La golpiza

Las noticias de la televisión y los artículos de prensa, se han ocupado mayoritariamente de la señora a quien golpeó brutalmente su marido en medio de una fiesta de la alta sociedad de Barranquilla por un asunto de celos, y muy poco o casi nada del agresor. Y con razón. Pero aún a riesgo de que me caigan rayos y centellas, quiero escribir sobre el victimario y no sobre la víctima.

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agosto 24 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-24

Porque creo que éste es a su vez una víctima, y es en él donde está, a mi juicio, la verdadera tragedia de este amargo episodio de la realidad nacional. Vale la pena intentar ver el lado oscuro de la luna, pues de lo contrario se corre el riesgo de describir sin reflexionar, de castigar sin indagar las complejas causas de un fenómeno privado que deja al descubierto una realidad pública. En primer lugar, está claro que el señor agresor merece ir a la cárcel después del respectivo juicio. No pretendo ni remotamente justificarlo. Ignoro además, el grado de escolarización que posee, pero a juzgar por las noticias, es probable que se trate de una persona con estudios de postgrado, con lo cual se estaría demostrando una vez más dos cosas. De una parte, que la formación escolar y universitaria no van necesariamente de la mano con una conducta ética, tolerante y solidaria, como esperaría todo el conjunto del sistema educativo y en especial aquellos que aún no cobija; y de otra, que quienes han llegado a un nivel más alto de sofisticación intelectual y profesional, no han podido desprenderse necesariamente de su propio pasado prehistórico, que continúa, agazapado, entre los diplomas y las cuentas bancarias. No sería exagerado pensar que este hombre era el niño trompadachín de su colegio. Tampoco lo sería decir, que a lo mejor fue educado bajo los patrones de una cultura donde en un salón de las fiestas, las niñas de la sociedad aguardaban a sus galanes que estaban disipando el miedo de cortejarlas con litros de ron en el salón contiguo, mientras alardeaban de sus proezas sexuales sin amor. No debió ser fácil para este muchacho ser un hombre. De hecho no lo es. A lo mejor tuvo que ser el fuerte toda su vida. O hacerse el fuerte. Simular algo que no era y a lo que se le empujaba. A lo mejor en el material pétreo de sus puños nadie veía la soledad de su propia vida. A lo mejor su éxito y su dinero le fueron impuestos desde afuera. A lo mejor creció con la idea de que la moral es una cuestión de tiempo, y que con las mismas razones que en nuestra amada y entrañable cultura caribe se ha tomado toda la vida trago de contrabando, se puede uno pasear por la infidelidad en una especie de no hay escapatoria que evite el desprestigio. A lo mejor sólo ha querido querer y que lo quieran sin pedir ni que le pidan nada a cambio. A lo mejor, ese cuerpo masculino tan exigido y al mismo tiempo tan vulnerado, sólo deseaba que le ayudaran a exorcizar el primate en que de alguna manera, la sociedad en su conjunto, también lo había convertido. Aclaro que no conozco a ninguno de los dos, pero puedo ver en él, especialmente, al típico producto del machismo reciclado a orillas de nuestro mar caribe, o del altiplano si se quiere, pues entre ellos sólo existen algunas diferencias de matices y quizás una que otra de estilo. Puedo ver a un hombre solo y perdido. Amado y perdonado por su mujer. Pero en alguna medida, construido por el trasunto femenino al que sin duda pertenece. Rector Gimnasio Moderno "Vale la pena intentar ver el lado oscuro de la luna, pues de lo contrario se corre el riesgo de describir sin reflexionar”.

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