Editorial / Turbulencia en el aire

De la mano de la emergencia creada por la erupción volcánica en Islandia, han llegado pérdidas para las aerolíneas, incomodidades para los viajeros y problemas de abastecimiento de algunos productos.

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abril 19 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-19

El nombre es impronunciable, pero sus efectos se pueden describir con una infinidad de términos. Se trata del Eyjafjallajokull, el volcán localizado en Islandia, al norte del Atlántico, y cuya erupción, el miércoles de la semana pasada, ha trastornado profundamente a la industria aérea en Europa.

De la mano de la emergencia han llegado pérdidas millonarias para las aerolíneas, incomodidades para decenas de miles de viajeros y problemas de abastecimiento de algunos productos y alimentos perecederos. También ha quedado en evidencia la incapacidad de las autoridades del Viejo Continente para reaccionar coordinadamente ante un evento sorpresivo, que bien podría prolongarse por un buen tiempo.

Como es conocido, la parálisis tiene como fundamento la posibilidad de que las cenizas volcánicas dañen los motores de los aviones, dada su característica abrasiva y la tendencia que tienen a vitrificarse a altas temperaturas. Así ha ocurrido en otras ocasiones, un motivo por el cual la prudencia aconseja la suspensión de los vuelos, hasta tanto no se tenga información sobre los peligros que acompañan a la nube de desechos, al igual que la composición y densidad de la misma.

Pero eso que suena tan bien, comienza a tener consecuencias acumuladas con el paso de los días y a encontrarse con la impaciencia del público. La razón fundamental es que en Europa hay cerca de 28.000 vuelos diarios, de los cuales apenas una fracción ha logrado operar con normalidad.

Algunos aeropuertos han podido mantenerse abiertos, pero los principales como son los de Londres, París, Frankfurt y Ámsterdam, se han visto seriamente afectados. Como si eso fuera poco, el efecto dominó de tener los aviones en tierra hace que no existan equipos disponibles para volar entre otros destinos en donde la situación es relativamente normal. El resultado es que los trayectos intercontinentales tampoco han salido indemnes, con lo cual el tema es global y no regional.

Detrás de lo sucedido hay una clara realidad económica. Los representantes de las aerolíneas han dicho que sus pérdidas ascienden a unos 250 millones de dólares diarios y que, de hecho, el déficit acumulado supera el que dejaron los atentados del 11 de septiembre del 2001, cuando con ocasión de los ataques al Pentágono en Washington y a las torres gemelas en Nueva York, el espacio estadounidense fue clausurado durante 72 horas.

Ante la emergencia, algunas compañías enviaron naves sin pasajeros con el fin de estimar posibles averías. Los resultados fueron negativos, pero un jet de combate finlandés, tuvo problemas en sus turbinas, con lo cual volvió el nerviosismo.

Por otro lado, la prensa está llena de historias de personas obligadas a quedarse contra su voluntad en ciudades diferentes a las que viven, además de casos de quienes han tenido que utilizar diversos medios de transporte para llegar a su destino. Hasta la canciller alemana, Angela Merkel, vivió una odisea de varios días, después de que tuviera que aterrizar en Portugaly viajar miles de kilómetros por carretera con el fin de arribar a su oficina en Berlín. Como si lo anterior fuera poco, los exportadores de flores, frutas o pescado fresco han tenido que cancelar despachos, con lo cual los saldos en rojo empiezan a incrementarse.

En principio, la situación debería comenzar a normalizarse a partir de hoy, después de que las autoridades europeas decidieran flexibilizar las restricciones y adoptar diferentes protocolos, dependiendo de la zona específica de vuelo. En el mejor de los casos eso permitiría que hasta el jueves regresara la normalidad, pero las réplicas del terremoto en los aires seguirán durante semanas, antes los atrasos acumulados en lo que tiene que ver con mercancías y pasajeros.

No obstante, existe un escenario mucho más preocupante y este tiene que ver con un aumento en la actividad volcánica y la llegada de nuevas nubes de ceniza. La suspensión de las operaciones en un aeropuerto canadiense ha llevado a los más pesimistas a predecir que todavía no ha llegado lo peor y que será necesario el apoyo estatal para mantener a flote a varias compañías del ramo, cuyas finanzas ya venían en problemas debido a la recesión mundial del año pasado.

Ojalá dichos pronósticos no tengan lugar, porque lo que necesita un planeta que acaba de salir de la crisis productiva y empieza a ascender es un vuelo tranquilo y, sobre todo, sin turbulencias.

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