LA GUERRILLA GODA QUE SALIÓ DE GUASCA

El 4 de febrero de 1862 ocurrió un hecho sin precedentes en la historia de Bogotá: un movimiento guerrillero, conformado por mil hombres en armas, se tomó la ciudad.

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septiembre 07 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-09-07

Fue ese el más audaz de los hechos militares de la Guerrilla de Guasca, feroz defensora de los principios conservadores, autoproclamados entonces como "legitimistas". El hombre fuerte del momento era el militar payanés Tomás Cipriano de Mosquera, quien se había tomado el poder a la fuerza y le había cambiado el nombre al país: ahora se llamaba Estados Unidos de Colombia. La situación nacional era complicada. Mosquera, librepensador y federalista, no sólo enfrentaba la oposición abierta de los centralistas, de los paisas y de la Iglesia, sino de la furibunda guerrilla de los guascas. En el pueblo de Guasca, ubicado a escasos 50 kilómetros de Santafé de Bogotá, habían tenido mucho éxito los primeros catequistas. Aquí se enraizó la devoción católica con gran fervor, quizás abonada por la importancia que tenían, a la llegada de los españoles, los ritos sagrados de los muiscas. En esta tierra mística no sólo está la legendaria laguna de Siecha, tan vinculada con el mito de El Dorado como la de Guatavita, sino que fue escenario de una de las más interesantes batallas interinas de los indígenas prehispánicos. En la historia de la confederación chibcha, se habla mucho de las disputas entre el zipa y el zaque, pero se deja de lado el papel de un tercero en discordia, el cacique Guatavita, personaje que en 1538, pocos días antes de la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada, se enfrentó con la autoridad, el zipa Bogotá (o Bacatá). Según el relato de Juan Rodríguez Freile, en ese primer libro de historia de Colombia que lleva por título El Carnero, cuando ambos ejércitos se enfrentaban entre los ríos Guasca y Siecha, decidieron aplazar el combate hasta tanto no hicieran ciertos rituales para contentar a los dioses. Literalmente, la historia nos la cuenta así: "La noche antes del día que pretendían darse la batalla se juntaron sus sacerdotes, jeques y mohanes, y trataron con los señores y cabezas principales de sus ejércitos, diciendo cómo era llegado el tiempo en que debían sacrificar a sus dioses, ofreciéndoles oro e inciensos, y particularmente correr la tierra y visitar las lagunas de los santuarios". Sí, hubo combates, pero no sin antes vivir las fiestas con entusiasmo. En palabra de Rodríguez Freile: "convidándose, comiendo y bebiendo juntos en grandes borracheras que hicieron, que duraban de día y de noche, a donde el que más incestos y fornicaciones cometía era más santo". Y es en estas tierras de Siecha, a pocos minutos de la cabecera de Guasca, en donde queda un monumento nacional, ya no como recuerdo de la nación muisca, sino de la evangelización que trajeron los dominicos. Este bello templo doctrinero es prueba viva del aura mística que aún se siente en tierras de Guasca. Cierro este relato con una palabras sacadas del libro Reminiscencias de Santafé y Bogotá, una recopilación de escritos periodísticos de finales del siglo XIX de José María Córdovez Moure. El autor, como testigo de su época, relata la reacción de Mosquera al ataque de los guascas, conformando guerrillas liberales para enfrentar las guerrillas godas (como guerrillas, paras y bacrimes de hoy): "no son sino cuadrillas de salteadores amparados en el pretexto de sostener cualquier causa política, pero que sólo tienen en mira satisfacer mezquinas venganzas y enriquecerse con los despojos de lo que arrebatan a los hombres pacíficos".HELGON

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