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De Estado fallido a economía emergente

En los últimos 15 años, Colombia pasó del poco honroso distintivo de aparecer, según Foreign Policy, entre los diez estados fallidos del mundo. Estos países se caracterizan por una total falta de gobernabilidad, conflicto armado interno, amplia influencia del crimen organizado, ausencia del imperio de la ley, fuga de capitales generalizada y muy baja inversión.

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septiembre 15 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-09-15

Todo esto llevó a bajas tasas de crecimiento económico, elevadas tasas de desempleo y de pobreza, emigración masiva de capital humano y una descomposición del tejido social del país. Para Colombia, este fue un período aciago. Es sorprendente que, en menos de una década, Colombia se clasifique como uno de los países emergentes de mejor desempeño y mayor atractivo para los inversionistas. Es indudable que el liderazgo del presidente Álvaro Uribe, su equipo de gobierno y las fuerzas armadas explican en buena medida este cambio. La política de seguridad democrática ha combinado el fortalecimiento de las fuerzas militares, iniciada por la administración del presidente Andrés Pastrana con el Plan Colombia, y la preservación de los derechos y libertades democráticas. El resultado ha sido la desarticulación del grueso del tenebroso aparato paramilitar y el debilitamiento de la guerrilla. En el campo económico, la mayor confianza generada por la seguridad (física y jurídica) y los estímulos a la inversión han permitido que ésta pasara del 10 por ciento del PIB (2000) a más del 27 por ciento del PIB (2007). La tasa de crecimiento del PIB pasó de niveles negativos a un promedio del 7,5 por ciento anual en los últimos dos años, con niveles de inversión extranjera jamás imaginados. Entre tanto, el empresariado local comienza un acelerado proceso de modernización e internacionalización, en buena parte liderado por las perspectivas de mayor integración comercial y la entrada en vigencia de acuerdos comerciales, como el suscrito con los Estados Unidos. Se desarrollan nuevos sectores en el área agrícola, en particular el de los biocombustibles. En el campo social, los logros también son notables: se redujo la tasa de pobreza en cerca de quince puntos y la tasa de desempleo en cerca de seis puntos, a pesar de aún ser esquiva una tasa de un dígito. El cubrimiento en salud se duplicó y estamos próximos a una cobertura universal. La confianza del país se observa en la elevadísima tasa de aprobación de la gestión del presidente Álvaro Uribe que consistentemente se ha ubicado por encima del 70 por ciento. ¿Cómo mantener en el futuro estos logros? ¿Cuál será el motor del crecimiento económico de los próximos 15 años? Hay que recordar que son muchas las economías emergentes que tienen igual o mejor seguridad que la nuestra y estímulos a la inversión semejantes. Con nuestros avances nos hemos nivelado con ellos y es hora de empezar a pensar en la estrategia hacia el futuro. Si bien hemos crecido mucho en el pasado reciente, solo lo hicimos a la tasa promedio de los países emergentes y por ende no mejoramos en las clasificaciones relativas de competitividad (excepto la del Doing Business del Banco Mundial, medición acotada al clima de negocios). Otro elemento inquietante es que el último gran éxito exportador no minero del país fueron las flores, hace más de 30 años. Indudablemente, la seguridad, el equilibrio macroeconómico (fiscal y monetario) y los estímulos a la inversión son condiciones necesarias, pero no suficientes, para mantener las tasas de crecimiento recientemente observadas ni para elevarlas. Con alguna razón, el grueso de los economistas han argumentado que lo logrado en los últimos años no es sostenible en el futuro, pues no hemos resuelto cuellos de botella que aparecen en diferentes áreas de la economía. Lástima, la mayoría queda allí y no sugiere cómo superar estas barreras, especialmente ahora que el ciclo económico mundial se ha revertido y la única manera de mantener el ritmo de expansión es quitándole espacio a los productos foráneos. ¿QUE HACER EN LA COYUNTURA? Como ha ocurrido en muchos país es, es indispensable lograr un gran acuerdo de una masa crítica de la sociedad para definir una visión común para el país como ha sido el caso de Chile, Irlanda y España (Pacto de La Moncloa). Esta visión común lleva a definir unas metas ambiciosas, cuyo soporte se encuentra en alianzas público-privadas para alcanzarlas y en la definición de una caja de herramientas para la política económica que busca incrementar la productividad en forma permanente. En otras palabras, se decide sacrificar a los grupos de interés tradicionales en búsqueda de una sociedad competitiva y eficiente que trabaje para el logro de la prosperidad colectiva. Nuestra sociedad debe aceptar que es imperativo cambiar el status quo, producir con estándares de eficiencia internacional, buscar nichos de mercado mejor remunerados para los productos tradicionales con las mejoras necesarias, y favorecer una transformación productiva con bienes y servicios de mayor valor agregado lo cual debe conllevar a un importante cambio en su estructura económica. Una política de esta naturaleza no se logra asignando subsidios a sectores tradicionales para compensarles la revaluación del peso ni, mucho menos, elevando aranceles como lamentablemente hemos visto que ha sido el enfoque reciente del Gobierno. Esto solo lleva a debilitar el equilibrio macroeconómico y adormilar al sector productivo con estrategias no sostenibles en el tiempo y a demorar los cambios estructurales requeridos para afrontar el nuevo entorno internacional. Afortunadamente, en forma paralela, gracias al liderazgo de Fabio Valencia como anterior alto consejero para la Competitividad, Carolina Rentería, directora del DNP y Luis Guillermo Plata, ministro de Comercio, y con el compromiso del sector privado y de muchas otras entidades publicas , se logró coordinar al interior del gobierno y aprobar en el Conpes la Política Nacional de Competitividad, que busca mejorar en muchos aspectos la política regulatoria y microeconómica del Gobierno. La política de competitividad es la suma de muchas reformas y diseño de políticas sectoriales con incentivos correctos. Así, por ejemplo, a la vez que busca facilitar la formalización empresarial e impulsar el desarrollo de sectores de clase mundial, también propone reformas en la estructura y administración tributaria y la manera de vincular capitales privados a la construcción de infraestructura. La política define responsables para cada plan de acción y en la mayoría de las veces cronogramas. Ahora el reto del Sistema Nacional de Competitividad será hacer el monitoreo de la aplicación de esta política y desarrollar indicadores de gestión que puedan ser ampliamente difundidos. Colombia debe mantener la disciplina de elevar la productividad y competitividad durante los próximos 15 años para mantener las tasas de crecimiento de largo plazo en niveles superiores al 7 por ciento anual. En el 2023 el titular de PORTAFOLIO deberá ser: ‘Colombia se acerca a un ingreso per cápita 5 veces superior al registrado en 2008 gracias a la transformación productiva de los últimos 15 años’”. '' Si bien hemos crecido mucho en el pasado, solo lo hicimos a la tasa promedio de los países emergentes y por ende no mejoramos en las clasificaciones de competitividad”. Hernando José Gómez R. Presidente del Consejo Privado de Competitividad '' En el 2023, el titular de PORTAFOLIO deberá ser ‘Colombia se acerca a un ingreso per cápita 5 veces superior al registrado en 2008 gracias a la transformación productiva de los últimos 15 años’”.WILABR

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