Haití: penas y gloria

Hace dos siglos, los haitianos eran los colosos negros de América. Primera república libre de América Latina, habían derrotado a Napoleón, exterminado o desterrado a los blancos de la isla –audacia sin par a inicios del siglo XIX– y liberado a los esclavos (1804).

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enero 20 de 2010 - 05:00 a.m.
2010-01-20

Su propia gesta emancipadora les confería autoridad para orientar la de Suramérica: Miranda eligió la bandera tricolor (amarilla, azul y roja) en la ciudad haitiana de Jacmel (1806). Habían demostrasdo su capacidad militar, organizativa y logística: frente a españoles e ingleses, con el conciliador y pragmático ex esclavo Toussaint L’Ouverture (1794-1801); y a los franceses, con Dessalines y Christophe (1802-04). La confirmarían años después, reunificando a la isla (1822-44), y abolirían la esclavitud en territorio dominicano. La reforma agraria en el sur (1804) y norte (1819) de Haití redistribuyó la propiedad rural cuando aún imperaba el latifundio en Latinoamérica. Sin embargo, ya estaban sembradas interna y externamente las semillas de su destrucción. Durante siglo y medio, el occidente maltrató a Haití. En 1825-1830, como precio para reconocer su independencia, Francia pidió compensación por las rentas esclavistas dejadas de percibir al perder ‘la perla del Caribe’. Para pagarla y costear ‘una gama de oscuros propósitos’ (Mats Lundahl, Intal, sept.-dic./2001), Haití se endeudó con Alemania, Estados Unidos, Francia y Reino Unido. En la segunda mitad del siglo XIX hubo intervención abierta de los tres primeros ‘acreedores’ en la economía y política isleñas. Fueron repetidamente embargados los haberes oficiales haitianos. En 1914, fuerzas alemanas, británicas y de E.U. invadieron la isla. Estas últimas se quedarían hasta 1934. La deuda internacional se consolidó en manos estadounidenses y sólo terminaría de pagarse en 1947, dejando exangüe la economía local. Estados Unidos y Francia intervendrían posteriormente para ‘facilitar’ la salida de Jean-Claude Duvalier (1986), el retorno de Jean-Bertrand Aristide a la Presidencia (1994) y su segundo derrocamiento (2004). Internamente, resalta la herencia del segregacionismo colonial, afín al apartheid surafricano. Al finalizar el siglo XVIII, 40.000 blancos explotaban a 500.000 esclavos negros. Había 28.000 libertos, en su mayoría racial y culturalmente mezclados. Llamados entonces ‘gente de color’ y, luego, ‘mulatos’, siguieron practicando lengua y cultura francesas tras la independencia, cuando se convirtieron en clase dirigente y concentraron el poder económico y político. Asemejan a los coloured del Cabo, quienes aún hablan afrikaans como los antiguos amos afrikaners de Suráfrica. Esta división persiste. El afroamericano François Duvalier ganó su primera elección con el eslogan “el poder para los negros” (1957), pero él y su hijo Jean-Claude siempre usaban el francés y mantuvieron la marginalización lingüística, política y económica de la vasta mayoría del pueblo haitiano, cuya lengua es el créole. El fin de la corrupta y violenta dictadura duvalierista, bajo presión externa, tuvo efectos análogos al de la sanguinaria dictadura baasista de Irak por la ocupación angloamericana. En ambos casos, la intervención foránea derrumba un férreo régimen represivo, centralizado y jerárquico, apoyado por niveles sucesivos de seguidores, beneficiarios, funcionarios y agentes, a quienes desempodera masivamente sin modificar la estructura del Estado. No hay reingienería del aparato estatal, aún infiltrado por éstos, ni movilización de recursos comparable con la que estableció y mantuvo sendas dictaduras durante décadas. Siguen desinstitucionalización, rechazo, conflicto, corrupción y caos. Contrariamente a Irak, Haití nunca se repuso porque vivió análogo proceso en 1994 y heredó otra deuda externa ingente de los Duvalier. El símil es fundamental. Contextualiza tanto el drama haitiano como la hasta hace poco relativa ineficacia de la cooperación internacional. De que esta se requería desde antes del