Feliz cumpleaños, ‘Copito’

Dudé mucho si dedicaba esta columna a un análisis de la política colombiana o al cumpleaños de mi perro.

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mayo 29 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-29

Mi perro se llama ‘Copito’ y en la columna ‘Padre otra vez’, publicada el 22 de agosto de 2008, relaté cómo había pasado a ser el miembro cuadrúpedo de la familia. Pero los perros son como los seres humanos y uno no sabe realmente quiénes son sino hasta cuando crecen. ‘Copito’ fue recibido como un French Poodle tacita de té o ‘minitoy’, en su defecto, y su expectativa de crecimiento, a juzgar por la apariencia que dio origen a su nombre, no superaba el tamaño de un peluche. Pero la vida te da sorpresas. ‘Copito’ resultó patas largas y fue creciendo como un cachorro sano, a mis ojos, y como el verde, increíble y devastador Hulk, según la espantada percepción de mi esposa. Esa fue sólo una de las discrepancias. Me sorprendió encontrar en el animalito una vocación carpintera y un sentido artesanal para trabajar la madera. Pero la opinión hogareña resultó dividida cuando carcomió parte de la puerta de la cocina, royó el portón principal y engulló parcialmente los listones del garaje. Son esas nimiedades las que afectan la paz conyugal. Especialmente si a ellas se suman la digestión de varios panties y el consumo total del canasto de la ropa, el cual trabajó en horario nocturno, mientras los humanos dormíamos plácidamente. Mucho tiempo conservamos al perrito creciente en la casa, ante la recomendación de no sacarlo a la calle, porque el ambiente virulento acabaría su existencia. Pero los perros cumplen las mismas funciones humanas: ‘popis’, ‘chichí’, comida, sexo, experiencias lúdicas, comunicación gutural y largas jornadas de sueño. La dueña de casa, que hubiera podido fijarse en esa maravilla etológica, sólo atinó a decir que ese chandoso se la pasaba poposeado y orinándose (demoró diez meses en alzar la pata, por lo cual la micción era como una ablución), gastándose mi plata en comida y vacunas, y ladrando como loco. Y aseguraba que en cualquier momento, cuando dejara de estar echado, el zarrapastroso se iba a montar en lo primero que asociara con una feromona. Pero esta semana cumplió un año de vida. Desde el principio me negué a que le cortaran los rizos y a que le aplicaran esa salvaje práctica que devasta a los French Poodle y los deja como morcillas. El baño le dura menos de lo que cuesta, pero blanco y esponjoso camina con donaire, suscitando comentarios de admiración. “Tan lindo y tan peludito”, suelen decir las mujeres cuando paseamos. Yo les agradezco lo primero, pero no entiendo cómo me notan lo segundo. El hábito hace al perro y a las cinco de la mañana está gimiendo para que lo saque a pasear. Todo, porque un día decidí combinar mi entrenamiento atlético con la marcha canina, y así quedó rotulado, incluso sábados, domingos y festivos. Corremos varios kilómetros, ‘Copito’, yo y dos bolsas plásticas en las que, como buen ciudadano, libero los pies de mi prójimo del producto interno bruto de mi can. Al llegar, extenuado, se tiende en el piso e impúdicamente abre manos y patas para que yo le rasque la cabecita y le diga tonterías. Tonterías como esta columna de feliz cumpleaños le pudo parecer a alguien, que seguramente jamás ha tenido o perdido un perrito y prefiere hablar de política. cgalvarezg@gmail.com Periodista HERJOS

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