Extremos e historia

La caída del imperio soviético en el otro extremo del péndulo, explicaría, a su vez, la oleada de capitalismo salvaje que se vive en la actualidad.

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julio 22 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-07-22

 El metro de Moscú es un símbolo y un orgullo de los ciudadanos de esa ciudad. Es curioso, es una herencia fundamentalmente de Stalin, dirigente juzgado y condenado por el establecimiento ruso, cuya memoria, se supone, es de ingrata recordación.

Sin embargo, en el metro se encuentran paradojas y hallazgos de todo tipo. Ana, nuestra culta guía, nos hace caer en cuenta sobre la paradoja de la religiosidad, pues fue construido por el Gobierno de los soviet, simulando las iglesias ortodoxas con tres naves, y en la del medio y al fondo el símbolo de la divinidad y de la supremacía, en este caso Vladimir I. Lenin. Pretenden borrar vestigios de la religión y los sustituyen por otros símbolos y, ¿por qué no? nuevas idolatrías.

También, como una paradoja, aparecen en sus estaciones dos momentos gloriosos para Rusia y la Unión Soviética: la derrota de Napoleón, punto para el zarismo, y el triunfo soviético al romper el sitio de Stalin- grado y a continuación la marcha gloriosa y violenta hasta Berlín. Se celebran estas efemérides con pasión, sin importar quién fue el artífice de las victorias, era solamente la gran Rusia.

De igual manera subsiste el aparente ejemplo de hermandad entre los Estados que conformaron la Unión Soviética: siempre las bellas ilustraciones presididas por el padre de la Revolución Comunista. Desapareció la Urss, pero no desaparece la historia, y a nadie se le ocurre borrarla, ni de la memoria ni del arte.

Se plasma la importancia de los obreros, los campesinos, el Ejército y el Gobierno de la llamada 'Dictadura del Proletariado'. Curiosamente, los intelectuales prácticamente no existen, debían ser todos revisionistas y enemigos de la dictadura. No hay espacio para ellos en los extremos, ni de la derecha ni de la izquierda.

De otra parte, el contraste entre Moscú y San Petersburgo no puede ser más evidente. En la Plaza Roja y el Kremlin, signos de las dos épocas (Zarismo y Unión Soviética), la belleza se impone: todo lo preside el complejo de catedrales y templos de la iglesia ortodoxa, en las cuales no sólo Dios es omnipresente, también el sagrario, oculto tras la asunción. Allí conviven los zares y Lenin, 'de sus héroes y sus tumbas'. En San Petersburgo, el paraíso es para la Europa Occidental, el Ermitage no es otra cosa que la suma de todas las culturas de esa parte del continente, compraron medio arte europeo, poco de Rusia.

Sin embargo, es claro que la riqueza y la magnificencia de unos pocos era la pobreza y la miseria de los demás: el comportamiento de la Iglesia, los Pedros, las Catalinas y los Romanov, explican la violencia de la Revolución Comunista. La caída del imperio soviético en el otro extremo del péndulo, explicaría, a su vez, la oleada de capitalismo salvaje que se vive en la actualidad.

La verdad no desaparece la historia. Su arquitectura, monumentos y símbolos subsisten a pesar del tiempo. Soñar que tenemos pasado y, que a pesar del presente, siempre hay un futuro. Las nuevas generaciones tendrán que convivir con su historia y aceptar que hay un mañana por construir. De juicios, que nos juzgue duramente la historia.

Sí, a nosotros.


dgumanam@unal.edu.co

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