Editorial / Ni tanto que queme...

La aparición cada vez más frecuente de asuntos medioambientales en la agenda pública es bueno. Indica que el país se ha puesto a tono con naciones más ricas, donde estos temas ganan terreno a diario.

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mayo 25 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-25

Pero, como suele suceder con debates en los que no hay mucha tradición, los riesgos de excesos están a la orden del día. Que hay que proteger los recursos naturales es un imperativo cuyo desconocimiento, sobre todo a partir de la Revolución Industrial, ha llevado al planeta a la crítica situación que hoy enfrenta, con cambio climático incluido.

Pero a la vez, la protección de la naturaleza debe estar armonizada con la necesidad del crecimiento, y la conciliación, no siempre fácil, de uno y otro objetivo es lo que los expertos llaman desarrollo sostenible.

Por eso, resulta pertinente darle una mirada crítica a la forma como, en las semanas recientes, han sido abordados algunos temas. El caso del yacimiento de oro de La Colosa en Cajamarca, Tolima, y el alegato de que su explotación se daría en una zona de reserva forestal, es un buen ejemplo.

Buscar minerales en un área tan sensible activa las alarmas. Pero si se trata de generar un esquema que traiga riqueza, cree empleo y, por la vía de las regalías, implique progreso para una región deprimida, el asunto debe ser visto sin radicalismos.

Al nuevo ministro de Ambiente y Vivienda, Carlos Costa, le han llovido críticas por darle el visto bueno a una exploración preliminar, que no todavía al proyecto mismo. ¿Es verdad que se trata de una reserva forestal irrecuperable? ¿Hay maneras de mitigar el impacto? ¿Es posible que ese proyecto minero avance bajo las reglas del desarrollo sostenible?

Decirle que no y punto a una explotación porque causa un determinado efecto, no es caminar por la senda de lo razonable, sino de la parálisis que condena a comunidades enteras al atraso.
Tendría mucho más sentido concentrar las energías ambientalistas en hacer que se cumplan las normas.

Y, cómo no, en proyectos a todas luces dañinos que, además, violan las más elementales reglas, como el de las dragas en el río Quito, en el Chocó, incautadas por las autoridades porque, entre otras, varias de las empresas de explotación aurífera operaban sin las debidas licencias. Aunque de manera tardía, pues el Ejecutivo nada hizo en los años anteriores, la Fiscalía terminó por intervenir ante las denuncias de los medios de comunicación.

Otro caso aberrante es el que se viene dando en la zona de Las Flores, en el norte del Barranquilla, a orillas del río Magdalena. En el 2005, Cormagdalena, la entidad encargada de cuidar el mayor afluente del país y sus orillas, otorgó una licencia a la firma Pescamar, para que desarrollara allí un muelle para la pesca y el ecoturismo.

La Corporación y el alto Gobierno anunciaron con bombos y platillos que se trataba de un proyecto de interés social, el primero de su tipo, pues buscaba que la comunidad de la zona usara las instalaciones y pudiera desarrollarse, gracias al interés que ha venido creciendo en la región y que, a través de un mayor número de visitantes, se ha convertido en sostén económico de este deprimido sector.

Pues bien, Cormagdalena, ahora con un nuevo gerente, está a punto de darle curso a un cambio de uso del muelle, ni más ni menos que para un puerto carbonífero. No sólo se pierde el objeto social original, lo que ha causado la natural protesta de los habitantes de Las Flores, sino que, en vez de ecoturismo y pescados para sus mesones, si se aprueba el cambio de uso, lo que puede haber es contaminación y el cierre de los restaurantes actuales.

Los muelles carboníferos son necesarios, pero la zona industrial de Barranquilla ofrece opciones que merecen ser estudiadas, sin causar daño al entorno.

Hay casos de casos, y lo recomendable es analizarlos con ponderación y en virtud de sus impactos, de la posibilidad de mitigarlos y de las alternativas diferentes de desarrollo, en una misma región y para un mismo tipo de explotación.

Así como el tema de las minas debe ser seguido, de manera vigilante, pero sin fundamentalismos, otros como el de las dragas del Chocó o el muelle carbonífero de Las Flores, dejan poco lugar a la discusión por la evidente inconveniencia de la forma como están siendo o pueden ser desarrollados.

Nunca más cierto el adagio: 'ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre'.

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