El ejemplo oratorio de Demóstenes

El ejemplo oratorio de Demóstenes

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noviembre 08 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-08

Seguramente Demóstenes fue un eritrofóbico. Aunque la palabra traduce literalmente fobia a los eritrocitos -glóbulos rojos en la sangre-, en términos prácticos hace referencia a la ruborización de la cara de manera intempestiva e incontrolable. Y hablar en público suele ser una situación incómoda que hace que muchos paguen escondederos a peso revaluado. Y con toda seguridad, Demóstenes hizo parte en su época de ese 0,1 por ciento donde esta sintomatología se considera grave. Por su puesto, ningún historiador nos ha contado del rostro sonrojado de Demóstenes, pero uno lo supone. Demóstenes fue tartamudo, -aunque creo que es más entendible si la palabra la escribo así: tar...ta...mu...do-, pero tuvo el ejemplar empeño de superarse y convertirse en uno de los mejores oradores del mundo. “Un hombre de fuerza e inteligencia extraordinaria, puede no ser más que un cero en la sociedad, sino sabe hablar”. Esto lo dijo William Channing, un ministro de la iglesia unitaria y amigo de los sermones comprensibles. Y es cierto, a veces nos preocupamos de enriquecernos intelectualmente, pero no nos actualizamos en técnicas para comunicar. Albert Meharbian, un profesor de la Universidad de California, aseguraba que el 7 por ciento de la información la captamos de lo que se dice, el 38 por ciento del tono de la voz en que se dice y el 55 por ciento de otras señales del lenguaje no verbal. Y Demóstenes hizo de todo. Algunos autores sostienen que es leyenda lo de que él hablaba con un guijarro introducido en la boca para corregir su tartamudeo. Yo no creo lo de la leyenda. Al contrario, Demóstenes sabía que la paciencia y la persistencia hacen crecer a una persona. La frustración era como una especie de aliento para agrandarse, para darse confianza, para mirar más lejos. Demóstenes fue un orador y político griego, de profesión abogado, trabajó en casos privados y en actividades públicas. Y sus defensas se caracterizaron por la habilidad en la utilización de los argumentos, su coherente locuacidad y por una verdadera profundidad sicológica. Demóstenes hizo su aparición en la escena pública cuando el conquistador Filipo de Macedonia quería dominar a Grecia. Demóstenes trató de impedir la sumisión de Grecia a Filipo y en el año 351 pronunció el primero de sus discursos memorables llamados Filípicas, una palabra que se generalizó en toda Grecia porque simbolizaba un discurso enérgico y ardiente. Demóstenes, para pronunciar esos discursos, pasó por todas las recriminaciones, cuando en los inicios como orador le censuraban la repetición de una misma frase durante 10 veces. Pero no le importó. Siguió adelante. Se afeitó la cabeza para resistir la tentación de salir a las calles y poderse dedicar a practicar y practicar. Para ejercitar sus pulmones corría por las playas, gritándole al sol con todas las fuerzas y se colocaba un cuchillo en la boca para vencer el tartamudeo. Pronunció varias Filípicas. Y más tarde Filipo murió. Pero llegó Alejandro para seguir los pasos del conquistador muerto. Y Demóstenes tuvo la esperanza de reconquistar a Grecia, pero no lo logró. Al final de sus días fue acusado de malversación de fondos y al verse perseguido se envenenó. Fue sepultado en Atenas. Allí hay un epitafio que dice: “Si tu fuerza, Demóstenes, hubiera sido igual a tu genio, Grecia no habría jamás debido inclinarse ante sus vencedores”. La historia recuerda a Demóstenes. No fue solo su condición intelectual, fue también su notable habilidad como orador. Cuando regresaba a su casa se paraba durante horas frente a un espejo para evaluar sus gestos y su postura. Muchas veces fue ovacionado por su seguridad, su elocuencia y su sabiduría. Al consultar los consejos para dejar de ser eritrofóbico o mejor para no encenderse y para hablar bien en público, uno concluye que Demóstenes los practicó todos. Hay que mirarse al espejo y hablar. Hay que hacer mímica, abrir bien la boca, subir y bajar las cejas. Hablar de lo que se sabe y variar el tono de la voz. Ensayar donde se pueda, en la casa, en la calle o en la playa. Entrar entusiasmado y entusiasmando y dejar que ese entusiasmo mueva las manos. No pensar en que los auditorios son monstruos para crucificar al expositor y más bien, llenarse de optimismo por todas las fortalezas. Así lo hizo Demóstenes. No hay que deprimirse por el hecho de sentir temor ante el público, los mejores oradores han tenido que sobreponerse a ese sentimiento. Haga juicios bien fundados sobre el valor de su persona: “soy capaz de hablar de esto, tengo suficiente facilidad de palabra, creo que la gente le agradará oírme”. Hay que dictar conferencias ficticias, hablar con seguridad y ante todo, seguir adelante sin detenerse. Y ya frente al público, como también lo hizo Demóstenes, supere el complejo del avestruz y no huya de la mirada de su público. Al contrario, mírelos a todos de frente, pero no con una mirada que diga “estoy temblando de miedo frente a ustedes”, sino con una expresión que entable el diálogo diciendo: “los saludo, feliz de estar entre ustedes”. Inténtelo. Usted es el amo. No hay que deprimirse por el hecho de sentir temor ante el público, los mejores oradores también han tenido que sobreponerse a ese sentimiento”.

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