El fenómeno del narcotráfico

Colombia reconoció que tenía un problema de drogas a mediados de los ochenta, cuando los narcotraficantes empezaron a dejar ver sus ambiciones políticas.

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abril 14 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-04-14

Colombia reconoció que tenía un problema de drogas a mediados de los ochenta, cuando los narcotraficantes empezaron a dejar ver sus ambiciones políticas y comenzaron una lucha abierta contra el establecimiento colombiano.

Durante varias décadas, los narcotraficantes amasaron grandes fortunas y desarrollaron redes que penetraron todos los sectores de la sociedad y la economía (construcción, finanzas, deportes, industria, agricultura y ganadería, entre otros).

Uno de los factores que contribuyó al rápido crecimiento del negocio en Colombia fue la habilidad de los carteles para penetrar las entidades a cargo de la lucha contra las drogas: autoridades, jueces, policías, políticos, entre otros, combinado con la ausencia del Gobierno en muchas regiones del país -falta de Policía, Ejército, sistema judicial, instituciones gubernamentales, asistencia social, oportunidades de trabajo-.

Sin embargo, el país rápidamente entendió que necesitaba hacer grandes esfuerzos a nivel institucional para llevar a cabo una guerra contra los carteles de la droga y cambiar el curso de la historia. La respuesta inicial del Gobierno fue la firma del tratado de extradición con Estados Unidos, que condujo a una guerra abierta entre los jefes de la droga y el Gobierno Nacional. Ésta condujo a un aumento en secuestros, asesinatos de políticos, periodistas y policías, atentados terroristas a la comunidad y extorsión.

La reacción del Gobierno no se hizo esperar, pero sus resultados han tardado mucho tiempo en dar sus frutos. Desde cambios estructurales al sistema judicial como fueron la Ley de Extinción de Dominio y la adopción del sistema acusatorio, hasta la profesionalización de las Fuerzas Militares y el desarrollo de una verdadera capacidad de inteligencia estatal, que aunque es cuestionada por muchos, ha sido fundamental en atinar los grandes golpes al narcotráfico, al paramilitarismo y al narcotráfico en general.

A pesar de ello, hay quienes todavía se cuestionan si todo este esfuerzo en vidas humanas, destrucción de valor e inversiones millonarias para combatir el narcotráfico era realmente necesario. El narcotráfico por su parte no se quedó quieto y fue mutando de manera paralela, desarrollando empresas más sofisticadas para administrar el negocio, aprovecharon la territorialidad de la ley para mover sus operaciones y alianzas a otros paises, e infiltraron los grupos guerrilleros y paramilitares para quedarse con la totalidad del negocio.

Y es bueno señalar -abusando de la ventaja de la visión retrospectiva-, que México era ya en un jugador importante en el tráfico de estupefacientes hacia Estados Unidos y Asia, pero lo que no se sabía era que su capacidad de mutación incluía cambiar de nacionalidad y centro de operaciones.

Es por ello que México en los últimos años está viviendo su propio calvario, los carteles mexicanos controlan hoy el negocio de la droga y sus tentáculos llegan más allá de lo que cualquiera hubiera imaginado. La pérdida de vidas humanas, tráfico de drogas y armas desde y hacia Estados Unidos, y la guerra sin cuartel que se libra en algunas ciudades del norte de México, hace ver la guerra colombiana de finales de los 80 como un juego de niños.

A los mexicanos les duele ver la realidad, pero es gracias al Gobierno actual que esta realidad ha empezado a cambiar. Al igual que en el caso colombiano, van a pasar muchos años antes que los esfuerzos den frutos, pero es la determinación del pueblo mexicano lo que va permitir a esa gran nación salir triunfante.

Ya se escuchan las voces de varios analistas haciendo las mismas críticas, considerando la guerra contra las drogas un capricho del presidente Calderón o una imposición del imperio del norte. La realidad es que esta guerra era cuestión de tiempo, y era inevitable.

