¿Hay que ser feliz para ser líder?

En la literatura de negocios no suelen ir juntos liderazgo y felicidad, pero la respuesta a esta pre

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diciembre 12 de 2010 - 10:43 p.m.
2010-12-12

 Un líder sabe que la felicidad no depende de la esquiva suerte, sino de su resuelta decisión de cómo se enfrenta la realidad.

 

Es fácil identificarse con un líder lleno de virtudes: valiente, de gustos moderados, generoso con los demás, apacible frente a su estado de ánimo, siempre honesto y defensor de la verdad aunque le duela, incorruptible a pesar de las tentaciones, justo aun con sus contradictores, y fuerte en los momentos difíciles. Si esto es así, independientemente de los reveses de fortuna o cambios de coyuntura ¿no vemos allí el ejemplo de alguien capaz de ser feliz?


Un líder resentido y amargado podría contar con muchos seguidores, si ello le ayuda a captar el resentimiento de un grupo y encuentra la forma de aprovecharlo para lograr que lo sigan. Ha habido casos patentes de quienes así lograron su posición, aprovechándose de los sentimientos de frustración de la sociedad, agitando sus pasiones y vendiendo sus ideas mediante discursos persuasivos que suelen apoyarse en la promesa (aun si es falsa) de un mejor mañana, mostrándose convincentes y optimistas de lograrlo.


Sin embargo, la historia ha demostrado que ese tipo de liderazgo entra en crisis ante la incapacidad para concretar su equivocada visión en realidades tangibles y generalizadas, por lo cual tiende a ignorar la realidad con falsos diagnósticos, castigar a los disidentes, callar a los opositores que traten de evidenciar los fallos y riesgos inherentes al plan que se está tratando de vender, mientras van cambiando las reglas para perpetuarse en el poder.

 

Por ejemplo, Hitler se suicidó cuando las cosas se pusieron en su contra y luego de haber llevado su nación al desastre, y algunos como Stalin acaban paranoicos y temerosos de sus amigos y enemigos.


Además de una visión realista, el liderazgo supone una cierta armonía interior. ¿Qué pensaríamos de un hombre que se viera infeliz, agobiado o abatido, en medio de discursos o actuaciones llenos de amargura? ¿Es el tipo de persona por la cual votaríamos en una elección democrática o a quien nombraríamos gerente de nuestra empresa o director de nuestro equipo? De entrada sería difícil calificarlo como líder carismático, ya que en ese tipo de liderazgo la imagen pesa mucho, y las encuestas probablemente premiarían al optimista convincente antes que al pesimista amargado. Además, trabajar de cerca o bajo el mando de una persona así, puede resultar francamente agobiante.


Aristóteles escribió en su Ética a Nicómaco sobre la felicidad; sus consejos nos podrían dar una pista sobre la relación que guarda la felicidad con un ejercicio más positivo del liderazgo.


El presupuesto de inicio es que si el liderazgo es una actividad humana, lo primero que debemos tener presente es un concepto claro de persona (el líder es una persona que guía a otras), lo que implica considerar dos rasgos propiamente humanos. Primero, el dominio sobre sí mismo que se da por el uso pleno de su inteligencia y su voluntad. Y, en segundo lugar, su afán de trascendencia, que implica que por ser dueño de sí mismo adquiere la capacidad de entregarse y trascender en los otros, que es donde encuentra su plenitud como ser humano.


¿Dónde entra la felicidad en juego para el ejercicio del liderazgo? Hay dos aspectos esenciales:


1.El principio de mi acción está en aquello que quiero y persigo (es por alcanzar cierto bien que me muevo a actuar).


2.El fin último y el máximo bien que puedo anhelar es ser feliz (la felicidad es un bien en sí mismo, no como el dinero que es bueno en la medida en que sea medio para alcanzar algo más elevado que me ayude a alcanzar tal felicidad).


La pregunta obligada sería entonces: ¿Qué es ser feliz? Dado que la vida real nos muestra que hay momentos en que nos sentimos naturalmente eufóricos, otros más serenos y otros incluso molestos, ¿sería un estado de permanente euforia? Eso quizás podría alcanzarlo sólo artificialmente, con el uso continuado de drogas de las cuales dependa mi estado anímico. ¿Cómo se puede ser feliz ante los infortunios y adversidades naturales de la vida (la enfermedad, la muerte de un ser querido, un revés económico, un trabajo tedioso o el decaimiento de la vejez)?


El filósofo griego nos dice que la felicidad no debe ser vista como una emoción, que sabemos es inestable, sino como un estado de vida permanente que “se concreta en la vida feliz del hombre virtuoso”; es decir, en la constante estabilidad y paz interior que sólo puede lograr una persona que apunte su existencia a la adquisición de las virtudes necesarias para afrontar serenamente las contingencias inevitables de la vida.


Saber vivir plenamente implicaría entonces ser capaz de disfrutar los más pequeños placeres y aguantar los más grandes dolores, que es de lo que más llena está la vida. Los libros de liderazgo está llenos de ejemplos de quienes -con extraordinaria fortaleza, como Nelson Mandela- resistieron graves adversidades y afrontaron tareas difíciles o poco agradables llegado el momento (enfermedades paralizantes, accidentes, cárcel o tragedias personales) o de quienes gozan de una templanza tal que no se dejan dominar por sus pasiones a pesar de las presiones del medio en que se desenvuelven (estudian estando cansados, no caen en vicios que puedan arruinar su vida ni andan evitando el dolor a cualquier costo).


Por eso es que un verdadero líder debe ser capaz de ser feliz porque no es la suerte la que lo gobierna, sino porque es capaz de pasar por encima de ella cuando no le sonríe. Volviendo al filósofo de Atenas:

 

“No será variable e inconstante según su ánimo, ni en los peores momentos será desgraciado”. Inlcuso si las desgracias fueran muchas, quien ha sabido ser feliz, podrá serlo de nuevo habiendo ganado mucho más en el proceso. Así, un buen líder sabe que la felicidad no depende de la esquiva suerte, sino de su resuelta decisión respecto a cómo se enfrenta dignamente a las inevitables realidades de la vida.
 

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