Las ‘geishas’, una tradición que se niega a desaparecer

Ataviadas con su kimono de seda, el obi (cinturón) enlazado en la cintura, movimientos gráciles y gestos sutiles, de peinado inconfundible y rostro pintado de blanco, las geishas son la cara viva más representativa de una faceta de Japón que se resiste a sucumbir al paso del tiempo.

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noviembre 16 de 2007 - 05:00 a.m.
2007-11-16

Los paulatinos cambios sociales, la revolución tecnológica, el progreso educativo y las nuevas oportunidades laborales, sumado a la dureza de la vida de la geisha, han hecho que muchas jóvenes pierdan el interés por esta forma de vida. Si bien en Kioto, donde se encuentra el famoso barrio de Gion, cuna de geishas, llamadas allí geiko, el negocio se resiste a evolucionar, en otros lugares el instinto de supervivencia ha imprimido una perspectiva empresarial actual a este modo de vida. Tal es el caso de Niigata, ciudad situada al norte del país, que cuenta con otro de los reductos de geishas más conocidos de Japón: Furumachi. “Aquí hace 30 años las geishas estaban en peligro de extinción, pero ahora está aumentando su número de nuevo, aunque muchas cosas son distintas”, aseguró Sumi Takahashi, propietaria de la casa de té Nagedyaya, en Niigata. Ante la posibilidad de que desapareciesen las geishas de esta ciudad nipona después de 200 años, en 1987 un conjunto de empresarios de la localidad creó una empresa privada para gestionar el negocio. El proyecto, llamado Ryuto Shinko Kabushiky Geisha o Promotora de Geishas de la Ciudad del Sauce, cuenta en la actualidad con 80 miembros, 20 de los cuales son casas de té y el resto grandes compañías, entre las que están todas las empresas de Niigata que cotizan en bolsa. A diferencia de lo que ocurre aún en Kioto, en Niigata las geishas no se deben a una okiya, agencia-hogar que organiza al extremo la rutina de estas virtuosas de la seducción. En esta ciudad de la costa occidental japonesa, las geishas cuentan con un contrato laboral, un sueldo mensual y viven en apartamentos que les alquila la promotora. Esta evolución ha aumentado la independencia de estas mujeres, convertidas en asalariadas con vida privada. Unas trabajadoras que pueden incluso casarse y continuar ejerciendo su profesión, siempre que los clientes sigan dispuestos a pagar 10.000 yenes (90 dólares) por hora para disfrutar de su compañía. Esta apertura, lejos del sometimiento que implicaba ser geisha años atrás, ha servido para atraer a nuevas chicas que, por voluntad propia, se acercan a las casas de té interesadas por ese misterioso mundo. “Es bueno ser una geisha. Conoces gente que normalmente no tendrías oportunidad de conocer y los clientes te recuerdan”, explicó Ayame, geisha empleada por la promotora, que les exige estudiar hasta los 18 años antes de poder comenzar su formación. El caso de Ayame no es excepcional, con ella la cifra de geishas en Niigata asciende a 30, aún lejos de las 400 que llegaron a existir en la ciudad, pero suficiente para que sobreviva el negocio. EFE

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