La guerra y el orden

¿Hay un orden secreto detrás del desorden de este mundo? Arturo Pérez-Reverte, el mejor novelista español del momento, responde afirmativamente en su más reciente libro, El pintor de batallas, publicado en marzo de este año por Alfaguara. Como el principio de la incertidumbre ordena el caos de las partículas subatómicas, también el mundo de los hombres obedece a una geometría previsible. Es un consuelo, pero no tanto.

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agosto 11 de 2006 - 05:00 a.m.
2006-08-11

Un premiado fotógrafo de conflictos bélicos se retira del oficio para pintar el inmenso fresco donde quiere capturar el horror y, al mismo tiempo, la simetría intemporal de sus experiencias en los campos de batalla. Intenta ‘contemplar el mundo mediante los dos únicos sistemas posibles: la lógica y la guerra’. En los Balcanes había capturado la imagen de un recluta croata, prototipo del desaliento y la derrota, que le da la vuelta al mundo. La esposa del soldado es serbia. Tienen un pequeño hijo. Son asesinados salvajemente por sus compatriotas. Habían pasado a ser parias por haber él adquirido identidad. El croata culpa al fotógrafo de su desgracia. Le busca durante años hasta encontrarlo en su refugio a orillas del mar, no muy lejos de un pequeño pueblo costero. Le dice que va a matarlo. Antes de hacerlo quiere saber quien es, entenderlo. Sin un gesto hostil, los dos personajes entablan durante días un prolongado diálogo de frases incompletas y coincidencias sorprendentes. Esa es toda la trama. No es mucho. Y, sin embargo, es tanta la densidad de las reflexiones mezcladas con el olor a chamusquina que el libro cautiva. Posee sabor de obra maestra. Una novela sin historia, armada con recuerdos y sobre un suspenso tenue, agarra porque en cada página hay una perla y porque su autor es un virtuoso del lenguaje. El fotógrafo de Pérez-Reverte y, paso a paso, su antagonista rehúsan aceptar que toda la hartura marcial que trafica por la superficie de la tierra sea producto del acaso. En la enorme pintura semicircular a medio hacer ‘la armonía de la línea y la forma no tenía otro objeto que llegar a las claves íntimas del problema’. Sobre la pared interior de su torre desierta, el fotógrafo había ido plasmando la más perversa de las estéticas, la razón de la sin razón: las incongruencias del orbe no se explican sino por la lógica de la guerra. Cabe preguntar si esa es la agónica realidad del siglo XXI. En Colombia, el conflicto dura desde hace tanto tiempo que parecería no tener más sustento que su propia endemoniada dinámica. Se salta de continente en continente y, con apaciguamientos para coger impulso, la misma maligna historia se repite con desolada cadencia, en un mundo que fabrica ripios. Qué rápido se desvanecen los estremecimientos desencadenados por el horror. En Cartagena de Indias Don Sancho Jimeno, veterano de guerrear para ganar o perder, como le sucedió contra los filibusteros en 1697, se refugiaba en Dios para sobrellevar la perversidad. El fotógrafo no tiene ese consuelo. Piensa, sin ser explícito, que convivir con la maldad es preferible a llegar a la conclusión de que todo lo que sucede es casual, sin reglas del juego. Su compañera y amada muere con su cámara al pecho en la aventura de las balas e invade retrospectivamente la novela con su clarividencia y sus certezas. Porta un premonitor nombre de pila: olvido. Desapasionadamente, el fotógrafo recoge al fresco la crueldad de los combates que vivió en sus tiempos de excepcional cronista gráfico, o que estudió en lienzos de batallas y en obras maestras de enfrentamientos, destrucción y muerte desde Brueghel hasta Picasso. ‘Cruzando geometrías’ en la inmensa composición pictórica de la torre junto al mar, el fotógrafo concluye que la guerra decanta la condición humana y lo explica todo, así sea por lo apacible que es encontrar, de cualquier manera, un orden en el caos. La lectura de Pérez-Reverte estremece. Ex ministro. Historiador "Qué rápido se desvanecen los estremecimientos desencadenados por el horror”.

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