaciones de oro de Colombia llegaron en el 2009 a 1.457 millones de dólares con un crecimiento del 77 por ciento frente al año previo. Como si eso no fuera suficiente, en enero pasado dichas ventas fueron de 137 millones de dólares, 96 por ciento más que 12 meses atrás. Debido a ese comportamiento, el metal amarillo ya es el tercer rubro más importante de las exportaciones colombianas, por encima de las de café.

Lo anterior es la combinación de dos factores. De un lado, los precios internacionales del oro han venido subiendo hasta niveles superiores a los 1.130 dólares la onza. En un comienzo, la causa fue el temor de una oleada inflacionaria en la época en que se dispararon los productos básicos. Más recientemente, el apetito por el metal vino de los inversionistas que buscaron un refugio seguro cuando estalló la crisis internacional. Ahora, a pesar de que el nerviosismo quedó atrás, la demanda sigue creciendo.

No menos importante es que en el caso de Colombia la producción ha aumentado decididamente. En el 2009, por ejemplo, esta llegó a 47,8 toneladas, con un alza del 39 por ciento, según el Ministerio de Minas. Realidades como la entrada de operadores más formales a un sector en el que conviven las explotaciones artesanales y las industriales tienen mucho que ver con lo sucedido.

Gracias a ese salto, el país ha vuelto al mapa aurífero, aunque todavía es un jugador pequeño con algo menos del 2 por ciento de la cuota mundial que asciende a unas 2.500 toneladas. Falta, entonces, camino para entrar al club de los grandes, el cual es encabezado por China y en donde también se encuentran Sudáfrica, Australia, Estados Unidos y Perú, que es la potencia suramericana en la materia.

Todo indica, sin embargo, que esa brecha se va a recortar. La razón es el desarrollo de nuevos proyectos o la ampliación de los existentes. Hace poco la firma canadiense Medoro Resources sostuvo que su objetivo es multiplicar por diez el rendimiento de las minas que posee en Marmato (Caldas), hasta llegar a 250.000 onzas de oro al año.

Por otro lado, ya avanza la construcción de instalaciones en Angostura en el municipio de California en Santander, a la que se le agregan Gramalote en jurisdicción de San Roque y Quebradona en Jericó, ambas en Antioquia, en donde prosigue la fase de exploración. A las anteriores hay que sumarles las zonas de La Colosa en Cajamarca (Tolima) y Taraira (Vaupés), pendientes de permisos ambientales y en donde hay grandes perspectivas identificadas.

A la luz de esas realidades, es posible afirmar que para mediados de la presente década el país volverá a ser un productor importante de oro, tal como lo fue durante la Colonia y en la primera parte de su historia republicana. Ojalá esa nueva riqueza sirva para irrigar progreso, pues el contraste es grande cuando se mira el caso de los mineros artesanales. Así lo prueba Zaragoza, cerca de Buenaventura, donde miles de personas buscan fortuna en un territorio sin Dios ni ley, un lugar en el que queda claro que no siempre la presencia del metal amarillo es sinónimo de bienestar.