No hay peor sordo...

De acuerdo con respetados y respetables tratadistas de Hacienda Pública, una zona de grave conflicto que el sistema tributario ideal presenta, es la explotación de las ventajas económicas.

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mayo 27 de 2009 - 05:00 a.m.
2009-05-27

Cuando una persona se niega a aceptar algo que contraría lo que piensa o cree, a sabiendas de que puede estar equivocada, hay una locución popular que exalta la tozudez de tal postura: 'no hay peor sordo que el que no quiere oír' o 'no hay peor ciego que el que no quiere ver'. Esa es la expresión usualmente utilizada y viene muy al caso en relación con la actitud adoptada por el señor Presidente de la República con respecto a los estímulos tributarios otorgados con gran generosidad en la legislación fiscal vigente.
Pese a constituir las ventajas fiscales -también conocidas como renuncias tributarias- subsidios ocultos bajo la forma de gastos que implican transferencias entre contribuyentes y, además, tener un impacto en términos de equidad horizontal, se mantiene en la línea de no aceptar que es un gasto inconveniente.

Vista la imposibilidad de lograr un cambio de opinión, quienes no hemos estado de acuerdo con ese enfoque nos queda la opción de consignar, a modo de constancia, las razones que tenemos para insistir cuantas veces sea necesario sobre la inconveniencia de la política de otorgar exenciones, deducciones y otras prebendas de carácter tributario sin miramiento alguno, porque los gastos de este tipo son instrumentos fiscales que por definición se traducen en menores ingresos para el Tesoro debido al trato preferencial que representan.

Empero, este no es el único problema. De acuerdo con la opinión de respetados y respetables tratadistas de Hacienda Pública, una zona de grave conflicto que el sistema tributario ideal presenta, es la explotación de las ventajas económicas.

Una característica que desde el punto de vista económico se ha exigido desde hace muchos años, es la que se concreta en la doble condición de que los gravámenes no interfieran el libre funcionamiento de la economía de mercado ni distorsionen los resultados de ese mercado. Dicho de manera más precisa, no es bueno para el sistema tributario el deseo de conseguir, mediante un trato discriminatorio de la fiscalidad, ventajas económicas para productos, empresas, subsectores económicos o grupos sociales.
Y no es bueno porque, por una parte, tiene graves consecuencias sobre principios básicos de la tributación como son los de generalidad e igualdad de los impuestos y, de otra, porque obstaculizan la administración económica eficaz, limitan el aprovechamiento de las posibilidades abiertas al gasto público, complican y elevan el costo de administración del sistema tributario.

No puede pasar desapercibido el hecho de que la proliferación de privilegios oscurece y muchas veces anula las ventajas que los distintos productos, empresas o sectores disfrutan en términos de los costos y precios del mercado.

En otras palabras, el privilegio crea una distorsión en el funcionamiento del mercado, con la consecuencia de que los precios dejan de transmitir una información útil para asignar adecuadamente los recursos. Por supuesto, esa ventaja informativa que posee el mercado, se pierde con el consiguiente costo para la sociedad.

En cuanto a las posibilidades relacionadas con el gasto público, es necesario tener siempre muy en cuenta que una provisión de bienes públicos constituye una condición indispensable para el propio desarrollo de la producción privada. La pérdida de ingresos públicos que ocasiona la extensión de los privilegios fiscales, parte de un principio, ya de por sí discutible y en muchos casos falso: la mayor productividad de la utilización de los fondos por la empresa privada.

rosgo12@hotmail.com

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