terremoto, no hay duda. La desgracia de Haití, con el más bajo ingreso ‘presísmico’ de América (USD$740/cápita), mayor prevalencia regional de Sida, desforestación generalizada y causante de inundaciones frecuentes, y 80 por ciento de su población en situación de pobreza, clama por la solidaridad del planeta. Ésta se da. Hay cooperación nacional de i.a., Canadá, E.U. (Usaid, entrada de exportaciones haitianas sin gravamen bajo Hope II…), España, Francia, México y Suecia. La hay regional, de la Unión Europea y, desde hace un quinquenio, Mercosur. También la hay multilateral, del BID y de Naciones Unidas: PMA, OPS, PNUD, Unicef; Banco Mundial, FMI; y la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití - Minustah. Ésta recibe uniformados de 47 países, incluidos 7.000 militares (59% de América Latina y 50% de Brasil, Uruguay, Argentina y Chile; 41% de Asia, con Nepal, Sri Lanka y Jordania a la cabeza) y 1.250 policías. Entre éstos, figura el contingente colombiano. 115 países, el 60% de las naciones del mundo, aportan personal civil. Finalmente, la sociedad civil global se hace presente en la isla con virtualmente todas las iglesias cristianas y... 10.000 ONG. La ayuda educativa católica, primera manifestación de la sociedad civil global, empezó tras la firma del Concordato con la Santa Sede en 1860. La cooperación nacional ‘moderna’ lleva medio siglo y, la multilateral, tres décadas. En 1978, el autor fue consultor en Haití de un proyecto interagencial de las Naciones Unidas en seguridad alimentaria y nutrición. En el ámbito de seguridad, estabilidad e institucionalidad, Minustah se inició en el 2004 y le antecedieron el pie de fuerza ONU-OEA de 1993 y cinco fuerzas multinacionales ‘onusianas’ durante 1994-2001. ¿Qué fue lo que falló, además de ‘Dios’ (mortíferas catástrofes naturales de hoy y ayer, incluidas las inundaciones del 2008)? La ayuda recibida suplía tradicionalmente la ausencia del Estado en vez de ayudar a reformarlo, o sea lo que pudiera denominarse el ‘error irakí’. El mandato de Minustah y varios donantes ahora va más allá y venía dando resultados antes del sismo. También hay mayor concientización de los países: la recién instalada administración Obama resolvió asumir la totalidad del servicio de la deuda de Haití en el 2009. Su deuda con el BID ha sido condonada. Con todo, desconcierta la profusión de entes cooperantes. ¿Cómo evitar confusión y traslapos? Pese a sus dramáticas consecuencias, la ocupación de Irak por la coalición permitió canalizar por su conducto toda la cooperación hacia ese país, excepto la brindada directamente por Irán a los chiíes. La que se esperaba de las Naciones Unidas había muerto al nacer con el atentado de Al Qaeda contra sus instalaciones en agosto/03. Es esperanzador el propósito europeo, norteamericano y ‘onusiano’ de coordinarse internamente y entre sí, antes y después del sismo. Canadá y Francia lo acordaron en el 2006. Rashiv Shah, director de Usaid, ha quedado al mando de toda la ayuda postsísimica estadounidense, incluidos los 10.000 ‘marines’ y el equipo encargado de arreglar y mantener el aeropuerto de Puerto Príncipe. Tarde o temprano (y ojalá más temprano que tarde), Minustah deberá ser el único pie de fuerza internacional –y, la ONU, el máximo coordinador de la cooperación internacional–, pero el manejo de la crisis en esta crucial primera etapa requiere el concurso de todos, incluidas la organización y logística de, i.a., E.U., China, Francia, Cuba y Brasil. El primero se ‘fogueó’ con ‘Katrina’ y Haití; la segunda, con Sichuán; la tercera, en África, Bosnia y Haití; la cuarta lleva cuatro décadas enviando militares y médicos a terceros países con respaldo financiero de la Unión Soviética (antes) y Venezuela (hoy); el quinto tiene el mayor liderazgo político y aparato militar de América después de Estados Unidos. América Latina, a quien Haití mucho aportó en su gloria, y E.U. y Europa, que tanto se lucraron en otras épocas, tienen especial deuda moral con la isla ante sus penas de hoy. LOPJUA

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