Ganar y perder

Ganar y perder

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julio 01 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-07-01

El nuevo récord que registró el precio del petróleo en el día de ayer, cuando cerró por encima de los 140 dólares el barril, continúa generando preocupación en un mundo que todavía sigue sin acomodarse a los altos niveles de las materias primas. Y es que desde el 2003, las cotizaciones de los combustibles se han multiplicado por cuatro, los metales por tres y los alimentos por dos, trayendo consigo innumerables dolores de cabeza para los gobiernos de las más diversas naciones, así como para miles de millones de personas que, a fuerza de las circunstancias, deben enfrentar la nueva realidad. La razón es que, aparte de las bonanzas que han beneficiado a un puñado de territorios ricos en recursos naturales, también son muchos los que están en mala situación.

Esa es la conclusión de un estudio presentado por el Fondo Monetario Internacional que analizó los casos de 162 países, y encontró que en 72 de ellos el impacto negativo es severo en sus cuentas externas, tanto por las alzas en la comida como en la gasolina, mientras que en tan solo 46 el efecto es positivo. Al mismo tiempo, la entidad reconoce que en las más diversas latitudes el combate a la inflación se ha convertido en uno de los principales desafíos de la política económica. Según el FMI el aumento promedio en el Índice de Precios al Consumidor en 120 Estados de ingreso medio y bajo (incluyendo a Colombia), pasó de 5 por ciento en 2006 a casi 6,5 en 2007, y a más de 8 por ciento en el primer trimestre del presente año.

Así las cosas, los desafíos son dos. Por una parte, el incremento en los precios del petróleo ha empeorado las finanzas de las naciones que no son autosuficientes. De acuerdo con el Fondo, un grupo de 59 importadores netos de combustibles ha gastado 35.800 millones de dólares adicionales desde enero del 2007, equivalente al 2,2 por ciento de su Producto Interno Bruto, como consecuencia de las mayores cotizaciones. Por otro lado, el mayor costo de la comida amenaza con sumir a millones de personas en la miseria, particularmente en el África. La explicación es que mientras en la parte más rica del mundo, la proporción del ingreso destinado a la nutrición es cercana al 10 por ciento, en la más pobre puede subir al 50 por ciento. Dicha circunstancia sirve para entender por qué la inflación ha tendido a subir más rápido en el sur del planeta que en el norte, pues el peso de los comestibles es mucho más elevado en la canasta familiar.

Irónicamente, gran parte de esa situación ha sido causada por la buena marcha de las economías emergentes, en donde se ha concentrado la mayor demanda de insumos energéticos y alimenticios. Ese importante apetito ha contrastado con la lenta respuesta de la oferta, pues en el caso petrolero la capacidad de producción está casi al tope, mientras que en el caso de la comida el clima ha jugado un papel determinante para que las cosechas no hayan mejorado. Además, los biocombustibles han tenido un efecto evidente, pues el FMI calcula que tres cuartas partes del aumento en el consumo mundial de maíz se ha ido a producir etanol, arrastrando a su vez el valor de bienes sustitutos. Por tal motivo, la entidad calcula que el escenario actual se mantendrá durante un buen tiempo, ya que para que haya excedentes agrícolas o mineros harán falta varios años.

En este escenario, Colombia sale relativamente bien librada. Si bien el desafío inflacionario es grande, la caída en el valor del dólar ha amortiguado las cotizaciones altas de gasolina y comida. Así mismo, los mayores precios internacionales de los energéticos mejoran la proyección de las cuentas externas, pues el déficit en la balanza en cuenta corriente, que mide el intercambio de bienes y servicios, bajaría del equivalente de 4,3 por ciento del PIB a 3,3 por ciento, un avance considerable.

Así mismo, el Fondo Monetario hace varias recomendaciones que deberían ser escuchadas. Una es la de mantener vigentes los controles monetarios para evitar que los precios se disparen y, otra, la de manejar con cuidado los subsidios, porque el costo fiscal puede ser prohibitivo y el remedio, peor que la enfermedad.

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