Para el futuro, no ignore el cambio climático

¿Qué firmas ganan y qué firmas pierden cuando los gob iernos y las empresas comienzan a tomar en serio los cambios climáticos? Los libros de contabilidad ofrecen algunas claves: a medida que las emisiones causantes del efecto invernadero se hacen más costosas, el valor relativo de esos bienes aumenta. Eso ocurre, por ejemplo, con el gas natural, que produce menos anhídrido carbónico que el carbón cuando es quemado. Otros datos pueden encontrarse en los esfuerzos de una firma por reducir las emisiones de gases.

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julio 14 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-14

La capacidad de una compañía para analizar las compensaciones inherentes en iniciativas, tales como reducir las distancias de transporte de los productos, acrecentará su valor en un mundo donde está limitado el derecho a emitir gases causantes del efecto invernadero. Pero en definitiva, el éxito en un mundo donde se restrinja el uso de carbón estará determinado por la innovación, la perspicacia de la gerencia, y el liderazgo. Las compañías que han aprovechado las mejores oportunidades para cambiar el panorama económico, han sido aquellas con audaces visiones del futuro. Basta ver lo que ocurrió con Toyota y Wal-Mart. Nadie podría haber adivinado, observando los libros de contabilidad de Toyota en la década del cuarenta o de Wal-Mart en la década del sesenta, que esas firmas tendrían tanto éxito para capitalizarse en la época de la globalización. Las firmas que pasarán al frente cuando las emisiones de gases empiecen a costar mucho dinero serán aquellas que actúen ahora de manera audaz, mediante un reenfoque de la estrategia y de las operaciones. Tomar pasos audaces no significa buscar soluciones de ‘ganar-ganar’, como recibir compensaciones por acrecentar la eficacia de las plantas que queman combustibles. Esos pasos son necesarios, pero no suficientes. Las compañías deben superar la etapa de la retórica de ‘ganar-ganar’ y trabajar en el difícil terreno de buscar compensaciones por sus inversiones para limpiar la atmósfera. Algunas de las inversiones no se financiarán por sí mismas hasta que alguna otra firma realice inversiones complementarias. Los automóviles que usen fuentes alternativas de combustibles, necesitarán una infraestructura de reabastecimiento. Instalaciones para licuar el gas natural a fin de transportarlo a ultramar solo son valiosas si hay terminales donde el combustible volverá a ser procesado, a fin de que se transforme nuevamente en gas. Y muchas inversiones para reducir las emisiones de carbón no aumentarán el valor de las acciones de una empresa hasta que los gobiernos actúen, para penalizar a quienes continúen contaminando la atmósfera. La capacidad de la atmósfera para absorber emisiones es limitada, precisamente, porque pensamos que nunca ocurriría una contaminación como la que está causando el calentamiento global. Un sistema que pretende que las emisiones de carbón no cuestan nada, subsidia -a costa de nuestros niños- a cada productor y consumidor de energía de la actualidad. Para ser eficaces, necesitamos eliminar esos subsidios. Eso significa que hay que empezar a cobrar a las empresas que causan contaminación. Los líderes empresariales deben tener la valentía de apostar a un futuro a largo plazo que más beneficiará a sus compañías. Las firmas pueden invertir ahora y participar en sistemas de canjes entre empresas para desarrollar la pericia necesaria y mostrar la solidez de esos sistemas a los gobiernos, los reguladores y la comunidad empresarial. Las compañías también pueden cabildear, para que los gobiernos implementen sistemas sensatos que impongan sanciones económicas a las emisiones de carbón o que alienten el canje por créditos para las firmas que reducen sus emisiones. Empresarios prudentes tal vez se muestren reacios ante la idea de que deben arriesgarse, y en ocasiones actuar de manera unilateral en relación al cambio climático. Pero los riesgos ya existen. El status quo no persistirá. La inercia es también un gran riesgo. Pues la apuesta es que el futuro no será muy diferente al presente. Luego de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses asesoraron a las empresas niponas para que se concentraran en la fabricación de productos que requerían gran mano de obra y eran de bajo valor, y en los cuales Japón tenía ventajas. En cambio, los japoneses se concentraron en manufacturar productos con grandes inversiones de capital, tales como automóviles y equipos electrónicos. Los industriales japoneses estaban confiados en que sus consumidores obtendrían, eventualmente, el dinero necesario para comprar esos productos. *Forest L. Reinhardt es profesor en la Escuela de Administración de Empresas de la Universidad de Harvard. '' Las compañías deben superar la etapa de la retórica de ‘ganar-ganar’ y trabajar en el difícil terreno de buscar compensaciones por sus inversiones.WILABR

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