La verdad histórica

La verdad histórica

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mayo 28 de 2008 - 05:00 a.m.
2008-05-28

Suele ocurrir cuando al relatar los acontecimientos económicos no se consulta la oportunidad y las circunstancias en que se producen -con demasiada frecuencia los ignoran-, quienes omiten la importante regla, arruinan la calidad de los análisis que hacen.

Dicho en otros términos, dañan lo que tratan de presentar como hechos ciertos. Hago esta observación, porque en este error cayeron Sebastian Edwars y Roberto Steiner, brillantes y competentes economistas, autores del libro La revolución incompleta: Las reformas de Gaviria, cuando se refirieron al tema de la abolición del control de cambios.

El documentado texto -bastante bueno por cierto- anota en uno de sus apartes que: "A comienzos de 1991, y para sorpresa de muchos observadores internacionales de la escena colombiana, el mercado de divisas se liberalizó y se puso fin a más de 25 años de controles de cambiarios -sustentados en el célebre Decreto Ley 444 de 1967-. Aunque es posible argumentar que, desde un punto de vista estrictamente económico, esto constituía una reforma menor, tuvo un tremendo efecto simbólico.

Durante muchos años, economistas, políticos y empresarios habían dado crédito al Decreto 444 de 1967, como un pilar fundamental del éxito económico del país. Estaba bastante arraigada la creencia de que, al monopolizar las operaciones de divisas, el Banco de la República podía garantizar la estabilidad macroeconómica en general, y la de la tasa de cambio en particular". Como quien dice: el estatuto cambiario muy poco le sirvió a la política económica.

Solo un puñado de economistas profesionales, dicen, se oponía a la redentora reforma, incluidos el staff y la administración del Banco de la República que actuaban de esa manera por nostalgia y cierta dosis de intereses personales.

Por defender la apertura de la cuenta de capitales, muy cuestionada, aún en los actuales momentos, porque se hizo sin cumplir los requisitos mínimos que debían observarse para evitar tropiezos mayores, caen en el error de restarle importancia y desprestigiar el trascendental estatuto.

Empero esto no es lo más injusto e impreciso; con sus aseveraciones hacen a un lado y olvidan los distinguidos colegas que el presidente Lleras Restrepo nunca consideró la norma como una herramienta aislada de política económica. Era totalmente consciente de que debía estar acompañada de políticas monetaria, fiscal y crediticia eficientes y muy bien coordinadas.

Si bien se podía alegar, como en efecto ocurrió, que en el futuro sobrevendrían modificaciones tales en nuestra economía y en la balanza de pagos, que sería imposible mantener indefinido el tipo de cambio determinado por el decreto, viene al caso recordar la observación que sobre las posibilidades hacía: "tan propicio al vuelo libérrimo de la imaginación, sobran las discusiones y resultan ociosos los argumentos".

El país aceptó una solución para una realidad concreta, en el convencimiento, ese sí, de que las perspectivas más o menos inmediatas, dentro de la común previsión, se acomodarían fácilmente a ella. Los hechos confirmaron ese concepto, pero jamás pretendió que sirviera para todas las circunstancias y para todos los tiempos, al fin y al cabo era ilógico apoyarse en el temor a que la realidad viniera en el futuro a quedar en contradicción con otras normas, para pretender conservarlas intactas, con el grave riesgo de quedarse al margen de preceptos fundamentales sobre los cuales se desarrollaba toda la vida económica del país.

Tan claro era el pensamiento del ilustre ex presidente, que tamaña sorpresa les produjo a los emisarios del presidente Gaviria la respuesta que les dio cuando fueron a informarle acerca de los cambios: "Para fortuna del esfuerzo reformista, Lleras Restrepo se limitó a recomendar que los cambios se hicieran con mucho tacto", anotan los autores del libro.

Quede claro, entonces, que reparar sobre la verdad histórica es indispensable, pues algo va de Pedro a Juan.

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