A nivel internacional, los medios entregan un parte de preocupación, y a veces amarillista, de la situación en Ciudad de Juárez y otras cercanas a la frontera con Estados Unidos. Esto afecta la percepción general que se tiene del país, de las condiciones de seguridad interna, y de la capacidad de las autoridades de lidiar con el problema.

Como suele pasar en este tipo de coyunturas, se pierde más rápido la guerra de la percepción que la guerra contra las drogas. En ese sentido, es imperativo que analistas locales e internacionales, medios de prensa, e inversionistas extranjeros sean más prudentes al momento de hacer conjeturas y tomar decisiones de negocios sobre su futuro en el mercado mexicano y las grandes oportunidades de inversión que este país representa para cualquier negocio o inversionista.

La estadística sobre hechos de violencia, homicidios y atentados terroristas no se debe usar como herramienta política para criticar o defender los logros de un gobierno, sino para el análisis objetivo de parte de analistas, de las fuerzas de seguridad del Estado y de los gobernantes de turno, para dedicar recursos económicos y humanos para frenar el problema, proponer políticas públicas que ayuden a contrarrestar este flagelo, y enfocar los esfuerzos de capacitación y entrenamiento de los organismos judiciales y fuerzas de seguridad del Estado adonde realmente está la raíz del problema.

Algunos de los síntomas son parecidos a los de Colombia; el asesinato de altos dignatarios y policías a manos de sicarios, la militarización de sus ciertas ciudades, la captura y extradición de algunas de las cabecillas, el terrorismo y la violencia generalizada en las calles. Inclusive varios comparan el disparo al jugador de fútbol, Salvado Cabañas, en un club nocturno con el vil asesinato del capitán de la selección Colombia Andrés Escobar, después del Mundial del 94, en Medellín.

La verdad es que las comparaciones son odiosas. Colombia sigue teniendo sus problemas frente al flagelo del narcotráfico, pero ha logrado dar un pequeño vuelco a su historia demostrando que su gente, sus costumbres, su clase empresarial y sus gobernantes no están al servicio del narcotráfico. El Gobierno del presidente Uribe no sólo logro propinar grandes golpes a la guerrilla y al narcotráfico, sino devolvió la confianza, y más importante, cambio la percepción que la comunidad internacional tenía de Colombia.

México por su parte tiene grandes retos en la materia, pero ya empezó a demostrar que no le tiene miedo a los retos. Sigue siendo una de las principales economías del mundo, país fronterizo y socio estratégico de Estados Unidos en temas políticos, económicos y sociales, y ha demostrado varias veces su actitud de luchador o boxeador que lo ha hecho tan famoso, que es levantarse nuevamente.

Lo hizo después del efecto tequila de mediados de los 90, y lo volvió a demostrar el año pasado después de la epidemia de fiebre N1H1. Culturalmente es un país con una historia rica y diversa que seguirá atrayendo turistas e inversionistas sin importar las dificultades del momento, y su sociedad, al igual que la colombiana, logrará demostrar que el pecado de unos no se lo pueden endilgar a todo un país.

En ese sentido, es importante para México aprender de la experiencia colombiana para no cometer errores similares y aprovechar la curva de aprendizaje que las autoridades colombianas tuvieron en la lucha contra las drogas. De la misma manera es necesario seguir trabajando mancomunadamente entre Colombia, México y Estados Unidos para buscar soluciones a esta guerra que ya lleva varias décadas y parece nunca acabar.

Como soy un convencido que el crimen no se extermina, sino se desplaza, es importante que entre los tres países empiecen a mover las fichas en el ajedrez y prevenir que estos criminales trasladen su negocio a Centroamérica, al Caribe o cualquier otra jurisdicción que les sea más favorable para su emprendimiento.

Lo otro es que Estados Unidos y la comunidad internacional realmente empiecen a buscar una solución al tema del narcotráfico y el consumo, pues ya son muchos los años en guerra, muchos los muertos, muchos los dólares invertidos, y el tema sigue igual.