El ‘glamour’ de las brujas

Tanto anunció mi hija Sara que se iba a disfrazar de bruja para celebrar el Halloween de su colegio, que el 31 de octubre a las 6:00 de la mañana estaba yo expectante por verla salir de su cuarto convertida en una de tales.

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noviembre 14 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-11-14

Porque aunque he conocido a lo largo de mi vida laboral a tres o cuatro verdaderas brujas -una de las cuales surcaba siniestra en su escoba los pisos superiores del Palacio Liévano-, y sentido el espanto que el arte de Goya grabó en memoria de las brujas de Zugarramurdi, no he podido perdonar lo que una de ellas le hizo a Blancanieves. Así recordaba a la hechicera: pavorosa bajo el gorro puntiagudo, mueca, con la nariz encorvada como garra de cuervo, verruga putrefacta que supuraba en su rostro mortecino, un cuerpo deforme y contrahecho y oliendo peor que los siete enanitos. Cuando la voz de la madre ya anunciaba por quinta vez “Sara, se le va a hacer tarde”, de la puerta de su habitación brotó mi muchacha disfrazada de bruja. Y lo único que se me ocurrió preguntarle fue: “¿Y la bruja?”. Ella dio en cámara lenta una vuelta completa tipo Cartagena y abrió sus brazos como diciéndome: “Ay, papá, ¿ahora, además de presbicia, miopía?”. Yo fui sincero con mi semilla adolescente: -Sara: con todo respeto: veo a la Jefe de Relaciones Públicas de la bruja, tal vez a la Manager de la bruja… Pero a la bruja… Mi hija me arrolló con su sinceridad habitual. “Papá: ¿no me digas que esperabas encontrar una hechicera pavorosa bajo el gorro puntiagudo, mueca, con la nariz encorvada como garra de cuervo… ¡a ver!”. Antes de que pudiera articular vocablo, Sara me aclaró lo básico: “Los tiempos han cambiado: ahora lo importante es ser nice. Se busca la estética, el look, el glamour”. Así pues, sí entendí por qué en vez del gorro llevaba dos orejitas de conejo como las bunnies de Playboy, la cara maquillada y seductora, minifalda y medias negras de malla que desembocaban en unas zapatillas puntiagudas. -¡Y deja de mirarme como si fueras tontín, y más bien vámonos a recoger a Pao, Lili, Danny y Patty! Todo papá que haya sido habilitado como chofer de su hija de 13 años comprenderá lo que sigue. Pao iba disfrazada de Pirata. Pero no llegaba ni a pirata informático. Sin gorro, ni parche; sin garfio, ni pata de palo. Había madrugado al salón de belleza y su cabello sedoso tapaba la única señal corsaria: una calavera entelerida y atravesada por dos clavículas de pollo, que llevaba pegada como calcomanía a su ajustado traje negro tipo Alejandro Fernández. Lili iba vestida de conejita Playboy, y antes de recoger a Patty aseguró que admiraba a “Hef” y quería vivir en “La Mansión”. Patty, más recatada, se quiso disfrazar de Sarah Palin, pero quedó como Betty La Fea. Con Danny, a quien recogí de último y subí al techo porque iba disfrazado de iPod, llegué al colegio. Mi bulliciosa carga salió en estampida. A lo lejos escuché la palabra “gracias”. Seguida de la palabra “cucho”. cgalvarezg@gmail.com '' Ella dio en cámara lenta una vuelta completa tipo Cartagena y abrió sus brazos como diciéndome: “Ay, papá, ¿ahora, además de presbicia, miopía?”.’WILABR

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