La espuma de la innovación

Para ser artífices de la innovación hay que huir de las cómodas zonas de lo existente y de lo ya inventado por otros, y tomar conciencia de que la novedad puede bullir en nuestro propio interior.

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marzo 09 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-03-09

En el argot de la sociedad del conocimiento son cada vez más relevantes palabras como ciencia e investigación. Palabras que figuran en reconocidos buscadores con un número de entradas que al momento de escribir este texto superan, la primera los 50 millones, y la segunda 60 millones. Cifras que ya sabemos pueden variar significativamente de un día para otro. Pero hay también otros términos parientes de similar importancia.

El vocablo tecnología aparece con más de 50 millones de entradas, y el vocablo innovación, de renovado valor, ya va por los 20 millones de registros. Innovación de particular atención en este caso.

Ciencia, tecnología e innovación, motto, motor del desarrollo. Desarrollo que también supera los 100 millones de entradas en el mismo buscador. Y sobran las explicaciones para señalar que el desarrollo es, cada vez más, el resultado de la deriva que lleva de la ciencia a la innovación. Entendiendo que la clave de esta última reside, principalmente, en transformar en realidad aplicada, implementada, las ideas que surgen de la ciencia. La innovación es, finalmente, la pura y llana realización y aprovechamiento de unos buenos idearios.

Más allá de lo preciso que resulta ser el concepto, sin embargo, el término innovación usualmente se encuentra acompañado de algo de espuma. Calificativos que buscan dotarlo de función y de contexto. 'Mesas de innovación', 'agenda de innovación', 'rutas de innovación', 'sistema de innovación', 'gestión de la innovación', y 'colectivos de innovación' son algunos, entre los muchos referentes, que usualmente encontramos en las conversaciones sobre el tema.

¿Acaso son todos ellos una confirmación de que el asunto no se ha acabado de inventar? Como señalan algunos: ¡tal vez aún nos falta innovar la innovación!

Quizás el asunto tenga también otro fondo, y es el de cómo pasar del dicho al hecho; del verbo a la carne. Me decía alguna vez un colega, que generalmente somos muy buenos para hacer espuma, pero que lo que finalmente importa es hacer la cerveza. La espuma de la innovación se siente en el aire, es tema recurrente en eventos y en seminarios.

Pero apropiar la innovación implica interiorizar, socialmente, el aroma que la misma destila. Y tal vez exige innovar los cimientos mismos de las estructuras y modelos organizacionales. De igual manera que pasar de la Era agrícola a la industrial requirió reacomodos de las formas de producción, pasar de la industrial a la del conocimiento exige una profunda innovación en nuestros actuales modelos organizacionales.

Para ser artífices de la innovación hay que huir de las cómodas zonas de lo existente y de lo ya inventado por otros, y tomar conciencia de que la novedad puede bullir en nuestro propio interior. Mesas, agendas, rutas, colectivos, sistemas, gestión, y otros tantos modificantes no son más que un intento por formalizar los modelos e instrumentos que, a tono con las demandas de la sociedad del conocimiento, la pongan en marcha. Las florescencias están a la vista, pero hay que seguir insistiendo.

Siempre teniendo claro que los retos de la innovación exigen pasar de la espuma a la cebada germinada y fermentada, a la cerveza. De las burbujas de las conversaciones al fruto de las realizaciones.

flondono@eafit.edu.co