El gasto público y el equilibrio fiscal

A lo largo del siglo XX el gasto del Gobierno Central siguió bastante cerca el recaudo tributario por la falta de un mercado profundo de capital en el país.

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mayo 28 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-28

También por el alejamiento de los mercados internacionales de crédito que habían permitido ampliar las inversiones públicas durante los años veinte.

El retorno a esos mercados después de la Segunda Guerra Mundial permitió que se ampliara moderadamente el financiamiento del Gobierno, manteniéndose una relativa disciplina fiscal hasta los años noventa.

Durante la primera mitad del siglo XX, el recaudo tributario no atravesó la barrera del 5 por ciento del Producto Interno Bruto, pero ya en la década de los cincuenta ronda el 7 por ciento, mientras que el gasto público alcanza el 10 por ciento del Producto Interno Bruto hacia los años ochenta.

En los noventa se amplía el recaudo hasta llegar al 15 por ciento del Producto Interno Bruto y para 2006 ha alcanzado el 16,5 por ciento del Producto Interno Bruto, pero entre tanto el gasto público ronda el 22 por ciento del Producto Interno Bruto, dando lugar a un déficit estructural y persistente que lleva la deuda pública a niveles nunca antes alcanzados.

El desequilibrio entre ingresos y gastos se aprecia mejor en el gráfico sobre el déficit del Gobierno Central a lo largo del siglo.
Los déficit de principio de siglo son relativamente pequeños, pues no exceden el 3 por ciento del Producto Interno Bruto, incluyendo los de los años veinte, notorios por la actividad en las inversiones públicas en medios de transporte, energía e infraestructura urbana.
Incluso durante los años treinta en que se esperaba que el Gobierno manejara contracíclicamente sus finanzas se encuentran pequeños déficit y aún episodios de superávit, pero estos surgieron de la moratoria sobre la deuda externa.
Los años de la Segunda Guerra Mundial son también de superávit sistemáticos que se prolongan hacia los años cincuenta, gracias a una bonanza cafetera.

La subsiguiente destorcida recrea los déficit fiscales, pero son pequeños, inferiores a 2 por ciento del Producto Interno Bruto que se mantienen a principios de los setenta.

Los déficit se profundizan al final de la misma década y rozan el 4 por ciento del Producto Interno Bruto, siendo coincidentes con la crisis de la deuda latinoamericana que dificulta su refinanciamiento, pero el ajuste se logra completar hacia 1990.

Los faltantes fiscales en que cae el país después de 1995, alcanzan niveles históricos nunca antes conocidos. El déficit estructural es del orden del 5 por ciento del Producto Interno Bruto y la Gran Recesión de fin de siglo lo hace alargar al 7 por ciento del Producto Interno Bruto.

La posibilidad de déficit tan grande surge del aumento del financiamiento externo por medio de la flotación de bonos soberanos y de la profundización de un mercado interno de capital que financia la mitad de la deuda pública colombiana en el 2005.

Es claro que si no existe un superávit primario en las cuentas del Gobierno, en el sentido en que logra excedentes después de pagar el servicio de la deuda, el saldo de esta continuará aumentando.

Y eso es precisamente lo que muestra la curva del déficit primario que también es negativo incluso entre 2003 y 2006, años en los que la economía colombiana entra en una fase de prosperidad inusitada.

El gráfico sobre la deuda pública colombiana muestra que el país mantuvo unas políticas macroeconómicas conservadoras y relativamente sanas durante la mayor parte del siglo XX, pero que al final se descompone: gasta mucho más de lo que recauda y no tiene elementos de política que le permitan hacer un ajuste del gasto para lograr equilibrios que garanticen el crecimiento de largo plazo, como sí lo pudo hacer en las diferentes fases de crisis y desequilibrios del pasado.

Aunque la deuda como participación en el producto se contiene y algo se reduce entre el 2004 y 2006, ello obedece a razones un tanto perversas: una revaluación del peso -que perjudica a los exportadores y a las empresas que compiten con las importaciones- y que hace caer el numerador de la parte de la deuda en dólares y eleva el denominador en pesos del coeficiente, mientras que el recaudo tributario corresponde a uno de pleno empleo o máximo uso de la capacidad productiva de la economía.

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